En los Ojos del Jeque

Capítulo 2: El desierto que no aparece en los mapas

El automóvil que esperaba frente al edificio de cristal no era el mismo que la había traído desde el aeropuerto. Era un todoterreno de color arena, robusto y sin ningún logotipo, con las ruedas cubiertas de un polvo fino y dorado que parecía llevar años acumulándose. Gianna se detuvo en la acera con la maleta en la mano y miró el vehículo con cierta desconfianza.

—¿Vamos a ir en esto? —preguntó.

—Hay lugares a los que un coche de ciudad no llega —respondió Zayed.

No había un chofer. Él mismo abrió la puerta del acompañante y esperó, de pie junto a ella, con una paciencia que Gianna no supo cómo interpretar. Karim estaba unos pasos atrás, con las manos juntas y la expresión de un hombre que acababa de presenciar un fenómeno astronómico y trataba de no comentarlo en voz alta. Se había quedado sin palabras, y Gianna sospechaba que eso le ocurría muy pocas veces.

—Alteza, ¿está seguro de que no prefiere que lo acompañe un equipo de seguridad? —se atrevió a decir al fin.

—Estoy seguro, Karim.

—Su padre...

—Mi padre no necesita saberlo hoy.

Hubo algo en esa frase, un filo muy breve, que Gianna registró sin querer. Subió al coche, acomodó la maleta a sus pies y guardó la observación en algún rincón de la memoria, igual que había guardado tantas cosas a lo largo de su carrera. Una periodista aprende a escuchar lo que no se dice.

El motor arrancó con un rugido profundo. Zayed condujo con las dos manos firmes sobre el volante y la vista al frente, y durante los primeros veinte minutos no hubo una sola palabra entre ellos. La ciudad se fue deshaciendo por la ventanilla. Primero desaparecieron las torres de vidrio, después las autopistas anchas con sus palmeras recortadas, y por último los últimos edificios dispersos, hasta que solo quedó un horizonte plano, amarillento, interminable.

Gianna no era una mujer que soportara bien los silencios, pero este era distinto. No era el silencio hueco de la cocina de su antigua casa, ese que pesaba como una acusación. Este era un silencio que parecía hecho a propósito para ser compartido.

—Pensé que el desierto sería más aburrido —dijo ella al fin, con una sonrisa ladeada.

—¿Aburrido?

—Arena y más arena. Es lo que uno imagina desde lejos.

Zayed giró apenas la cabeza hacia ella. Era una mirada breve, pero cumplía la promesa que le había hecho en el despacho. La miraba cuando le hablaba, y a Gianna se le aceleró el pulso de una forma ridícula, como si el simple hecho de ser mirada fuera un lujo que no sabía cómo gestionar.

—Desde lejos casi todo parece más simple de lo que es —dijo él—. Eso también vale para las personas.

—¿Lo dice por usted?

—Lo digo en general.

—Qué conveniente —murmuró Gianna, y para su sorpresa lo vio sonreír de verdad por primera vez. No fue una sonrisa grande. Fue apenas un movimiento de la comisura de los labios, pero transformó su rostro por completo, le quitó años y le quitó armaduras. Gianna apartó la vista hacia la ventanilla, con las mejillas ardiendo, y fingió estudiar una duna que no tenía nada de especial.

El camino asfaltado terminó de pronto y el coche se internó en la arena. Zayed ajustó algo en el tablero, soltó un poco de aire de los neumáticos con un botón que ella no supo identificar, y el vehículo empezó a deslizarse sobre las dunas con una suavidad inesperada, subiendo y bajando como un barco sobre olas inmóviles.

—Agárrese —dijo él, y justo después tomaron una cresta empinada a una velocidad que le hizo soltar un grito ahogado.

—¡Avise antes de decir que me agarre!

—Si le aviso antes, no grita.

—Esa es precisamente la idea.

Esta vez él soltó una risa corta, grave, auténtica, que sonó casi extraña, como un instrumento que llevara mucho tiempo guardado en un estuche. Gianna lo miró de reojo, con el corazón en la garganta, y tuvo la certeza repentina de que acababa de presenciar algo muy poco frecuente. Karim había dicho que hacía nueve años que no cancelaba su agenda. Ella se preguntó cuánto hacía que no se reía así.

Después de casi dos horas, cuando el sol empezaba a inclinarse hacia el oeste y la luz se volvía más densa y anaranjada, Zayed detuvo el coche en lo alto de una duna enorme. Apagó el motor. El silencio que cayó sobre ellos fue tan completo que Gianna oyó su propia respiración.

—Baje —dijo él.

Salieron al calor seco del desierto. La arena estaba tibia bajo las suelas de los zapatos de Gianna, que se hundían a cada paso. El viento era suave y traía un olor limpio, mineral, como a piedra caliente. Frente a ellos, el desierto se desplegaba en ondas perfectas, doradas y rosadas, con sombras largas azulándose en los valles entre las dunas. No había un solo edificio, un solo cable, una sola huella humana hasta donde alcanzaba la vista.

—Dios mío —susurró ella.

—Cuando era niño —dijo Zayed, y se detuvo.

Gianna contuvo la respiración. Sabía lo que estaba haciendo. Una pregunta, un gesto, cualquier ruido en ese momento podría cerrarle la puerta que él acababa de entreabrir. Así que se quedó callada, con la vista fija en el horizonte, y esperó.

—Cuando era niño —repitió él, con la voz más baja—, mi madre me traía aquí. Justo a esta duna. Decía que en la ciudad uno aprende a hablar, pero en el desierto uno aprende a escuchar.

—¿Y qué se escucha?

Zayed cerró los ojos un instante.

—Nada. Al principio, nada. Después de un rato, uno escucha su propio corazón. Y si espera lo suficiente, escucha todo lo que ha estado callando.

Gianna sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento. Miró el perfil de ese hombre inmenso, vestido de blanco sobre el dorado, y comprendió que acababa de recibir un regalo que no estaba en ninguna lista ni en ningún protocolo. Una confesión sin preguntas, que era la única manera de recibirla.

—Murió cuando yo tenía nueve años —continuó él—. Aquí, en el desierto, aprendí a hablar con ella sin que nadie me viera. En el palacio no me dejaban llorar. Un futuro jeque no llora. Un futuro jeque escucha, asiente y firma.




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