Karim no pisó el freno. Hizo exactamente lo contrario. Gianna sintió que el todoterreno se inclinaba hacia adelante como un animal al que azuzan, y el motor rugió con una furia que le vibró en el esternón. La pista de tierra mojada se volvió una cinta resbaladiza bajo los faros, y los charcos que había dejado la tormenta estallaban a ambos lados en cortinas de barro y agua.
—¿Cuántos son? —preguntó Karim, sin apartar los ojos del camino.
—Un solo vehículo, por ahora —respondió el guardia del asiento trasero, un hombre llamado Faisal, de rostro cuadrado y voz tranquila—. Una camioneta grande. No es del palacio.
—Ni del consejo, o no habría venido a oscuras.
—Entonces es de alguien que no quiere testigos.
Gianna se aferró al asidero de la puerta con las dos manos. Le dolía el antebrazo donde Tariq la había agarrado, y la cesta de comida que Amira le había dado rebotaba a sus pies derramando dátiles por el suelo. Quiso decir algo sensato. Quiso preguntar si había algún plan. Lo que le salió fue una frase absurda.
—Dijo que sería una noche larga.
—Y lo será, señorita —respondió Karim, con una calma que a ella le pareció casi cómica—. Pero he conducido en esta zona desde que tenía catorce años. Ellos no.
Dio un volantazo brusco y abandonó el camino. El coche se internó en la arena con un bandazo que la lanzó contra la puerta, y de pronto el mundo entero fue un balanceo de sombras y luces. Las dunas, empapadas por la lluvia, estaban más duras de lo habitual, y Karim las trepaba y las bajaba con una sucesión de gestos secos y precisos, soltando aire de los neumáticos con un botón del tablero, igual que había hecho Zayed el primer día. Gianna recordó aquella risa grave, aquel grito suyo cuando la duna se abrió bajo las ruedas, y sintió un nudo de nostalgia tan absurdo en medio del peligro que casi se rio de sí misma.
Atrás, los faros amarillos dudaron. Se perdieron un instante detrás de una cresta. Reaparecieron más cerca.
—Han bajado de la pista —dijo Faisal.
—Lo esperaba. —Karim apretó la mandíbula—. Son buenos. Alguien les enseñó a conducir en arena.
—Tariq —murmuró Gianna.
—Tariq está inconsciente en la enfermería del palacio, bajo guardia. —Faisal negó con la cabeza—. Pero Tariq no era el único hombre que tenía la señora Nadira. Tenía un sobrino. Y tenía amigos en la escolta del consejo.
—Qué agradable —dijo Gianna, con un hilo de voz.
Un sonido seco, como un látigo, cortó el aire. Algo golpeó la carrocería detrás de ella, un impacto metálico y breve que le hizo encogerse en el asiento.
—Eso fue un disparo —dijo Faisal, con la misma voz con que habría anunciado la hora.
—Agáchese, señorita Marcel. Ahora.
Gianna se tiró al suelo del coche, con la cara contra la alfombra áspera y el corazón golpeándole el cuello. Otro disparo. Otro más. Uno rompió la luneta trasera en una lluvia de cristales que le cayó sobre la espalda como granizo. Faisal, agachado en el asiento, abrió la guantera, sacó una pistola y bajó la ventanilla un palmo. Respondió con dos tiros secos, medidos, sin aspavientos.
—No intente herirlos —ordenó Karim—. Solo que duden.
—Entendido.
Gianna cerró los ojos. Pensó en Ricardo, en su voz seca de director editorial, en lo que diría si supiera que su periodista estaba tendida sobre las alfombrillas de un todoterreno en medio de un desierto, bajo fuego. Pensó que tendría que ser una historia magnífica para justificar aquello. Y pensó, con una claridad que la sorprendió, que lo era.
—Sujétese —gritó Karim.
Giró el volante con tanta violencia que el vehículo se ladeó sobre dos ruedas. Gianna rodó contra la puerta, y por un momento vio por la ventanilla un cielo entero de estrellas, tan cerca que parecía caérsele encima. Después las ruedas volvieron a la arena con un golpe que le sacudió los huesos. Habían entrado en una hondonada estrecha, un cauce seco entre dos paredes de roca oscura, de esos que los beduinos llaman uadis. Karim apagó los faros de golpe.
La oscuridad fue absoluta.
—No respire —susurró.
Nadie respiró. El motor se apagó con un último ronroneo, y el silencio que cayó sobre ellos fue tan completo que Gianna oyó la sangre golpeándole las sienes. Afuera, el viento se había calmado, y solo se oía el goteo lejano de agua sobre la piedra, tic, tic, tic, como un reloj.
Entonces, a lo lejos, el rugido de otro motor.
Se acercaba. Se acercaba más. Los faros amarillos barrieron la cresta de la duna a menos de cien metros, iluminando las paredes de roca con un resplandor que se deslizó sobre el techo del todoterreno como una mano que busca. Gianna contuvo el aliento hasta que le dolió el pecho. Sintió el brazo de Faisal tensarse a su lado. Karim, inmóvil al volante, tenía los ojos cerrados y los labios moviéndose en una oración apenas audible.
La luz pasó. Se detuvo un instante. Retrocedió.
Y volvió a pasar de largo.
El rugido se fue alejando hacia el norte, por la pista principal, hasta que no fue más que un zumbido en la distancia. Pasaron cinco minutos eternos antes de que nadie hablara.
—Han seguido el camino —dijo Karim, con un alivio tembloroso—. Creen que seguimos por la carretera. Tardarán media hora en darse cuenta.
—Y nosotros —dijo Faisal— habremos cambiado de dirección.
—Al amanecer entraremos en Al Ain por el sur. Dos horas más lentas, pero sin compañía.
Gianna se incorporó despacio, con los dientes castañeándole, y sacudió los fragmentos de cristal de la blusa. Tenía un corte pequeño en la palma, un arañazo que le escocía. Se lo miró con una curiosidad extraña, como si fuera de otra persona.
—Karim —dijo—. ¿Siempre es así?
—¿Así, señorita?
—Trabajar para el Jeque.
El hombre soltó una risa corta, un sonido casi sorprendido, y por primera vez en cuatro días Gianna vio que era mucho más joven de lo que aparentaba.
—Hasta hace una semana, era la cosa más aburrida del mundo, se lo juro. Reuniones, contratos, café. —Giró la llave y el motor volvió a la vida—. Después llegó usted.