Hay silencios que duran un segundo y se sienten como una condena. Gianna lo comprobó en aquella habitación de seda granate, con el sobre de Zayed apretado contra el pecho y la luz de la lámpara temblando sobre el rostro sereno de Nadira. Afuera, la tormenta golpeaba los muros con puños de arena. Adentro, nadie respiraba.
—Siéntese, señorita Marcel —dijo Nadira, con la misma cortesía con que habría ofrecido té—. Tariq no le hará nada mientras yo no se lo ordene. Y no pienso ordenárselo todavía.
El hombre del hacha no se movió. Era alto y ancho, de unos cuarenta años, con una cicatriz que le partía la ceja izquierda y la mirada vacía de quien ha aprendido a no hacerse preguntas. Llevaba una túnica oscura manchada de polvo, y el arma, que sostenía con una sola mano, parecía de juguete entre sus dedos. Gianna calculó la distancia hasta la ventana. Cinco pasos. La ventana tenía postigos cerrados y el viento afuera habría arrancado la piel a cualquiera.
—Prefiero quedarme de pie.
—Como guste. —Nadira cerró la puerta con un empujoncito del talón, apoyó la lámpara apagada sobre la cómoda y se acercó al diván con la tranquilidad de una anfitriona—. Es curioso. Amira lleva treinta años con esta casa, y siempre creí que me temía demasiado para traicionarme. Me equivoqué. Pero no la culpo. Es una mujer sentimental, y los sentimentales siempre acaban cometiendo errores.
—No fue Amira.
—No me insulte, señorita. Las llaves eran las del ala norte. Solo ella tiene ese manojo.
Gianna apretó los labios. Había intentado proteger a la única persona que le había tendido una mano en ese palacio, y la mentira se le había deshecho en la boca antes de terminarla.
—No la lastime —dijo.
—No tengo intención de lastimar a nadie. —Nadira se sentó, alisó el manto sobre las rodillas y cruzó las manos—. Esa es la diferencia entre usted y yo, querida. Usted piensa en términos de víctimas y culpables. Yo pienso en términos de herencias.
—¿Herencias?
—Todo en esta casa es una herencia. El reino, el apellido, las deudas, los silencios. Mi trabajo ha sido asegurarme de que lo que le toca a mi hija no se pierda en los caprichos de un hombre enfermo y un muchacho sentimental. —Los ojos negros se deslizaron hacia el sobre que Gianna sostenía—. Por ejemplo, esa carta. Esa carta no debe leerse.
—Su marido la escribió para Zayed.
—Mi marido escribía muchas cosas en sus últimos meses. Estaba delirando. Se había convencido de que yo era responsable de una tragedia que nadie pudo evitar.
Gianna sintió que se le erizaba la piel de la nuca.
—¿La muerte de Leila?
El rostro de Nadira no cambió. Pero un músculo diminuto se tensó bajo su ojo derecho, y esa fue toda la confirmación que Gianna necesitó.
—Hamdan quería a Khalid como a un hermano —dijo la viuda, despacio—. Y quería a Leila como a una hermana. Cuando ella enfermó, nos reunimos todos aquí, en este palacio, durante una semana en que el desierto estaba cerrado por el calor. Yo estaba presente. Vi cómo se deterioraba. Y vi cómo Khalid, aterrado, quiso llamar a los médicos de la ciudad.
—Y usted se lo impidió.
—Yo le aconsejé. —Nadira alzó la barbilla—. Le dije que un heredero al trono no podía permitirse que se supiera que su esposa estaba enferma. Que había un consejo de ancianos esperando un solo signo de debilidad para arrebatarle el título. Que Leila se recuperaría. Que era cuestión de tiempo. —Sonrió con una amargura casi imperceptible—. Los hombres asustados escuchan al que habla con más calma. Yo hablé con mucha calma.
—Eso no es un consejo. Es un asesinato.
—Es una palabra muy fea para una mujer de revista.
—Es la palabra exacta.
El hombre del hacha dio un paso al frente, y Gianna sintió que el aire de la habitación se cargaba de amenaza. Nadira levantó apenas un dedo, y Tariq se detuvo.
—Tranquilo —murmuró ella—. La señorita está nerviosa. Es natural.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó Gianna, con la voz más firme de lo que sentía—. Leila era amiga suya.
—Leila era una desconocida de familia modesta que se casó con el hombre que debía ser mío. —La frase salió seca, sin adorno—. Hace cuarenta y un años, antes de que existiera Zayed, antes de que existiera Samira, mi padre y el de Khalid firmaron un compromiso entre nuestras casas. Yo tenía diecinueve años. Era la prometida del heredero. Estudié durante años para ser digna del puesto. Aprendí a dirigir una casa, a recibir embajadores, a callar cuando debía. Y una semana antes de la boda, Khalid conoció a una muchacha en un viaje al sur y decidió que la amaba.
—Y rompió el compromiso.
—Lo rompió con una carta de dos líneas. —Nadira apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. A mí me casaron con Hamdan, un hombre bueno y aburrido, para evitar el escándalo. Y yo pasé treinta años en la sombra de la casa que debió ser mía, viendo cómo otra mujer ocupaba mi lugar, sonreía con mi sonrisa y llevaba en brazos al hijo que debió ser mío.
Gianna dejó escapar un suspiro lento. Había visto muchas veces el rostro de la ambición, y casi siempre tenía una explicación sencilla escondida debajo. Esta era una explicación tan vieja y tan humana que casi dolía.
—Entonces, cuando Leila murió...
—Cuando Leila murió, me dije que el destino, por fin, corregía su error. Que al cabo de los años, el trono volvería a nosotros por otro camino. Mi hija tenía cuatro años. Khalid tenía a su heredero. Bastaba esperar a que ambos crecieran y asegurar el compromiso. —Una sonrisa leve, cansada—. No pensé que Hamdan lo descubriría. Era un hombre tan distraído.
—Pero lo descubrió.
—Un día, siete años atrás, encontró entre mis papeles una nota de Rashid Al-Tamimi. Hablábamos de la sucesión. De lo que ocurriría si Zayed no se casaba con Samira. —Nadira se encogió de hombros con elegancia—. Rashid y yo teníamos un acuerdo, ¿sabe? Si Zayed rompía el compromiso, el consejo tomaría el reino y yo recibiría una regencia vitalicia para mi hija. Si se casaba, mi hija sería Jequesa y yo la madre de la Jequesa. Cualquiera de las dos salidas me beneficiaba. Es lo que se llama prudencia.