En los Ojos del Jeque

Capítulo 14: El menú del viernes

Amaneció sobre el desierto con un cielo limpio, de un azul tan nuevo que parecía recién pintado. Gianna lo vio desde la azotea de la torre de las estrellas, sentada sobre la alfombra roja con una manta de lana sobre los hombros y una taza de café turco entre las manos vendadas. No había dormido. Tampoco Zayed, que estaba a su lado con la espalda apoyada en el parapeto y los ojos entrecerrados contra la luz.

Desde allí se veía todo el palacio despertar. Los criados cruzaban los patios con bandejas, los guardias del consejo, ahora desarmados y sin uniforme gris, barrían con desgana los restos de la explosión, y en el establo alguien sacaba a Sahar para el paseo de la mañana. El esqueleto retorcido del helicóptero seguía humeando junto al portón oriental, un recuerdo negro de lo que había estado a punto de perderse.

—Tienes ojeras de tres días —dijo él.

—Tú de cuatro.

—Yo tengo excusa. Soy un Jeque.

—Yo soy periodista. Es peor.

Zayed sonrió sin abrir los ojos. Después, con el mismo tono tranquilo, dijo la frase que Gianna llevaba horas esperando.

—Mi padre quiere vernos a las ocho. A todos. Dice que ha recordado algo.

—¿Recordado qué?

—No me lo ha dicho. Pero pidió que estuviera el notario Al-Suwaidi, y eso me da miedo y esperanza a partes iguales.

Se quedaron un rato más en silencio, escuchando cómo el palacio entero se desperezaba bajo ellos. Gianna pensó que habría dado cualquier cosa por quedarse así una hora más, sin planes, sin barcos ni deudas ni voces de hermanas pidiendo ayuda desde el mar. Pero la esperanza, aprendió esa mañana, tiene la costumbre de llegar cuando una menos tiempo tiene para disfrutarla.

Antes de bajar, Idris la interceptó en el pie de la escalera con un maletín de cuero negro y una expresión de severidad profesional que no le había visto nunca.

—Siéntese —ordenó.

—Doctor, tengo una reunión.

—Y yo tengo un juramento. Siéntese.

Obedeció. Idris le quitó las vendas con una delicadeza que contrastaba con su tono, y Gianna ahogó un gemido al ver el estado de sus palmas. Las quemaduras eran de segundo grado, con ampollas rotas en las yemas y manchas de un rojo violáceo que le subían hasta la base de los dedos. El joven médico las examinó con el ceño fruncido, limpió con una solución fría, aplicó una crema blanca y las envolvió en gasas nuevas sin pronunciar una palabra durante un minuto entero.

—Eso fue una imprudencia —dijo al fin.

—Lo sé.

—Pudo quedarse sin tacto en tres dedos.

—Lo sé.

—Y lo hizo igualmente.

—Doctor, el papel estaba ardiendo.

—Por eso le digo que fue una imprudencia —repitió, y levantó la vista con una sonrisa pequeña y cansada—. Y la cosa más valiente que he visto en mi vida. Samira no deja de hablar de ello. Dice que usted apagó un documento con las manos como quien apaga una vela con los dedos.

—Exagera.

—Es muy buena exagerando cuando quiere a alguien. —Terminó de anudar la última gasa—. No use el teclado con los nudillos más de dos horas seguidas. Y nada de agua caliente. Si aparece pus o fiebre, me avisa.

—Sí, doctor.

—Lo digo en serio.

—Yo también lo digo en serio, Idris —respondió ella, y era la primera vez que lo llamaba por el nombre solo—. Gracias.

El joven se ruborizó hasta las orejas, recogió el maletín con torpeza y salió casi corriendo. Gianna lo miró irse y pensó que, en medio de tanta intriga y tanto poder, lo más inspirador de aquel palacio era un médico con gafas torcidas que había cruzado un desierto de sal por una mujer a la que ni siquiera podía ofrecer un palacio.

La habitación de Khalid olía a eucalipto y a medicina. Estaba incorporado entre almohadones, con el rostro más sereno que la noche anterior y una taza de caldo que, por primera vez, estaba vacía. Junto a la cama, en sillas de respaldo recto, esperaban el notario Al-Suwaidi con su maletín, Abdullah con el vendaje asomándole bajo la túnica, Karim con una carpeta de notas, Faisal, Qasim, y en un rincón, silenciosa, Nadira, a quien habían permitido asistir bajo la vigilancia de Amira.

—Cierren la puerta —dijo Khalid—. Tengo poca voz y no quiero gastarla en repetir.

Karim obedeció. Cuando el pestillo encajó, el anciano se volvió hacia Gianna.

—Mujer. Perdón. Gianna. Anoche, mientras mi médico me llenaba de sedantes, soñé con una mesa llena de papeles. Y desperté recordando una cosa que dije en el salón.

—¿Qué dijo, Excelencia?

—Que firmé cuarenta pliegos en un solo día. —Cerró los ojos un instante—. Rashid me traía papeles, yo firmaba la última hoja de cada uno sin leerla. La carta de delegación era una de esas hojas. Me pregunté anoche: si firmé cuarenta, ¿cuántos se usaron?

—Uno —dijo Gianna, despacio—. Hasta donde sabemos.

—Entonces quedan treinta y nueve.

Un silencio helado cayó sobre la habitación. Nadira alzó la cabeza.

—Treinta y nueve firmas en blanco —murmuró, y su voz ronca sonó casi como un lamento—. Rashid siempre guardaba lo que podía usar después. Era su manera de dormir tranquilo. Decía que un hombre sin papeles es un hombre sin pasado.

—¿Sabe dónde las guardaba?

—En su despacho, probablemente. En un cofre. —Hizo una mueca amarga—. Pero ahora lo tiene todo en ese barco, porque ayer, antes de entrar en el salón, ordenó que cargaran sus documentos más valiosos en el helicóptero. Lo vi desde la ventana de mi cuarto.

Gianna cerró los ojos. Pensó en el yate, en el hombre de gafas redondas, en la sonrisa cordial de la voz de Contarini. Si aquellas firmas llegaban a manos del italiano, bastaría una tarde con un buen falsificador de textos para convertir un papel en blanco en una concesión portuaria, un testamento, una renuncia. Y nadie podría demostrar la falsedad, porque la firma sería auténtica.

—Eso es lo que Rashid ofrecerá —dijo—. Es lo que le entregó. Estoy segura.

—Yo también —asintió el notario Al-Suwaidi, con las cejas espesas muy juntas—. Y por eso, con la venia de Su Excelencia, tengo una propuesta.




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