El mundo se redujo a un rectángulo de luz sobre una palma vendada. Gianna no oyó el agua de la fuente ni los pasos lejanos de los guardias que recorrían las galerías. Oyó solo el rumor del oleaje al otro lado de la línea y aquella voz, ahogada por la distancia, que había pronunciado su nombre con el mismo tono con que, años atrás, la llamaba desde el pasillo para que bajara a cenar.
—Valeria —dijo, y no reconoció su propia voz.
—Gianna, no sé dónde estoy. Hay un barco, hay hombres, hablan en italiano. Me trajeron en un avión, no me dejaron...
Un crujido seco. Un roce. La voz de mujer se cortó como si alguien le hubiera tapado la boca con una mano, y en su lugar volvió a oírse el acento suave y cálido del italiano, ahora con un matiz de reproche amable, como el de un maestro que corrige a una alumna impaciente.
—Por favor, signorina, no se alarme. Su hermana está perfectamente. Come, duerme, tiene una cabina con vistas. Le ofrecí champán y me dijo que prefería un vaso de agua. Tiene carácter, la muchacha.
—Si le ha puesto una mano encima...
—Nadie le ha puesto una mano encima. Soy un hombre de negocios, no un animal. —Una pausa, el tintineo de una copa—. Mi nombre es Lorenzo Contarini. Seguramente ha oído hablar de mi empresa, aunque no de mí. Serenissima Marittima. Los puertos son mi pasión desde que era niño.
Zayed había apoyado una mano en el borde de la fuente y tenía la mirada clavada en el teléfono con una expresión que Gianna jamás le había visto. No era la rigidez del Jeque ni el cansancio del hombre. Era algo frío, sereno, absoluto, que le daba al rostro una belleza casi cruel.
—Señor Contarini —dijo ella, tragando saliva—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Siempre que sea breve. Me han dicho que usted hace muchas.
—¿Cómo supo dónde encontrar a mi hermana?
—Ah. —Contarini rió, complacido—. Esa es la pregunta de una profesional. Me gusta. Pues verá, señorita, hace tres días usted envió un mensaje desde Abu Dhabi, en el que decía que estaba bien y que lo contaría todo después. Un mensaje muy tierno. Pero ese teléfono, el teléfono que le entregó la revista, tiene una aplicación de seguimiento que su director editorial instala en todos los dispositivos de campo. Una medida de seguridad, supongo. Muy prudente. Muy fácil de interceptar para quien sabe cómo.
Gianna cerró los ojos. Se le doblaron las rodillas, y se habría caído si Zayed no la hubiera sostenido por el codo.
—El mensaje fue a Valeria, y por eso supo quién era.
—Exactamente. Un hilo muy fino, pero un hilo.
Detrás de Zayed apareció Karim, con la respiración entrecortada, y le tendió un papel arrugado. Zayed lo leyó de un vistazo y volvió a mirar a Gianna con una intensidad silenciosa. En la hoja, con letra apresurada, se leía: Rastreo en curso. Necesito tres minutos de línea. Que siga hablando.
Gianna respiró hondo. Pensó en todos los alcaldes, empresarios y funcionarios corruptos a los que había hecho hablar durante quince años de oficio. Pensó que había una sola cosa que aquel hombre quería, y que era que alguien lo escuchara.
—Es usted muy hábil, señor Contarini —dijo, con una calma que no sentía—. Muy bien informado. Me imagino que lleva años preparando esto.
—Siete, para ser exactos. Desde que Khalid Al-Rashid rechazó mi primera oferta con una carta de dos líneas. Dos líneas, signorina. Para una propuesta que había costado seis meses de trabajo.
—Dos líneas es mucho para Khalid. Suele ser más breve.
—Veo que lo conoce.
—Lo he conocido esta semana. Es un hombre que no suele explicarse.
—Eso lo hace difícil de respetar. —Otra pausa, y de nuevo el rumor del mar—. Pero Rashid, en cambio, era un hombre razonable. Entendía que los tiempos cambian, que las flotas envejecen, que los puertos necesitan inversión. Con él nos entendimos desde la primera cena.
—¿Cuántas cenas hubo?
—No tantas. Cinco o seis.
—¿En Venecia?
—Una en Venecia, otra en Dubái, las demás a bordo.
—A bordo de su yate. —Gianna levantó la vista hacia Karim, que le hizo un gesto con la mano abierta: dos minutos más—. Un yate de setenta metros, bandera de Malta, casco azul oscuro. Es un barco muy elegante. ¿Tiene nombre?
—Todos los barcos tienen nombre.
—¿Cuál es el suyo?
—Es el nombre de una mujer. De la esposa de un dogo. —Contarini sonrió, y se le notó en la voz—. Dogaressa. Me gusta la idea de una dama que gobierna desde atrás. Pero no se moleste en buscarlo, señorita. Cuando termine esta llamada, cambiará de nombre, de bandera y de rumbo. Lo hace cada semana. Es mi pequeño hábito de prudencia.
Karim, a su espalda, apretó los dientes. Zayed, sin mover un músculo, le quitó con suavidad el teléfono a Gianna y lo sostuvo cerca de su rostro.
—Dime lo que quieres, Contarini.
—Joven Jeque. Qué gusto volver a escucharte. —La voz se hizo más profunda, más íntima—. Quiero tres cosas muy sencillas. Primera, los tres puertos del golfo. Quiero la firma de una concesión de noventa y nueve años, con opción de compra, sobre los muelles, las grúas y las zonas francas. Segunda, el original del pacto de tus abuelos, con la cláusula de la que tanto se habla. Es una curiosidad histórica que me interesa conservar. Y tercera, que la periodista abandone el reino mañana mismo y no publique una sola línea sobre este asunto.
—¿Y a cambio?
—A cambio, una hermana sana y salva en el aeropuerto de Milán. Y mi eterna amistad.
—Tu amistad no vale ni un dátil.
—Tu sarcasmo es una pena en un hombre tan joven. —Una risa baja—. Tienes hasta el viernes por la noche. Llegaré a Abu Dhabi en mi jet privado, aterrizaré en el aeropuerto internacional, y cenaremos en tu palacio de la ciudad como dos hombres civilizados. Allí firmarás. Si no hay firma, la señorita Valeria seguirá con nosotros un tiempo más. El mar es muy grande, y yo tengo mucha paciencia.
—Si le haces daño...