En los ojos de la reina

Capítulo 49: Fue lindo volver a verte

Los ojos de Farfán se cierran y con él, sus deseos viles y ruines por tener a esta nación. Más rebeldes deben de estar comenzando a adentrarse al palacio tras el sometimiento de lo que deben ser los guardias de René. Soy testigo de como Ichigo dirige sus pasos en dirección a Rolan para desatar su mordaza.

—Bienvenido amigo mío. Lamento la tardanza, pero el fuego nos retrasó —le comenta el rebelde a Rolan, mientras lo deslinda de aquella venda posada en sus ojos.

Conoce a la perfección su nombre, pues tal como esperaba, ambos yacen del mismo bando. No me sorprende, sin embargo, mi mirada se dispara a ellos, pese que es Diego quién captura mi completa atención, puesto que comienza a acercarse a mí.

—Sé qué tiempo atrás dije que esto no era personal, pero adivina... mentí.

Mi mente se remonta por un segundo a aquella promesa que le hice a Magnolia con respecto a que si le volvía a ver sería para matarle. Mi juramento hace inevitable el hecho de que me le abalance con la poca energía que todavía me resta para embestirlo. Ambos caemos a los azulejos y aunque no es suficiente para dañarlo, los bastones que le mantienen de pie se despojan de sus manos. Diego es veloz y aprisiona mi muñeca. La gira a mi espalda de tal forma que siento que se romperá de no ser que con avidez, un par de rebeldes nos alejan.

Molesto de que le tengan que ayudar para ponerse de pie debido a aquella fragilidad que sus piernas le muestran, me toma de la mandíbula hincado al mismo nivel que yo. Ha de notar que mi rostro refleja mi odio creciente hacia su persona, pues no tengo otra manera de demostrarlo más escupiendo a su rostro, aunque este es distinto a todos los anteriores que he concedido, puesto que este se cubre en rojo.

Aquello lo altera y de inmediato me suelta para poder limpiarse en cuanto uno de los rebeldes lo reincorpora. Yo me he de conservar en el suelo con una emergente tos de la que nace más sangre, brota de mi boca sin poder evitarlo. El virus avanza con mayor prontitud de lo que pude haber anticipado.

Cada parte de mi cuerpo yace infectado y drena tanta sangre dentro de él que ya no es posible contenerla en mi interior. Sé que estoy llegando a la etapa final de la infección. Debería estar asustada, pero a cambio me siento aliviada, pues de alguna forma no tendré que permanecer mucho tiempo con esta población sublevada.

Para esta instancia Rolan yace libre de ataduras y corre con esmero a mí.

—¡Que le has hecho! —reclama a Diego, pero aquel no le contesta—. Tú —Rolan lo reconoce del ataque de Hidal. Me otorga una breve sensación de que a él no lo conocía por la expresión en su rostro—. ¡Que le has hecho! —repite encolerizado. Tira hacia arriba de mis risos para poder capturar mi cara junto con la sangre que no consigo dejar de escupir al suelo.

—Nada —respondo con lentitud—. Ellos no me han hecho nada —levanto la mirada para observar a Ichigo y Diego por igual—. Al menos no directamente —deseo reincorporarme, pero fallo. Rolan pretende ayudarme, sin embargo, lo detengo con un manotazo—. ¡No me toques! —el repudio a su traición no se ha marchado. Paso el dorso de mi brazo para limpiar la sangre de mi boca.

—Me parece que nuestra joven soberana está furiosa contigo, querido Rolan —Ichigo se mofa, provocando que Ron se alce en pie para enfrentarlo cara a cara.

—Esto es tú culpa. Tú me dijiste...

La mano de Ichigo izada detiene cualquier futura palabra.

—Basta, no hablaremos de esto. No aquí, ni con ella presente —su mano me señala.

—Descuiden, yo me iré muy pronto de este sitio con muchos de ustedes incluyéndote a ti, espero.

—¿Se irá? —sonríe—. Dudo que pueda escapar de nuestras garras, Su Majestad.

—¿Quién dijo que escaparía? —sus miradas se contraen tras no comprender del todo mis palabras—. Moriré —digo así de simple—. Porto el virus que está infectando a cientos de mis ciudadanos seguidores en este momento y me llevará con ellos al igual que cualquiera que se atreva a tocarme —mi mirada se direcciona a Diego—. Y me alegra tanto que tú hayas sido el primero al que infecté.

Sonríe con satisfacción para él, sin embargo, el rebelde me observa sin sosiego con sus labios curvándose a la derecha aparentando una sonrisa mal lograda que me devuelve, mientras Ichigo y el resto de sus compañeros lo miran aterrados ante la idea de infectarse, y pese que él debería encontrarse al filo del temor por morir, lo único que otorga es una vista hacia Ichigo. Se espetan algo con la mirada que no consigo descifrar, pero que provoca que Diego vuelva a mí.

—Todo indica que ustedes no son los únicos que juegan a la traición. Farfán planeó acabarlos por igual sin ensuciarse las manos, pues contempló que vendrían por él, y por ello lo que lo único que debía hacer era esperar e infectarlos. Al final, todos jugamos nuestro juego. Todos mentimos y moriremos por un poco de poder.

—Tú no eres la Ofelia que me prometieron —la voz de Ichigo se emite con algo semejante a decepción o quizá preocupación. Difícil distinguirlo bajo estos términos.

—Pero tú sí que eres el rebelde del que escuché —regreso—. Dices querer liberar a tus hermanos seguidores de cientos de ciclos de opresión impartida por los fuertes, pero has matado a cientos de ellos en el camino. Un pequeño sacrificio ¿cierto? —no posee el valor de admitirlo—. No, tú no buscas salvarlos. Tú buscas poder. Todo se reduce siempre a poder y entonces, temo que ya no eres tan distinto a ese hombre muerto —señaló a Farfán—. Con sueños ruines y pensamientos de libertad egoístas.

—¡Ay, Su Alteza! Habla tan bonito, tan elegante y estirada. Fue educada para ello ¿no? Quizá y usted pueda ser nuestro rostro en esta guerra que se aproxima —se pregunta a si mismo, algunos de los rebeldes olvidan el futuro virus que les infectará si continúan aquí, pues ríen por lo exclamado de su líder—. Una reina nacida de fuertes con un destino seguidor. Ambos mundos en una chica que solo deseaba igualdad y que al infectarse decidió obsequiarnos su reino como gran acto de sacrificio —toma su barbilla de forma dubitativa—. Sí, podría funcionar.




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