En los Ojos del Jeque

Capítulo 15: La mejor actuación de su vida

Zayed no dejó que Gianna dijera una palabra más en la terraza. Le tomó la mano vendada, la cubrió con la suya y, con la otra, sacó el teléfono del bolsillo de su pantalón y lo apretó contra el pecho de ella como quien tapa una herida.

—No hables —susurró, junto a su oído—. No en voz alta. No con eso encima.

Gianna asintió. Tenía la boca seca y un frío que no venía del viento del golfo. Caminaron juntos por la terraza, cruzaron el salón de recepciones y bajaron por una escalera de servicio que ella no había visto, hasta un pasillo de paredes lisas y luz blanca que olía a cemento y a metal. Karim los esperaba al final, junto a una puerta de acero, con una lata de galletas bajo el brazo. Era una lata redonda, de las que se regalan en Navidad, con un dibujo de dátiles y palmeras en la tapa.

—Dentro —dijo, sin preguntar nada.

—¿Lo sabías? —murmuró Gianna.

—Me lo imaginé al ver su cara desde la ventana, señorita. Nadie se pone de ese color por una fotografía bonita.

Abrió la lata, y Zayed dejó caer el teléfono dentro con un gesto de asco. Karim cerró la tapa, la golpeó dos veces con los nudillos y la dejó sobre una mesa metálica. Después empujó la puerta de acero, que se cerró tras ellos con un golpe sordo y un chasquido de cerrojos.

—Esta sala fue la cámara de seguridad del antiguo banco que ocupaba el edificio —explicó—. Paredes de plomo y hormigón. No entra ni sale ninguna señal.

—Podías habérmelo dicho antes —dijo Gianna, con una risa nerviosa.

—Podía. Pero a usted le gusta comprobar las cosas por sí misma.

La habitación era un cubo de tres metros por tres, con una mesa, cuatro sillas, una lámpara de neón y un ordenador portátil conectado a un cable grueso. Ante el ordenador, con las gafas torcidas sobre la nariz y el cabello recogido en una trenza tirante, estaba sentada una mujer joven con uniforme de la guardia leal. Tenía unos veintiséis años, la piel morena, los dedos largos y un gesto de concentración tan absoluto que ni siquiera levantó la vista al oírlos entrar.

—Nawal —dijo Karim—. Es la mejor oficial de transmisiones que tiene la casa. Se formó en Tel Aviv, en Londres y en una academia de Singapur de la que no me atrevo a preguntar nada.

—Estoy trabajando —dijo la mujer, sin volverse.

—Es la teniente Nawal Al-Hashimi —añadió Karim, bajando la voz—. Y es mejor no interrumpirla.

—Estoy trabajando, Karim, pero oigo todo lo que dices. —Giró la silla con un chirrido y miró a Gianna con unos ojos oscuros, rápidos, de una inteligencia casi hiriente—. Señorita Marcel. Entrégueme el teléfono.

Gianna miró la lata de galletas. Karim se la tendió. Nawal la tomó con dos dedos enguantados, extrajo el aparato como quien saca un bicho de un tarro, lo conectó a un cable negro y empezó a teclear a una velocidad que a Gianna le pareció casi musical. Durante varios minutos nadie dijo nada. En la pantalla pasaban columnas de números, letras, ventanas que se abrían y se cerraban como párpados.

—Ah —dijo la teniente, al fin.

—¿Qué ve?

—Una aplicación llamada ViajeSeguro, de la revista Horizonte Global. Es legítima. Dice que sirve para localizar a los reporteros en misiones peligrosas. —Tecleó—. Pero tiene un módulo añadido que no figura en el paquete original. Un módulo de captura de audio, cifrado, de origen externo. Está escrito con una elegancia que me da asco.

—¿Qué quiere decir?

—Que quien lo programó sabía lo que hacía. Lo ocultó dentro de la rutina de geolocalización para que no apareciera en los permisos. Se activa a distancia, con una orden enviada desde un servidor. Abre el micrófono, graba entre dos y diez minutos y sube el fichero cuando hay conexión.

—Un micrófono remoto —murmuró Zayed.

—Y esto es lo interesante. —Nawal giró la pantalla hacia ellos—. Guarda un registro de cada activación. Hay once desde que usted llegó a Abu Dhabi.

En la pantalla aparecía una lista con fechas y horas, y junto a cada una, una duración. Gianna leyó los números con el pulso en la garganta. La primera activación databa de la noche del segundo día, a las once menos veinte. Duración, siete minutos. Era la azotea, la lluvia que aún no había caído, el té de menta, el momento exacto en que ella le había contado que su vecino regaba una planta muerta. La segunda era del cuarto día, en el coche, rumbo al valle de Ain Al-Nur. La tercera, del mismo día, junto al estanque.

—El valle —dijo, con un nudo en el estómago—. Dios mío. Hablamos de tu madre.

—Lo sé —respondió Zayed, y su voz sonó como el roce de un cuchillo contra una piedra.

—Hay más. —Nawal desplazó la lista—. Seis activaciones entre el quinto y el sexto día, casi todas de corta duración. Una en el helicóptero. Una en la fortaleza de las salinas, en el momento en que usted escuchó la llamada de la señorita Samira. Y una última.

—¿Cuál?

—Hoy. A las cinco y cuarenta y dos de la tarde. Duración, cuatro minutos y once segundos.

Gianna cerró los ojos. Recordó la terraza, el mar tranquilo, el olor a jazmín. Recordó la voz de Zayed diciendo que no se arrepentía de ninguna mirada. Recordó su propia respuesta, dicha en un murmullo, sin pensar que alguien al otro lado del mundo la estaba guardando.

—Entonces oyó eso —susurró.

—Lo oyó todo. —Nawal se encogió de hombros con una frialdad profesional que no logró esconder del todo la compasión—. Pero aquí está la buena noticia, si es que existe alguna. Entre el sexto día por la tarde y hoy, el teléfono no registró ninguna activación. Ni una. Estuvo guardado en un lugar sin señal.

—La lata de galletas —dijo Karim, con una sonrisa torcida—. Idea de Amira. Hace años que guarda ahí los teléfonos de los invitados para que no se distraigan en las cenas.

—Eso explica por qué Contarini no sabe nada del plan de la cena, ni de los treinta y nueve pliegos, ni del camarero.

—Aún no.

—Aún no —repitió Gianna. Se pasó una mano vendada por la cara y sintió que le temblaban los dedos—. Y hoy lo saqué para escribirle a Ricardo y lo dejé en el bolsillo.




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