El salón entero pareció contener el aliento. Nadie se movía, y el único sonido era el roce del papel en la mano de Rashid y el crujido lejano de un postigo que el viento empujaba contra la piedra. Gianna miró a Khalid. El anciano seguía de pie en el centro de la estrella de mosaicos, sostenido por el brazo de Amira, con los ojos clavados en la hoja doblada en tres y la boca entreabierta. No parecía un hombre que acabara de ver un documento falso. Parecía un hombre que acabara de reconocer una deuda.
Zayed se acercó a su padre y le habló al oído, tan bajo que Gianna apenas leyó el movimiento de sus labios. Khalid cerró los ojos. Asintió una sola vez, con una lentitud que le encogió el estómago.
—Es mi firma —dijo el anciano, en voz alta, y el murmullo que había empezado a brotar de los bancos se cortó en seco—. Lo reconozco. Es mi trazo y es mi tinta.
Rashid inclinó la cabeza con una modestia que no engañaba a nadie.
—Agradezco la honestidad de mi hermano.
—No me agradezcas nada. —Khalid levantó una mano temblorosa—. Dije que es mi firma. No dije que sean mis palabras.
—Khalid, por favor —dijo Rashid, con una paciencia teatral—. Hace tres años, en esta misma sala, me pediste que redactara un documento para proteger a la casa en caso de que tu salud se quebrara. Yo lo hice. Tú lo leíste, lo aprobaste y lo firmaste ante el consejo. Si ahora lo has olvidado, es comprensible. Los años no perdonan y la enfermedad menos.
—Lo recuerdo todo —dijo Khalid, y por primera vez su voz tuvo un filo—. Recuerdo que ese día tenía fiebre, que apenas podía sostener la pluma, y que tú me traías una pila de pliegos para firmar. Papeles de la fundación de huérfanos, papeles de las tierras del sur, papeles de la naviera. Me dijiste que eran trámites, y yo, que confiaba en ti como en un hermano, firmé la última hoja de cada pliego sin leerla.
Un rumor sordo recorrió los bancos. Rashid sonrió, pero la sonrisa le tembló en una comisura.
—Palabras de un enfermo.
—Palabras de un hombre que firmó cuarenta pliegos en un solo día —respondió Khalid—, y que ahora quiere ver cuántos de esos cuarenta contienen lo que le dijeron que contenían.
—Eso es una acusación grave.
—Es una petición modesta. Que se lea el documento en voz alta, entero, ante todos.
Rashid dudó. Fue apenas un instante, un parpadeo, pero Gianna lo vio. Había aprendido a leer ese tipo de dudas en las ruedas de prensa de alcaldes y empresarios: el segundo en que un hombre calcula si negarse resulta más caro que obedecer. Y vio, en la mirada de reojo que Rashid dirigió a los tres consejeros del banco, la respuesta a esa pregunta.
Fue el anciano de barba gris, el que había carraspeado antes, quien rompió el silencio.
—Hermano Rashid —dijo, con una voz cansada pero firme—. Soy Abdullah Al-Qasimi, y llevo treinta y un años sentado en este consejo. Si el documento es legítimo, nada se pierde leyéndolo. Si no lo es, es mejor que lo descubramos aquí que en los tribunales. Permítame.
Se puso de pie con esfuerzo, caminó hasta Rashid y extendió la mano. Hubo un segundo de tensión en que el regente declarado apretó el papel contra el pecho. Después, con una sonrisa rígida, se lo entregó.
Abdullah lo desplegó, ajustó unas gafas de cristales gruesos sobre la nariz y lo acercó a la luz de las ventanas. Gianna contuvo el aliento. Sintió una mano que rozaba la suya a través del plástico. Era Samira, que se había acercado sin que ella lo notara, y la miraba con los ojos muy abiertos.
—Es un documento bilingüe —empezó Abdullah—, en árabe y en inglés, como era costumbre de la cancillería de la casa hace tres años. Lo leeré en árabe y alguien más joven que yo lo traducirá, para que no queden dudas.
—Yo puedo hacerlo —dijo Idris, con un hilo de voz, desde el fondo—. Soy médico, pero estudié en Londres.
—Que sea la periodista —intervino Zayed—. Ella no tiene interés en el asunto salvo la verdad, y el inglés es su lengua de trabajo.
Rashid abrió la boca para protestar, y Abdullah levantó la mano con una sequedad que cortó la objeción.
—Que sea la señorita.
Gianna avanzó. Tenía las manos todavía metidas en las bolsas de plástico, y alguien, no supo quién, le puso en la mano izquierda una copia de la versión inglesa. Se quitó con los dientes una de las bolsas, torpemente, y sostuvo la hoja con los dedos vendados. El texto estaba mecanografiado con una tipografía elegante y antigua. Leyó en voz alta, despacio, para que cada palabra cayera en el silencio como una piedra en un pozo.
—Primero. Yo, Khalid bin Zayed Al-Rashid, jefe de la casa de este nombre, en pleno uso de mis facultades, designo a mi hermano Rashid Al-Tamimi como regente provisional de la casa, para el caso de que mi incapacidad física o mental me impida ejercer el gobierno.
Un murmullo de aprobación recorrió los bancos. Rashid sonrió con modestia.
—Segundo. La regencia solo tomará efecto si mi heredero, Zayed bin Khalid, incurre en indignidad probada, entendiéndose por tal la traición a la casa, la deshonra pública del apellido o el abandono de sus deberes.
El murmullo cambió de tono. Gianna alzó la vista un instante. Rashid tenía los dedos entrelazados sobre el vientre y una expresión de dolorosa resignación.
—Tercero —siguió leyendo—. La indignidad deberá ser declarada por el consejo en pleno, con la presencia de sus cinco miembros, tras audiencia pública y escucha del acusado.
Hizo una pausa, levantó los ojos y recorrió la tarima con la mirada.
—Con la presencia de sus cinco miembros —repitió, despacio—. Veo cuatro.
El silencio fue tan completo que se oyó el aliento de un hombre en el fondo del salón. Los tres consejeros del banco se miraron entre sí. Abdullah bajó la hoja, y por primera vez en toda la tarde una chispa de comprensión brilló en sus ojos cansados.
—Jalil Al-Mazrouei —murmuró—. No está.
—Está indispuesto —dijo Rashid, con rapidez—. Hoy mismo, por la mañana, firmó ante mí un poder de representación. Votó por delegación.