En los Ojos del Jeque

Capítulo 5: El hombre que no pidió ayuda

Regresaron al palacio con las últimas luces del día. El cielo se había teñido de un naranja sucio, cargado de polvo, y a lo lejos, hacia el oeste, una franja de nubes oscuras subía despacio desde el horizonte como una mano que se alzara para pedir silencio. Zayed condujo sin hablar, con los nudillos blancos sobre el volante. Gianna no se atrevió a romper ese silencio. Había aprendido, en dos días, que él tenía dos clases de mutismo: el de la compañía y el de la armadura. Este era el segundo.

—Dejé la grabadora en mi habitación —dijo ella al fin, por decir algo.

—Lo sé. Karim la guardó.

—Ni siquiera estoy segura de por qué me pide que vaya sin ella. Si su padre quiere hablar de lo que ocurre aquí, un testimonio...

—Mi padre no quiere dar un testimonio. —Zayed tomó una curva cerrada—. Mi padre quiere mirarla. Y un hombre que ha pasado ochenta años aprendiendo a leer a la gente no necesita una máquina que escuche por él.

Gianna sintió que le sudaban las palmas. Se las secó sobre los pantalones, todavía húmedos del estanque, y miró de reojo su propio reflejo en el cristal. Tenía el cabello revuelto, la camisa arrugada y las mejillas quemadas por el sol. Parecía exactamente lo que era: una mujer que acababa de pasar una tarde riendo en un oasis con un hombre que no podía tener.

—No tengo nada que ponerme —murmuró.

—Estará perfecta.

—Se lo dice a todas.

—No se lo he dicho a nadie —respondió él, y ella no supo qué contestar.

Entraron por el portón principal, donde Karim los esperaba con el rostro grisáceo y una carpeta apretada contra el pecho. Zayed bajó del coche antes de que el motor se detuviera del todo.

—Habla.

—Su padre pidió ser trasladado al salón de las audiencias —dijo Karim, en voz baja—. Los médicos se opusieron, pero insistió. Ha pedido su traje de ceremonia, Alteza. Y ha pedido que estén presentes la señora Nadira, la señorita Samira y la periodista.

—Los tres.

—Y nadie más. Ni consejeros, ni guardias dentro de la sala. Solo yo, de pie junto a la puerta.

Zayed cerró los ojos un segundo.

—Quiere un tribunal.

—Eso temo, Alteza.

—Entonces démosle uno.

Subieron la escalinata los tres. Gianna caminaba un paso por detrás de Zayed, con la sensación de que cada peldaño era una sentencia. En el vestíbulo, Amira se cruzó con ellos y le puso en las manos, sin decir palabra, un chal de lana fina de color marfil. Gianna lo miró, sorprendida, y la mujer le hizo un gesto breve con la cabeza antes de desaparecer por un corredor. Se cubrió los hombros. Olía a lavanda.

El salón de las audiencias ocupaba la planta más alta de la torre central. Era una sala circular de techo abovedado, con ventanas altas por las que entraba la luz moribunda del crepúsculo y un suelo de mosaicos azules y blancos que formaban una estrella de ocho puntas. Alrededor, sobre bancos de madera tallada, descansaban cojines de seda bordada. Al fondo, sobre una tarima de dos peldaños, se alzaba un sillón de madera oscura con el respaldo labrado, y en el sillón, inmóvil como una estatua de sal, estaba sentado un anciano.

Gianna lo reconoció por los retratos del dossier, pero ninguna fotografía le había hecho justicia. El Jeque Khalid Al-Rashid tenía el cuerpo consumido por la enfermedad, los hombros encorvados bajo una túnica de ceremonia color marfil bordada con hilo de oro, y las manos, largas y nudosas, apoyadas sobre los brazos del sillón con un temblor que intentaba disimular apretando los dedos. Pero su rostro era otra cosa. Era el rostro de Zayed envejecido cuarenta y nueve años: los mismos pómulos, la misma frente, la misma mandíbula. Y los ojos. Los ojos eran idénticos, oscuros, con esas motas de ámbar, pero en el anciano no había ni rastro de la vulnerabilidad que ella había visto en el hijo. Eran dos ojos de águila, afilados, feroces, que se clavaron en Gianna desde el momento en que cruzó el umbral.

A la derecha de la tarima, sentada con la espalda erguida y el manto granate sobre las rodillas, estaba Nadira. A su lado, con la mirada baja y las manos entrelazadas, Samira. Ninguna de las dos se movió cuando entraron.

—Padre —dijo Zayed, inclinándose.

—Acércate —respondió el anciano.

Su voz era un hilo de ronquera, pero llegaba al último rincón de la sala con una autoridad que no necesitaba volumen. Zayed avanzó hasta el pie de la tarima. Gianna se quedó a unos pasos de la puerta, sin saber si debía seguirlo.

—Tú no —dijo el anciano, sin mirarla—. Tú, mujer, quédate donde estás. Todavía no te he dado permiso.

Gianna se detuvo en seco. Sintió que la lengua se le pegaba al paladar.

—Padre, la señorita Marcel es mi invitada...

—Lo sé perfectamente lo que es, hijo. Me lo ha explicado con todo detalle la señora Al-Mansouri durante dos horas.

Nadira no pestañeó. Su expresión era la de una mujer que acabara de ver cumplido un pronóstico.

—Se me ha dicho —continuó Khalid— que una periodista extranjera llegó a mi casa hace tres días con una entrevista de una hora y que, en lugar de marcharse, ha cancelado la agenda de mi heredero, ha recorrido el desierto a solas con él, ha roto las normas de mi protocolo y ha sido vista salir de mi jardín privado al amanecer, en compañía de mi hijo, de la mano. —Hizo una pausa, y el temblor de sus dedos se acentuó—. Se me ha dicho también que esa mujer pretende arruinar el compromiso más importante de nuestra casa. ¿Hay algo de verdad en esto?

El silencio que siguió fue absoluto. Gianna miró a Zayed, que seguía inmóvil con la espalda rígida, y comprendió que él no iba a hablar por ella. Era su prueba.

Dio un paso al frente, y después otro, hasta quedar a la altura de Zayed, a una distancia respetuosa del anciano.

—Excelencia —dijo, con una voz que le sonó más firme de lo que esperaba—. Con su permiso, quisiera responder.

—Lo tienes.

—Todo lo que se le ha dicho es cierto en los hechos —empezó—. Menos en la intención. No llegué aquí para arruinar nada. Llegué para entrevistar a su hijo, y lo hice con la mejor fe. Pero en el primer encuentro rompí tres de las reglas de su protocolo, y no por descuido. Lo hice porque comprendí que no se puede conocer a un hombre cuando uno se esconde de su mirada.




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