Amaneció sin sol. La lluvia, que había empezado como un milagro tímido, se prolongó hasta bien entrada la madrugada, y cuando por fin cesó, dejó sobre el desierto una luz gris y lavada, un cielo bajo y perlado que Gianna no había visto en ninguno de sus tres días en el palacio. Despertó con el cuello torcido y la mejilla pegada al respaldo del diván, sin recordar en qué momento se había dormido. Tenía el chal de lavanda sobre los hombros, y sobre el chal, una manta de lana que no era suya.
Zayed estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el diván y la cabeza echada hacia atrás, a menos de un palmo de ella. Dormía. Tenía la carta de Hamdan abierta sobre el pecho, sujeta por una mano que, incluso en sueños, se negaba a soltarla. Sin el pañuelo, sin la túnica de ceremonia, con la arena todavía en el cabello y el corte del pómulo cubierto por una costra oscura, parecía un hombre que hubiera corrido muy lejos y acabara de llegar.
Gianna lo miró durante un rato largo, sin atreverse a moverse. Pensó que era una imprudencia, que era una locura, que era el tipo de cosa que una mujer prudente no se permitiría. Y la pensó con la misma intensidad con que pensaba en el azul del estanque de Ain Al-Nur, en la risa grave dentro del coche, en la palabra Gianna dicha sin escudos. Se dijo que solo estaba memorizando, como hace una periodista con los detalles de una escena. Se dijo que mañana, en un avión, querría recordarlo todo con exactitud.
Fue una mentira pequeña. Ya había perdido la cuenta de cuántas llevaba.
—Está mirando fijamente —dijo él, sin abrir los ojos.
Gianna dio un respingo.
—Estaba comprobando que respirabas.
—Respiro. —Una sonrisa lenta le cruzó el rostro—. Gracias por la preocupación.
—De nada.
Abrió los ojos y la miró desde abajo, con el pelo revuelto y una ternura que no se molestó en disimular. Hubo un instante en que ninguno de los dos habló. Después sonaron dos golpes suaves en la puerta, y la voz de Amira, cansada pero firme, atravesó la madera.
—Alteza, perdone. Su padre está despierto y pide verlos a los dos. Y hay noticias que no pueden esperar.
Zayed se incorporó de golpe, guardó la carta dentro de su camisa y le tendió una mano a Gianna para ayudarla a levantarse. Ella la tomó. Nadie dijo nada sobre lo mucho que tardaron en soltarse.
Khalid los esperaba en su dormitorio, incorporado entre almohadones, con una taza de caldo sin tocar en la mesilla y un médico de barba gris que revoloteaba a su alrededor con cara de desaprobación. Se lo veía más pequeño que la noche anterior, más translúcido, pero sus ojos de águila habían recobrado algo de su filo. Despidió al médico con un gesto, esperó a que la puerta se cerrara y señaló la silla junto a la cama.
—Siéntate, hijo. Tú también, mujer. Amira me ha contado lo que ocurrió esta noche, o lo que ella supo. Quiero oírlo de vuestras bocas.
Hablaron los dos, uno después del otro, sin adornos. Gianna describió el cofre, las tres cartas, la confesión de Nadira, el hacha de Tariq, la pistola de nácar. Zayed contó cómo había corrido por el palacio a oscuras, cómo había derribado al hombre en la galería, cómo Samira había interpuesto su cuerpo entre un arma y un hijo que no era suyo. Khalid escuchó sin interrumpir, con las manos entrelazadas sobre la sábana y la vista perdida en un punto de la pared.
Cuando terminaron, Zayed sacó la carta de Hamdan y se la entregó. El anciano la leyó despacio, moviendo los labios en silencio. Al llegar a la cláusula final, cerró los ojos. Una lágrima le resbaló por una mejilla y se perdió en la barba blanca.
—Mi padre —murmuró—. Mi padre, que me castigó durante años por mi sangre débil. Escribió esto en su lecho de muerte, y yo no lo supe.
—Nadie lo supo, padre.
—Nadie quiso saberlo. —Khalid abrió los ojos—. Y yo, menos que nadie. Preferí el silencio. Preferí que me dijeran qué debía hacer. Fui un cobarde con corona, Zayed, y estuve a punto de entregarte a ti ese mismo veneno.
—Basta —dijo Zayed, con una dulzura que Gianna no le conocía.
—No. No basta. —Alzó una mano temblorosa—. Tengo una cosa que decir, y quiero que me escuches sin interrumpir. Te pedí perdón anoche con palabras. Hoy te lo pido con hechos. Eres libre. No hay compromiso, no hay promesa, no hay deber que te ate a ninguna mujer. Si te casas, será porque tú lo elijas. Y si no te casas nunca, seguirás siendo mi hijo, y el heredero de esta casa, mientras yo viva y después.
Zayed bajó la cabeza. Gianna vio cómo le temblaban los hombros, y apartó la vista para darle intimidad. Fue el anciano quien rompió el silencio.
—Hay un problema, desde luego.
—Siempre lo hay —murmuró Zayed, con una risa quebrada.
—La cláusula exige que la prometida renuncie ante los dos linajes y ante el consejo de ancianos. Y el consejo lo preside Rashid Al-Tamimi, que ha pasado siete años urdiendo la manera de impedirlo. —Khalid frunció el ceño—. Además, necesitamos el documento original del pacto. Una carta que menciona una cláusula no es la cláusula. Rashid dirá que es una invención de un moribundo, y tendrá razón en dudar, mientras no veamos el texto firmado por mi padre.
—Hamdan escribió que él lo guardó —dijo Gianna.
—Y murió sin decir dónde. —El anciano cerró los ojos—. Ese maldito hombre y su costumbre de dejarlo todo a medias.
Se oyeron pasos apresurados en el pasillo, y la puerta se abrió sin que nadie llamara. Karim entró con el rostro congestionado y la respiración entrecortada. Hizo una inclinación torpe antes de hablar.
—Perdón, Excelencia. Perdón, Alteza. Es el consejo.
—¿Qué consejo? —preguntó Khalid.
—El consejo de ancianos, Excelencia. Rashid Al-Tamimi y otros cuatro miembros. Han llegado hace diez minutos, con una escolta de doce hombres, y están en el patio principal. —Tragó saliva—. Dicen que la señora Nadira los llamó anoche, antes de la tormenta. Que les habló de un escándalo en la casa, de una periodista extranjera y del riesgo para el compromiso. Piden audiencia inmediata.