En los Ojos del Jeque

Capítulo 10: El halcón negro

Faisal no intentó huir. Lo comprendió en una fracción de segundo, igual que comprendía todo en la vida: con la frialdad de quien ha calculado muchas veces cuántas puertas tiene una trampa. Un utilitario gris de motor cansado no puede escapar de un helicóptero sobre una planicie sin un solo árbol. Así que hizo lo único sensato. Apagó el motor, dejó la pistola sobre el tablero con la culata hacia afuera y puso las dos manos abiertas sobre el volante.

—Nadie dispare —dijo, sin volverse—. Nadie saque nada. Si quieren matarnos, ya habrían empezado.

—¿Y si es lo que quieren? —murmuró Idris desde atrás, con la voz seca.

—Entonces no habrá diferencia.

El helicóptero descendió a unos setenta metros por delante del coche, soplando una tormenta de sal blanca que golpeó el parabrisas como una granizada de cristales. Gianna se cubrió el rostro con el antebrazo. A través de la nube vio patines negros posarse sobre la costra agrietada, aspas que giraban cada vez más despacio, una puerta lateral que se deslizaba. Saltaron cuatro hombres vestidos de negro, con fusiles cortos y chalecos tácticos, y se abrieron en abanico con la disciplina de una unidad entrenada. Ninguno miró al suelo. Todos miraban el coche.

El último en bajar no llevaba fusil. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y enjuto, con gafas de sol de montura metálica y un uniforme sin insignias. Caminaba sin prisa, con las manos a la espalda, como un profesor que cruza el patio de una escuela. Se detuvo a diez metros del utilitario, se quitó las gafas con dos dedos y las guardó en el bolsillo de la camisa.

—Señora Nadira —dijo, con una voz suave y cortés—. Me alegra comprobar que está bien.

Nadira no respondió. Tenía el ojo hinchado, el labio partido y el cabello pegado a las mejillas por el sudor, y sin embargo, cuando abrió la puerta trasera y bajó del coche, lo hizo con la espalda tan erguida que Gianna sintió algo parecido a la veneración. Samira intentó retenerla del brazo. Nadira se soltó con delicadeza.

—Qasim —dijo—. Hijo de Salma, la lavandera.

El hombre del uniforme inclinó la cabeza, como quien recibe un golpe antiguo y esperado.

—Todavía se acuerda.

—Me acuerdo de todo. Me acuerdo de que tu madre cosía para mi casa cuando tú tenías siete años y te sentabas debajo de la mesa de la cocina a comer pan con azúcar. Y de que cuando se puso enferma, fue mi marido quien pagó la operación.

—Fue el señor Hamdan.

—Fue el señor Hamdan —repitió ella, con una sonrisa seca—. El mismo al que mi cuñado Rashid acaba de olvidar.

Qasim apretó los labios. Dio un paso adelante y sus hombres lo imitaron, cerrando el círculo. Los fusiles seguían apuntando al suelo, pero los dedos descansaban sobre los gatillos.

—No he venido a discutir el pasado, señora. Tengo órdenes. —Miró a Gianna a través del parabrisas, y ella sintió que la mirada le recorría la cara, las manos, la blusa empapada—. Entreguen el anillo de sello de Hamdan Al-Mansouri. Entreguen a la señorita Samira, que será conducida a la casa de su futuro esposo. Y el resto regresará a Al Ain, sin daño, bajo mi palabra de honor.

—¿Su palabra de honor? —dijo Faisal, y soltó una risa corta que no tenía nada de alegre—. Qué cosa más barata, capitán.

—Mi palabra es la única cosa que me queda, soldado. No la ofrezco a la ligera.

—Tampoco la cumplirá.

—Lo averiguaremos.

Gianna abrió la puerta del copiloto y bajó del coche. Las suelas se le hundieron en la sal crujiente. El calor le golpeó la nuca como una mano pesada. Tenía las dos manos todavía envueltas en bolsas de plástico, y se le ocurrió, con una lucidez absurda, que debía de ofrecer un aspecto ridículo: una periodista despeinada, con las manos enfundadas como un cirujano de supermercado, plantada entre cuatro hombres armados en el centro de un desierto de sal.

—Capitán —dijo—, antes de que haga nada, ¿puedo mostrarle algo?

—Señorita Marcel, no estoy aquí para...

—Es un instante.

Con un gesto lento, para que nadie interpretara el movimiento como una amenaza, bajó la mano derecha hasta el muslo, donde había deslizado el teléfono limpio desde que Karim la llamó. Le dio la vuelta con dos dedos enfundados en plástico y mostró la pantalla. Un contador de tiempo avanzaba en la parte superior. Llamada en curso. Veintidós minutos y cuarenta y un segundos.

Qasim frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—Una línea abierta. Karim lleva el teléfono encendido desde que le dije que íbamos hacia la fortaleza. No le colgué. Nunca le colgué. —Respiró hondo—. Y a su lado, en el asiento trasero de un todoterreno que avanza hacia el palacio, viaja un notario público con treinta años de oficio que lleva escuchando cada palabra de esta conversación.

El silencio que siguió fue tan profundo que se oyó el chasquido de la sal enfriándose bajo el sol. Qasim palideció. No de golpe, sino poco a poco, como si el color se le escurriera desde las sienes hacia el cuello.

—Eso no es posible —dijo.

—Hable usted mismo con él, si quiere.

Alzó el teléfono, apretó el botón del altavoz y la voz del notario Al-Suwaidi, grave, pausada y perfectamente serena, salió del aparato y se dispersó en el aire seco.

—Soy Faruq Al-Suwaidi, notario público de la ciudad de Al Ain, colegiado número cuatro mil doscientos catorce. Dejo constancia de que escucho, en directo y desde hace veintidós minutos, esta conversación, y de que he registrado las palabras de todos los presentes en mi cuaderno de actas. Identifíquese, caballero, si hace el favor.

Nadie se movió. Uno de los soldados, un muchacho de veintitantos años con el rostro tostado, miró a su capitán con una expresión de pánico y de pregunta.

—Capitán —murmuró.

—Cállate, Murad.

—Capitán, si hay un notario...

—He dicho que te calles.

Qasim cerró los ojos un instante. Gianna lo vio respirar hondo, apretar la mandíbula, abrir los ojos de nuevo. Había en su rostro la expresión de un hombre que acaba de comprender el tamaño de una trampa que él mismo había cerrado.




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