En los ojos de la reina

Capítulo 17: Fuego Blanco

Una mentira es como una cadena. Para sostener la primera hay que inventar una segunda, y para sostener la segunda, una tercera, y cuando por fin levantas la vista, descubres la cantidad de eslabones que la forman. Mi cadena empezó al amanecer de aquel día, cuando decidí no tomar mi entrenamiento. Si algo me enseñó mi madre fue que la mejor excusa para evadir cualquier asunto era anunciar mi periodo: las mujeres lo entendían y a los hombres les incomodaba el tema.

Sé que prometí no salir del palacio sin mis guardias, que juré haber aprendido la lección y sus graves consecuencias. Y a pesar de eso, mentí. Mis guardias, a diferencia de mí, no tuvieron la opción de saltarse el entrenamiento. Se habían dirigido al salón como cada mañana, y no los necesitaría. Se suponía que pasaría la mañana y parte de la tarde mortificada por mis malestares femeninos. Mentirles ya no me arrebataba el sueño y eso debió preocuparme más de lo que lo hacía. Avancé con sigilo hasta la alcoba de mi madre donde se ocultaba un pasadizo secreto de escape. El túnel, oscuro y siniestro, se extendía hasta las afueras del palacio. Volví a adentrarme en las alcantarillas y rodeé el bosque hasta la entrada y salida de servicio con acceso a la ciudad fuerte de La Capital.

Para cuando el reloj anunció las doce, estaba de vuelta en las conurbadas y sofisticadas calles de Valencia.

—Quién diría que iba a necesitarlos y agradecer sus servicios algún día, amiguitos —susurré a mi bolso con el movimiento de pequeñas patitas moviéndose dentro.

Distracción. Todo plan requiere de uno y aquel par de ratones que capturé de la alcantarilla durante mi clandestina huida serían los actores principales. El lugar de la puesta en escena, bueno, sería un local que ofrecía la más exótica y deliciosa fruta que solo un fuerte era capaz de costear. Lo cual era irónico. Los seguidores eran quienes la cosechaban y no podían pagarla.

Si algo aprendí de mi viaje a Valencia es que los seguidores siempre mantienen la cabeza baja, no miran, no hablan, no son vistos por los fuertes. Algo sencillo de imitar con la diferencia de que en este sitio el ser reconocida implicaba un riesgo mayor. Los nobles de esta ciudad conocían a los Tamos, incluso a la indeseable princesa de mirada seguidora.

—Escuché que la hija del rey estuvo aquí ayer —habló una joven poco mayor que yo envuelta en una conversación con otras dos jovencitas.

—¿De verdad?

—Se vino a pavonear con su séquito de guardias, atrayendo la mirada de todos en la plaza hasta la glorieta —continuó la chica, mirando con desdén a su trabajador seguidor que iba detrás de ella para comprar lo que la joven señalaba en mi puesto objetivo—. Y venía del brazo de nada menos que de Jerte Lambert, el hijo menor del dueño del teatro. ¿Qué tan necesitado hay que estar como para soportar una caminata con la princesita seguidora de seda?

Las cortesanas se rieron.

Señuelos. Había encontrado a mis víctimas.

Solté los animalitos entre los anaqueles y mostradores. Sus gritos emergieron en segundos tras percatarse de aquellos roedores. Una sonrisa maliciosa se elevó en mis labios al verlas agitar sus vestidos. Todos a nuestro alrededor se alertaron captando la atención. Decidí levantar la tabla que sostenía las redondas naranjas que provocaron que dos de las jóvenes cayeran a la acera. Se lo tenían merecido, me dije. No supe si lo creía.

—¡Ayúdenlas! —gritó una mujer a los guardias fuertes que fielmente obedecieron.

El escandaloso evento consiguió que cruzara la calle con tranquilidad hasta llegar al callejón y finalmente contemplar la razón de tales actos de mi parte.

Faustino de apellido innombrable.

No fue difícil saber dónde encontrarlo. Las pistas estaban en las canastas de su clandestino cuartel, el local que explotó cuando los rebeldes los atacaron: los diarios capitalinos que ahí se guardaban señalaban que la imprenta «Tregua», la misma frente a la que me había detenido el día anterior, en Valencia, era un destino frecuente para los rebeldes. Había también puntos de distribución donde siempre se necesitaba fuerza seguidora para descargar la materia prima del campo, que mantenían de fachada en ese local.

Sí, esa había sido la razón por la que fui a Valencia el día anterior: visualizar los puntos de referencia que necesitaba y averiguar el horario en el que podía encontrarlos.

Y es que tenía un asunto pendiente con ese joven que estaba en el callejón del otro extremo de la calle lanzándole costales a otro chico.

—Espero que tu cara esté mejor —espeté a la espalda de Faustino, removiendo el sombrero tomado de las caballerizas del palacio de mi cabeza.

En cuanto mi voz fue escuchada por sus oídos, su cuerpo detuvo el acomodo de los sacos en la carreta donde se encontraba arriba.

—¿Ana? —sus ojos se agrandaron aunque sus rasgados ojos apenas podían ejecutar aquel gesto—. ¿Pero qué carajos haces aquí?

Fui testigo de como todavía su ojo se mantenía moteado en un rojo azulado que combinaba con su labio que cicatrizaba.

—Vivo aquí.

—¿Naciste en Valencia? —emitió dubitativo.

—No… provengo de Lorde.

«Y siguen las mentiras»

—Eres una aprendiz —permití que lo creyera.

Omitir es igual a mentir, aunque por el momento ambas me servían. Miré mi vestimenta de arriba a abajo. El vestido que antiguamente usaba para escapar había desaparecido de mi habitación; sin remedio, seleccioné la ropa más sencilla de mi armario: mi atuendo de entrenamiento. Pantaloncillo negro y camisa blanca, que intenté disimular con un mandil hurtado de la cocina del palacio, junto con unos zapatos gastados y cubiertos de lodo que encontré, sin dueño, en los pasillos de servicio.

—Ese fue el último —exclamó su acompañante cruzando la salida del local. Guardó silencio al observarme.

—Tranquilo, es de nuestro bando. Proviene de Lorde al igual que tú —el seguidor me contempló con escepticismo—. Él es Pablo Ditorelo y ella es Ana Robles.




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