El café llegó antes que la luz. Gianna lo supo porque, cuando abrió los ojos, la habitación seguía sumida en una penumbra azulada y alguien movía con suavidad una bandeja sobre la mesa de la terraza. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. El dosel de gasa, el techo de vigas oscuras, el olor a rosas y a piedra antigua. Después recordó lo demás, y el corazón le dio un vuelco incómodo.
—Buenos días, señorita —dijo Amira, sin volverse—. Son las cinco y veinte. El Jeque no tolera la impuntualidad, aunque tengo entendido que con usted ha hecho varias excepciones.
—¿Cinco y veinte? —Gianna se incorporó con el cabello revuelto y la trenza deshecha—. Creí que había soñado esa parte.
—Los sueños rara vez traen café turco.
Amira le tendió una taza pequeña y humeante. Gianna la tomó con las dos manos y bebió un sorbo. Era espeso, amargo, con un fondo de cardamomo que le despertó cada nervio del cuerpo de golpe. Hizo una mueca y después sonrió, a su pesar.
—Esto podría resucitar a un muerto.
—Ese es el propósito.
Había un traje de montar sobre la silla, dispuesto con cuidado: pantalones de lino beige, una camisa blanca de mangas largas, un pañuelo ligero de color arena y unas botas bajas de cuero marrón que, al probárselas, le quedaron como si alguien hubiera conocido su talla de memoria. Gianna miró las botas y luego a Amira.
—¿Cómo supieron mi número?
—El Jeque le pidió a Karim que lo averiguara anoche. Hay cosas que se saben con solo mirar la maleta de una persona.
—Es una invasión de privacidad muy elegante.
—Aquí las llamamos hospitalidad —dijo Amira con una media sonrisa, y salió dejándola sola.
Mientras se vestía, Gianna tomó su teléfono de la mesilla y vio que tenía once mensajes. Seis eran de Ricardo, tres de Marisa, uno de Valeria y uno de un número desconocido. Los de Ricardo escalaban en tono, desde un cauteloso "¿Cómo va todo?" hasta un directo "Gianna, por favor, responde". Había olvidado avisar. Había olvidado, en realidad, que existía otro mundo fuera de esos muros de piedra.
Se sentó en el borde de la cama y marcó el número de la redacción. Eran cerca de las tres de la tarde en su ciudad, y Ricardo contestó al primer tono.
—Por fin. Dime que no te han secuestrado.
—Todo lo contrario. —Gianna se frotó la frente—. Ricardo, necesito pedirte algo.
—Esa frase nunca me ha traído nada bueno.
—La entrevista de una hora se convirtió ayer en algo distinto. Me ha invitado a quedarme en su palacio, en el desierto. Quiere enseñarme, y cito, el verdadero desierto, antes de darme lo que necesito para el artículo.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.
—¿Zayed Al-Rashid te invitó a su palacio?
—A su casa privada, sí. Y cancelaron toda su agenda para hacerlo.
—Gianna, no me estás diciendo que...
—No es lo que piensas —lo cortó ella, con más firmeza de la que sentía—. Es la historia, Ricardo. Es la única forma de conseguirla. Un hombre que no ha dicho una palabra sincera en seis años me está dejando ver su mundo. Si me voy hoy con una hora de respuestas de comunicado, tendremos un artículo correcto. Si me quedo, puede que tengamos algo extraordinario.
Otro silencio, más corto.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Dos días más. Quizá tres.
—Tu vuelo sale hoy.
—Lo sé. Puedo cambiarlo.
Ricardo suspiró con fuerza, un sonido que Gianna conocía bien, el de un hombre que ya había decidido y solo necesitaba quejarse un poco antes de aceptarlo.
—Escúchame bien. Quiero un mensaje tuyo cada noche. Quiero saber dónde estás. Y quiero que me prometas que ese hombre se comporta con respeto.
—Se comporta con más respeto que la mitad de los hombres que conozco.
—Eso no es mucho decir.
—Lo sé —sonrió ella—. Gracias, Ricardo.
—No me agradezcas. Escríbeme algo que valga la portada.
Colgó con el pulso acelerado. Un mensaje a Valeria que decía solo "estoy bien, te cuento todo después" y otro, más breve, a la aerolínea para posponer el vuelo. Cuando terminó, se miró en el espejo del tocador. La mujer que le devolvía la mirada tenía las mejillas encendidas y los ojos demasiado brillantes para alguien que había dormido cuatro horas.
Se anudó el pañuelo sobre el cabello y bajó.
Las caballerizas estaban en el extremo oriental del palacio, un edificio largo de piedra con arcos bajos y pesebres de madera oscura. El aire olía a heno, a cuero y a animal tibio. Una luz grisácea empezaba a filtrarse por las ventanas altas, apenas una promesa de amanecer, y en la penumbra Gianna distinguió las cabezas de media docena de caballos que se asomaban por encima de las puertas, curiosos, resoplando suavemente.
Zayed ya estaba allí. Había cambiado la túnica por una ropa de montar de lino claro, con el pañuelo anudado de forma sencilla y las mangas arremangadas hasta los codos. Acariciaba el cuello de un caballo negro, enorme, de ojos oscuros e inteligentes, y le hablaba en voz baja en un idioma que ella no entendía. Cuando oyó sus pasos, se volvió.
Y sonrió. Una sonrisa completa, sin sombras, que a Gianna le robó el aliento antes de que pudiera prepararse.
—Puntual —dijo él.
—Con tres cafés en el cuerpo y mucho miedo.
—Es la mejor combinación. —Le hizo un gesto para que se acercara—. Le presento a Sahar. Significa la hora previa al amanecer. Es mi caballo desde hace nueve años.
Gianna se acercó con cautela. El animal giró la cabeza hacia ella y la miró con una atención tan humana que le dio un escalofrío. Era altísimo. Su pelaje negro tenía un brillo casi azulado bajo la luz pálida, y sus músculos se movían bajo la piel como cuerdas tensas.
—Es enorme —susurró.
—Y muy sensible. Puede oler el miedo.
—Entonces estoy en problemas.
—Solo si finge que no lo tiene. —Zayed tomó su mano con suavidad y la guió hasta el hocico de Sahar—. Déjelo oler su mano. Así. Sin prisa.