En los Ojos del Jeque

Capítulo 1: El encargo que nadie quería

La redacción de la revista Horizonte Global olía a café recalentado y a papel impreso, ese olor que Gianna Marcel había aprendido a amar y a detestar al mismo tiempo durante los siete años que llevaba trabajando allí. Eran las nueve y cuarenta de un martes gris de octubre, y ella estaba sentada frente a su computadora, mirando un párrafo que había reescrito cuatro veces sin que mejorara. Era una nota sobre la renovación de un mercado municipal, trescientas palabras de relleno que nadie recordaría al día siguiente.

Se frotó los ojos con el dorso de la mano. Tenía veintinueve años, el cabello castaño oscuro recogido en un moño que se deshacía solo desde las once de la mañana, y una taza de cerámica con una grieta en el asa que se negaba a tirar. A su alrededor, los teclados sonaban con ese ritmo nervioso de las semanas de cierre. Nadie levantaba la vista. Nadie, en realidad, levantaba la vista nunca para mirar a nadie.

Eso, pensó Gianna con una sonrisa torcida, era algo que conocía bien.

Su matrimonio había durado cuatro años y medio, y había terminado catorce meses atrás con una firma temblorosa en un despacho de abogados y una caja de cartón con sus libros. Esteban nunca le gritó. Nunca fue cruel de una forma que pudiera señalarse con el dedo. Simplemente, con el paso del tiempo, había dejado de verla. Ella hablaba en la cena y él contestaba mirando el teléfono. Ella se cortaba el cabello y él no lo notaba. Ella ganaba un premio de periodismo regional y él decía que qué bien, sin levantar la cabeza del televisor. Hay una soledad que no se parece a estar sola, y es la de estar acompañada por alguien que ya no te registra. Gianna la había vivido durante años, hasta que una noche, parada en la cocina con una taza en la mano, se dio cuenta de que podía desaparecer del mundo y ese hombre tardaría una semana en preguntar dónde estaba.

Se fue al día siguiente. No hubo escándalo. Eso fue lo más triste de todo.

Desde entonces, había hecho lo que hacen las personas que se reconstruyen: trabajar de más. Aceptaba cualquier nota, cubría cualquier evento, llegaba primero y se iba última. Había descubierto que el trabajo era un lugar seguro, un espacio donde su nombre aparecía al pie de las páginas y alguien, aunque fuera un lector anónimo, la leía. Pero también había descubierto otra cosa, y era que llevaba catorce meses escribiendo sobre mercados municipales, inauguraciones de galerías y recetas de abuelas, y que su talento, ese que le habían elogiado en la universidad, se estaba oxidando como una bisagra olvidada bajo la lluvia.

El teléfono de su escritorio sonó con ese timbre agudo que usaban solo para las llamadas internas importantes. Gianna lo miró un segundo y descolgó.

—Marcel.

—Gianna, ven a mi oficina. Ahora —dijo la voz de Ricardo Valdés, el director editorial, seca como siempre, sin saludo ni despedida.

Colgó antes de que ella pudiera responder.

Gianna se quedó con el auricular en la mano, mirándolo como si pudiera darle una explicación. Cuando Ricardo llamaba así, había solo dos posibilidades: o iban a despedir a alguien, o iban a pedirle a alguien que hiciera algo que nadie más quería hacer. Respiró hondo, alisó su blusa y caminó por el pasillo central de la redacción. Sintió algunas miradas rápidas que se apartaban cuando ella las atrapaba. Eso no le gustó nada.

La oficina de Ricardo estaba al fondo, con paredes de vidrio que daban a la redacción y una persiana a medio bajar. Él estaba de pie detrás de su escritorio, un hombre de cincuenta y tantos años, canoso, con las mangas de la camisa arremangadas y la corbata aflojada. A su lado, sentada con una elegancia impecable en una de las sillas de cuero, estaba Marisa Ortega, la subdirectora, con una carpeta de color negro sobre las rodillas y una expresión que Gianna no pudo descifrar.

—Siéntate —dijo Ricardo.

Gianna se sentó. Cruzó las manos sobre el regazo para que no se notara que le sudaban un poco las palmas.

—Voy a ser directo, porque no tengo tiempo para rodeos —empezó él—. Tenemos un problema, y creo que tú eres la solución.

—Eso suena a que me van a mandar a cubrir algo horrible —respondió ella, intentando una broma.

Nadie se rio.

Marisa abrió la carpeta negra y deslizó una fotografía sobre el escritorio, hasta dejarla frente a Gianna. Era una imagen de prensa, tomada de lejos, con el grano característico de los teleobjetivos. Mostraba a un hombre alto y de hombros anchos, vestido con una túnica blanca tan limpia que parecía brillar bajo el sol, bajando de un automóvil negro frente a un edificio de cristal. Llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo blanco sujeto por un cordón oscuro. Tenía la barba corta, perfectamente recortada, y el rostro de líneas duras, de esas que parecen talladas con cincel. Pero lo que llamó la atención de Gianna fue la forma en que miraba. O mejor dicho, la forma en que no miraba. Sus ojos estaban fijos en un punto lejano, por encima de la multitud que lo rodeaba, como si nadie allí existiera.

—Zayed Al-Rashid —dijo Marisa—. Jeque de la casa Al-Rashid, heredero de uno de los linajes más antiguos de los Emiratos. Tiene treinta y dos años. Es dueño de fondos de inversión, de una naviera, de dos aerolíneas, de media docena de hoteles y de una porción de desierto cuyo tamaño, según algunas fuentes, equivale al de un país europeo pequeño.

—Es el hombre más poderoso de Abu Dhabi —añadió Ricardo— y es también el más hermético. No ha dado una sola entrevista en seis años. Ni a la prensa local, ni a las cadenas internacionales, ni a nadie. Ha rechazado a la televisión, a las revistas de negocios, incluso a un jefe de Estado que quiso hacerle un perfil personal.

Gianna tomó la fotografía con cuidado. Algo en ella la inquietó. No era la riqueza evidente ni el poder que irradiaba la postura del hombre. Era algo más difícil de nombrar. Era la sensación de que ese rostro, a pesar de estar rodeado de gente, pertenecía a alguien muy solo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.