Gianna no durmió. Se quedó tendida sobre la cama con los ojos abiertos, viendo cómo la luna cruzaba la terraza y cómo el cielo, hacia las cuatro y media, empezaba a perder su negrura. Había repasado la conversación del pasillo tantas veces que ya no estaba segura de las palabras exactas. Algo que mi madre ha guardado durante años. Tema a mi madre. La voz de Samira temblaba, pero no tenía nada de frágil, y esa contradicción le daba vueltas en la cabeza como una polilla alrededor de una lámpara.
Una parte de ella le decía que no fuera. Que era periodista, no detective; que su misión era una entrevista y no una intriga de palacio; que meterse entre una familia y su promesa era el camino más corto hacia el incidente diplomático que Ricardo le había rogado evitar. Esa parte tenía argumentos muy sólidos, y los enumeraba con la voz sensata de Marisa Ortega.
La otra parte recordaba los ojos enrojecidos de Samira y no necesitaba argumentos.
A las cinco y media se levantó, se lavó la cara con agua fría y se puso la camisa de lino del día anterior, que alguien había lavado y planchado durante la noche. Recogió el cabello en una trenza apretada, se cubrió con el pañuelo color arena y salió al pasillo con pasos lentos, pegada a las paredes, como una ladrona en su propia vida.
El palacio dormía. Los faroles de bronce se habían apagado y solo quedaba la luz azulada que entraba por las celosías, dibujando rombos pálidos sobre el suelo de piedra. Gianna bajó la escalera angosta que había recorrido dos noches antes de la mano de Zayed, cruzó el patio de la fuente y atravesó un arco bajo que, según había entendido por las indicaciones vagas de Amira el día anterior, conducía a los jardines interiores.
El aire cambió de golpe. Dejó de oler a piedra y a polvo y empezó a oler a tierra húmeda, a hojas, a algo dulce y ligeramente ácido que no supo identificar hasta que vio los primeros árboles.
El jardín de las granadas era un rectángulo cerrado por muros altos de piedra clara, cubiertos de enredaderas de flores blancas. En el centro, un estanque largo y estrecho reflejaba el cielo gris perla del amanecer, y a lo largo de sus bordes crecían decenas de granados cargados de fruta, con las cortezas rojas y duras brillando entre las hojas lanceoladas. Algunas granadas se habían abierto con el calor, y los granos rubí asomaban como pequeñas joyas húmedas. Una fuente murmuraba en un rincón. No había nadie.
Gianna se detuvo bajo un arco cubierto de jazmín, con el corazón latiéndole en las sienes. Miró la hora en su teléfono. Las seis menos cinco.
Esperó. Contó las hojas de un árbol, los peldaños de una escalinata de mármol, las gotas que caían de la fuente. A las seis y diez empezó a pensar que había sido una trampa o un malentendido. A las seis y cuarto, cuando ya se disponía a marcharse, oyó pasos suaves sobre la grava.
Samira apareció entre los árboles con un manto oscuro echado sobre los hombros y el rostro pálido, sin el velo azul de la noche anterior. Parecía todavía más joven a esa luz. Se detuvo a unos metros de ella y miró a su alrededor con la desconfianza de un animal que olfatea una trampa.
—Perdone la tardanza —dijo—. Mi madre duerme en la habitación contigua a la mía. Tuve que esperar a que su respiración cambiara.
—No tiene por qué disculparse. Yo también llevo horas despierta.
—¿No ha dormido?
—Casi nada.
—Yo tampoco. Desde hace semanas. —Samira intentó sonreír y no lo consiguió del todo—. Venga. Hay un banco detrás de las granadas más grandes, donde no se ve desde las ventanas.
La condujo por un sendero estrecho entre los árboles. Detrás de un grupo de granados antiguos, de troncos retorcidos y ramas cargadas, había un banco de piedra cubierto por una sombra espesa. Se sentaron una al lado de la otra, sin tocarse, mirando el estanque. Un pájaro cantó en algún lugar, y el sonido pareció demasiado fuerte.
—Quiero que sepa primero algo —empezó Samira, con las manos apretadas sobre el regazo—. No la considero una enemiga. Me gustaría que no pensara que la cito aquí por celos o por rencor.
—No lo he pensado.
—Debería. Cualquier mujer en mi lugar lo haría. —Una sonrisa leve y triste—. Pero yo no soy cualquier mujer en este lugar, y usted lo ha notado.
Gianna guardó silencio. Había aprendido, a lo largo de los años, que la mayor parte de las confesiones llegaban cuando uno dejaba de buscarlas.
—Conozco a Zayed desde que tenía cuatro años —dijo Samira—. Él tenía diez y yo era una niña que lo seguía por los pasillos con una muñeca de trapo. No me hablaba mucho, pero una vez me regaló una piedra con forma de corazón que encontró en el desierto. La guardé durante años. —Hizo una pausa—. Él me cae bien, señorita Marcel. Lo considero un hermano, y estoy convencida de que él me considera algo parecido. Nunca hubo entre nosotros nada más. Ni siquiera un roce, ni siquiera una mirada.
—Lo sé —dijo Gianna, sin saber por qué.
—¿Lo sabe?
—Lo vi anoche. Cuando él la miraba durante la cena, había respeto y había ternura, pero no había lo otro. —Se encogió de hombros con una sonrisa incómoda—. Lo siento, es deformación profesional.
Samira rio, una risa breve y quebrada que se le deshizo en la garganta.
—Es la primera vez que alguien lo dice en voz alta. En mi familia, hablar de lo que se siente es una forma de deshonra.
—¿Usted no quiere este matrimonio?
La pregunta salió sin adorno, directa, y Gianna esperó la reacción con el pulso en la garganta. Samira bajó la vista hacia sus manos. Durante unos segundos pareció que no iba a contestar. Después, muy despacio, desató los dedos y mostró la palma derecha, donde brillaba un pequeño anillo de plata muy sencillo, sin piedra, casi invisible.
—Me lo regaló un hombre —susurró—. Se llama Idris. Es médico. Trabaja en un hospital de Al Ain, y lo conocí hace dos años en una campaña de vacunación a la que mi madre me dejó asistir creyendo que era una obra de caridad apropiada para una futura esposa. —Cerró el puño sobre el anillo—. Es el hombre más amable que he conocido. No tiene título ni fortuna ni apellido. Solo tiene unas manos cuidadosas y una forma de escucharme que...