La escalera de la torre central tenía ciento catorce peldaños. Gianna los contó uno por uno, porque contar era lo único que podía hacer mientras Rashid la arrastraba hacia arriba con el cañón de la pistola clavado en la nuca y el brazo flaco, sorprendentemente fuerte, rodeándole el cuello. Los escalones eran estrechos, gastados en el centro por siglos de pasos, y cada vuelta de la espiral los sumergía en una penumbra húmeda que olía a piedra mojada y a polvo antiguo. Las bolsas de plástico que aún le cubrían una de las manos crujían contra el muro, y la quemadura palpitaba con un latido propio, caliente y sordo.
—Más rápido —jadeó Rashid.
—Tengo los pies descalzos —mintió ella, porque era mejor hablar que callar—. Me los destrocé en las salinas.
—Pues sufre, entonces.
—No era una queja. Era una observación. Soy periodista, me gusta dejar constancia.
—Cállate.
—Si me callo, tendrá que escuchar su propia respiración. Y suena como la de un hombre que ha subido demasiadas escaleras.
El cañón se le hundió un poco más en la nuca. Gianna apretó los dientes y no dijo nada más durante diez peldaños, pero sonrió en la oscuridad. Había descubierto algo en los últimos seis días: cuando la gente tiene miedo, se enfurece con quien no lo muestra. Y un hombre furioso comete errores. Necesitaba que Rashid cometiera uno.
Pensó en Zayed, que gritaba su nombre al otro lado del muro. Pensó en la lámpara encendida en el alféizar de la escalinata. Pensó, sin querer, en la voz de Amira diciendo que en esa casa los que más sufren no son los que pelean, sino los que se enamoran sin permiso. Hubo una época en que esa frase le pareció una advertencia. Ahora le parecía una descripción exacta del lugar donde estaba parada.
En el peldaño ochenta, Rashid se detuvo para recuperar el aliento. Apoyó la espalda contra la pared, sin soltarla, y Gianna oyó cómo le silbaba el pecho. Era un hombre de setenta años que llevaba semanas sin dormir bien, y la edad, por fin, empezaba a cobrarle cuentas.
—Señor Al-Tamimi —dijo ella, con una voz tranquila que la sorprendió a sí misma—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—No.
—Es de las que no le gustan.
—Entonces menos.
—Es sobre Hamdan.
Sintió el cuerpo de él tensarse como una cuerda. Le pareció que incluso el silbido del pecho se detenía un instante.
—Nadira me dijo que su marido murió de un infarto —continuó—. Dos semanas después de escribir las tres cartas. Pero usted y yo sabemos que Nadira nunca dijo cómo lo sabía. Solo dijo la palabra, sin explicarla. —Respiró despacio—. Y creo que no lo explicó porque no estaba segura. Creo que lleva siete años preguntándose si ella misma tuvo algo que ver, si su silencio, su ambición, sus llamadas a escondidas, de algún modo empujaron a ese hombre hacia la tumba.
—No sabes de lo que hablas.
—Sé que ella lo creyó. Que ha cargado esa culpa como una piedra. Y que usted la dejó cargarla, porque le convenía. —Hizo una pausa—. ¿O me equivoco?
El silencio se alargó. Arriba, muy lejos, el zumbido del helicóptero había empezado a vibrar en los muros. Abajo, apenas audible, se oía un rumor que podía ser el tumulto del salón o el latido de su propio corazón.
—Una mujer inteligente —dijo Rashid, al fin, con una voz que ya no era de seda ni de hielo, sino de una intimidad repugnante— no se pregunta cosas que no quiere saber.
—Yo siempre quiero saber.
—Entonces lo sabrás. Total, no vivirás para contarlo. —Soltó una risa corta, seca, que le rozó el cuello—. Hamdan no murió de un infarto. Murió de digital. Una cantidad muy pequeña, muy bien administrada, en un té de menta que su criada le llevó a las cuatro de la tarde durante dos semanas. Los médicos buscan un corazón cansado y encuentran un corazón cansado. Nadie busca lo que no espera.
Gianna cerró los ojos. Sintió una oleada de náusea, y debajo de la náusea, algo duro y frío que se parecía mucho a la rabia.
—¿Y Nadira lo sabía?
—Nadira cree lo que le conviene creer. Lo que le dije yo, que su marido estaba débil y que Dios lo había llamado. Es una mujer que necesita historias para dormir. Se las di. —Otra risa—. Fue una ironía deliciosa. Pasó siete años creyéndose asesina de un hombre al que yo había envenenado.
—Lo hizo para quedarse con las cartas.
—Lo hice porque ese necio iba a destruirlo todo. Yo llevaba doce años construyendo el camino para que el consejo gobernara esta casa, y de pronto Hamdan, bueno, cobarde, pío Hamdan, se despierta una mañana con un ataque de conciencia y decide escribir cartas. —Escupió las palabras—. Alguien tenía que detenerlo.
—Y ahora —dijo Gianna, con la voz más firme de su vida— hay un notario público, un cardiólogo, un capitán de su propia guardia y doscientos testigos que lo van a saber.
—Nadie lo sabrá. Estamos solos en esta escalera.
—Eso no es cierto.
—¿No?
—Hay una puerta a tres peldaños debajo de nosotros —dijo Gianna—. Y llevo medio minuto oyendo a alguien respirar al otro lado.
Rashid se quedó inmóvil. Fue un segundo, no más. Pero fue suficiente.
Porque en ese segundo, un fragmento de la pared de piedra, justo donde él había apoyado la espalda, se deslizó hacia dentro con un chirrido suave. Una abertura estrecha, apenas el ancho de un hombre, que Gianna no había visto en la penumbra. Rashid se giró bruscamente, alzando la pistola, y su brazo soltó el cuello de ella por un instante.
Gianna no pensó. Dejó caer todo su peso hacia adelante, como una muñeca de trapo, y sintió que el cañón de la pistola le rozaba el cabello. Se oyó un disparo que retumbó en la escalera como un cañonazo. El yeso del muro saltó en una lluvia de esquirlas. Cayó de rodillas sobre los peldaños, con las manos enfundadas en plástico extendidas hacia adelante, y se arrastró hacia abajo sin mirar atrás.
—¡Quieta! —rugió Rashid.
—Suéltala.
La voz salió de la abertura de la pared. No era un grito. Era un susurro grave, helado, que cortó el eco del disparo como una cuchilla.