El utilitario gris de Idris olía a ambientador de pino y a café frío. Gianna iba con las manos vendadas apoyadas sobre las rodillas, palmas hacia arriba, porque cualquier roce con la tela del pantalón le arrancaba una punzada que le subía hasta los codos. Mariam le había dado dos analgésicos y un sorbo de agua, y el efecto empezaba a notarse como una niebla tibia detrás de los ojos. Le convenía. Necesitaba pensar con la cabeza fría y el cuerpo ausente.
Idris conducía con las dos manos aferradas al volante, a diez kilómetros por debajo del límite, con la vista clavada en el todoterreno de Karim que rodaba unos metros por delante. No había dicho una palabra desde que salieron del oasis. Tenía la mandíbula tan tensa que se le marcaban los músculos bajo la piel, y de vez en cuando se llevaba una mano al bolsillo de la bata para comprobar que el teléfono seguía allí.
—Va a sonar —dijo Gianna, con suavidad—. Si Samira puede llamar, llamará.
—Lo sé.
—Y si no puede, no será por falta de ganas.
—Lo sé también. —Una sonrisa breve y mal hecha—. Lo que no sé es qué hacer con las manos mientras espero. Soy médico. Mi oficio es actuar, y llevo una hora sin poder tocar nada.
—Entonces cuénteme otra cosa de ella.
Idris la miró de reojo, desconcertado.
—Lo que sea —insistió Gianna—. Algo pequeño. Es lo que hago cuando no puedo hacer nada, recoger detalles.
Él se quedó callado un momento. Después, muy despacio, habló.
—Canta mal. Muy mal. Desafina en cada nota. Pero canta cuando cree que nadie la oye, en el pasillo del hospital, mientras reparte las vacunas. Una nana vieja de su pueblo. —Tragó saliva—. La primera vez que la oí, me quedé escuchando detrás de una puerta como un tonto. Pensé que jamás había oído nada tan hermoso.
—Le encantaría oírle decir eso.
—Nunca se lo dije.
—Pues se lo dirá en cuanto la encontremos.
Idris asintió con la cabeza, aunque los ojos se le habían puesto brillantes. Y entonces el teléfono vibró en su bolsillo.
El utilitario dio un tirón cuando él frenó en seco. Sacó el aparato con los dedos torpes, miró la pantalla y se puso del color de la ceniza.
—Es un número que no conozco.
—Contesta. Pon el altavoz.
Lo hizo. Al principio solo se oyó un zumbido de motor, un roce de tela, una respiración agitada. Después, una voz diminuta, apenas un hilo, hablando muy deprisa y muy bajo.
—Idris. Idris, soy yo.
—Samira. —Él se inclinó sobre el aparato como si pudiera entrar por el altavoz—. ¿Dónde estás? ¿Estás herida?
—Estoy bien. No tengo mucho tiempo. Es el teléfono del chófer, lo encontró entre los asientos y mi madre no lo sabe. Voy en el asiento de atrás. Ella va delante con el hombre que conduce. —Una pausa, y el ruido de una respiración contenida—. Nos llevan a Qasr Al-Tamimi, la casa del desierto de Rashid. Está al oeste de Al Ain, a una hora de carretera, siguiendo la ruta de las salinas.
Gianna sintió que el corazón le daba un vuelco. Oeste. Justo en dirección contraria al palacio.
—¿Por qué los lleva allí? —preguntó, inclinándose hacia el teléfono.
—¿Es usted, señorita Marcel? —Un suspiro entrecortado, casi un sollozo—. Gracias a Dios. Mi madre tiene el anillo de mi padre. Lo encontró en el tocador anoche, después de que usted se fuera, y lo escondió en el dobladillo del manto. Dice que ya no tiene nada que perder. Que si Zayed anula el pacto, ella queda sin hija casada, sin apellido y sin el favor del consejo. —La voz le tembló—. Va a ofrecerle a Rashid el anillo y mi mano.
—¿Tu mano?
—Para su nieto Hamad. Tiene diecinueve años y una sonrisa que da miedo. Rashid se lo propuso hace meses, por si el compromiso con Zayed fallaba. Mi madre dijo que no. Esta mañana ha dicho que sí.
Idris emitió un sonido ahogado, algo entre un gemido y una maldición. Sus nudillos, sobre el volante, se habían puesto blancos.
—Escúcheme, Samira —dijo Gianna, con la voz más firme que pudo reunir—. ¿Su madre sabe que usted puede reclamar el documento original como heredera?
—Lo sabe. Lo sabe todo. Por eso me lleva. Para firmar ella y que yo firme con ella. Con el anillo y las dos herederas, el notario tiene que entregarles el depósito sin hacer preguntas, y Rashid lo quemará en cuanto lo tenga en las manos. —Se oyó un golpe sordo, un frenazo, y la voz se convirtió en un susurro desesperado—. Idris, no vengas. Es una trampa. Hay hombres armados en la casa. Prométeme que no vendrás.
—No puedo prometerte eso.
—Idris.
—No puedo, Samira. Y tú lo sabes.
Hubo un silencio largo. Después, una risa corta y quebrada, de esas que se escapan entre las lágrimas.
—Lo sé —susurró ella—. Por eso te quiero tanto. Y por eso tengo tanto miedo.
—Resiste. Solo resiste.
—Mi madre se ha dado cuenta. Tengo que colgar. —Una voz masculina, lejana, preguntó algo en árabe—. Estoy bien. Te quiero.
La llamada se cortó.
Nadie habló durante un largo rato. Idris apoyó la frente contra el volante y respiró hondo, con los hombros temblándole. Gianna le puso una mano vendada sobre la espalda, sin decir nada, y esperó a que recuperara el aliento.
—Dos horas —murmuró él, al fin, sin levantar la cabeza—. Está a una hora de aquí. Y el palacio a dos en la otra dirección.
—Lo sé.
—No puedo dejarla sola con esa gente.
—No lo hará.
Levantó el rostro. Estaba pálido, con las gafas empañadas y los ojos enrojecidos, pero había en ellos una resolución que Gianna no esperaba en un hombre de manos suaves.
—Tengo un plan —dijo ella—. No es bueno. Pero es un plan.
La notaría Al-Suwaidi ocupaba el segundo piso de un edificio antiguo en el centro de Al Ain, sobre una tienda de telas. La escalera olía a papel viejo y a cera de muebles. En la puerta, una placa de bronce pulida por años de manos decía en dos idiomas que allí se certificaban testamentos, contratos y depósitos de confianza. Dentro, una recepción diminuta con una secretaria de gafas gruesas, un ventilador de techo que giraba con un quejido, y una puerta de roble tras la cual se oía el rasgueo de una pluma.