Me encuentro recostada sobre la cama. Los rayos matutinos iluminan mi alcoba tal como en los cuentos fantásticos que mi madre solía leerme en la infancia. No existe heridas o dolor sobre mi cuerpo. Mi rizado cabello se enlaza en una hermosa trenza con forma de corona. Mi vestido, sin saber porqué es idéntico con el que me coroné de reina. Confundida, decido por reincorporarme y observar mis bellas zapatillas que resuenan entre los azulejos al caminar. Opto por abrir la puerta y avanzo con entusiasmo por todo el corredor que luce vacío, iluminado e intacto. Ninguna preocupación acongoja mis adentros.
De algún modo, comprendo que esto es tan extraño que bien podría ser una ilusión. Mi último pensamiento antes de que mente por completo se apague por el virus que me invade.
Me alegro tanto que esto sea un sueño en lugar de una pesadilla. Todo se vislumbra tan bello y resplandeciente como le recuerdo. Desciendo por la escalera que ofrece vista al gran salón para entonces, observar a todo ser que amé y conocí en este tiempo. No puedo evitar sonreír ampliamente.
Mis padres al igual que mi hermano Dante yacen en medio del camino, esperándome. Magnolia y mi tío Orlando también han venido. Puedo vislumbrar en la esquina del barandal a Ben quién sonríe con los brazos cruzados. Me guiña el ojo al verlo y vuelvo a sonreír. Detrás de él miro a todas esas personas que conocí en esta travesía. Mis aventureros amigos del Fuego Blanco.
Jamás conocí individuos tan sinceros ni dispuestos a luchar por otros como ellos. Siempre me ofrecieron una auténtica sonrisa, aunque por igual conocí a fuertes por los que habría dado absolutamente todo. Como los hermanos Marven que habitan dentro de mi ilusión. Damián, que siempre cuidó de mí hasta el último momento.
Tengo los dos lados buenos de cada mundo. Sin embargo, una vez que aterrizo al escalón final, todos los presentes me abren paso para que le vea. Después y a pesar de todo es Rolan quién mi mente sigue pensando. Nos hemos herido, mentido y traicionado tanto y aún con ello es en él en quién pienso ahora.
Deseo. Quiero salvarlo tal como lo hicieron conmigo. Creo firmemente que ese chico que conocí algún día todavía yace esperando ser salvado de todas las formas en que uno puede salvar a otro ser. Mientras avanzo, mi mente divaga por todos los momentos que ambos recorrimos.
Desde el anillo que me obsequió, el baile, nuestro primer beso, los viajes en el ciclomotor, las huidas a Xelu, las pláticas en mi alcoba, los juegos que ideábamos de niños, el día que me dijo su nombre y la primera vez que le miré entrar a este palacio con nueve y yo ocho. Él siempre me miró a los ojos como nadie más lo había hecho y desde ese instante, dejé de temer.
Solo un metro de distancia me separa de aquel joven envuelto en un impoluto atuendo blanco que resalta sus grises ojos que se clavan en los míos para después, elevar su mano a la mía.
Me destino a tomarla, pero algo lo interrumpe. Una sacudida. NO. Un temblor. NO. Es mi mente la que estruja mi visión.
De pronto, todo parece desmoronarse de la nada, pues en un repentino instante todos en mi periferia desaparecen.
El sueño se convierte pesadilla y viene de nuevo. Una ola sofocante de inmensa aflicción me atraviesa hasta retumbar por mi columna vertebral. Causa que mis rodillas se doblen y aterrice al suelo de aquella hermosa, aunque criminal fantasía hasta y despierto.
Literalmente despierto en mi alcoba donde tiempo no muy atrás Rolan se aposó a mi lado para verme morir, sin embargo, no hay cabida para pensar en algo más que no sea la flagelante dolencia que me alberga en estos precisos instantes. Llevo las manos a la cabeza, la presiono y grito con desesperación como nunca en mi vida lo he hecho. Es el dolor más aberrante que he sentido jamás. Me desintegra en cada impulso vibrante que me lleva al suelo y me hace desear estar muerta de nuevo. Me arrastro por la alfombra, gateo hasta dirigirme al tocador y me aferro al banco para reincorporarme.
Junto la energía suficiente para mantenerme de pie y una vez que lo consigo el dolor simplemente se marcha. Mi flagelo se disipa tan veloz como arribó, aunque me siento extraña y distinta. Es como estar observándome fuera de mi propio cuerpo.
No es hasta este preciso momento que miro mi reflejo. Ya ha amanecido en su totalidad, por lo que no soy capaz de precisar el tiempo estimado desde mi permanencia en este lugar. Las heridas como la sangre seca continúan en sus respectivos sitios y el espejo me muestra que continuo mirándome fatal, pero con una gran diferencia. Una por la que ciclos atrás habría dado lo que fuera por tenerla. Una por la que quizá esta rebelión no hubiera dado inicio.
Y es que mis ojos ya no son más azules, sino rojos. Intensamente rojos.
Poso los dedos sobre el espejo. Me toco a través de él para asegurarme que es real lo que miro. Que esto ya no es más un sueño.
No, no lo es.
La puerta perturba mi contemplación, siendo que aquella se abre, revela a dos rebeldes que ingresan con prontitud. Giro hacia ellos sin ninguna molestia presente en mi cuerpo. Como si mis dolencias se hubiera marchado y lo único que siento en este instante es furia, odio y poder.
Aquel par solo puede vislumbrarme con terror debido a lo que ven en mi reflejo. Por mis ojos, pues lo percibo en los suyos que me miran horrorizados. En cuanto a mí, soy capaz de formar una sonrisa amplia sobre mi rostro.
—Imposible —emite uno.
—Deberías estar muerta —agrega el siguiente.
—Sí, debería —respondo para ambos dispuesta a enfrentarles.
Los contemplo sabiendo bien qué morirán en el preciso instante que mis manos se cierran en tensos y letales puños, ofreciendo una sencilla orden a mi mente para aquel par.
Al parecer todo indica que cuando le dije adiós a mi hermano nuevamente no lo era.
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Editado: 04.01.2026