Zayed fue el primero en reaccionar. Recogió el teléfono de la alfombra con dos dedos, lo envolvió en su propio pañuelo y se lo entregó a Karim sin decir una palabra. Bajaron juntos por la escalera de servicio, uno detrás de otro, con la respiración contenida, hasta la cámara de plomo donde Nawal seguía inclinada sobre su ordenador con una taza de café frío al lado. Karim dejó caer el aparato dentro de la lata de galletas, cerró la tapa y la golpeó dos veces con los nudillos. Solo entonces Gianna se atrevió a hablar.
—Dijo mañana jueves —murmuró—. Pero son más de las dos de la madrugada. Ya es jueves.
—Hoy —dijo Karim, mirando el reloj—. A las ocho de la noche. Diecisiete horas y media.
—Teníamos hasta el viernes.
—Teníamos hasta que él quiso que dejáramos de tenerlo.
Nawal había dejado de teclear. Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la camisa y miró a Gianna con la franqueza de quien lleva demasiadas horas sin dormir para suavizar nada.
—Leyó la frase de la perra —dijo—. No puede saber qué significa, pero sabe que es una clave. Y un hombre que huele una clave no espera a que la usen. La rompe antes.
—Quiere desmontar nuestro calendario —dijo Zayed.
—Y lo ha desmontado con la única herramienta que le queda, que es la prisa. —Gianna se dejó caer en una silla metálica y apoyó las manos vendadas sobre las rodillas—. Ricardo dijo que su deuda vence el sábado a medianoche. Cada hora que pasa sin firma le cuesta más. Está nervioso, y los nerviosos aceleran.
—Entonces cometerá errores.
—Los cometerá. Pero también hará más daño mientras los comete. —Respiró hondo—. Lo primero es la madre de Joel. Si Contarini la tiene, Joel hará lo que él le ordene, por mucho que quiera ayudarnos. Y si ella no está en peligro, Joel vuelve a ser libre.
Karim tosió con discreción.
—Señorita, la casa de Cebú está vacía. No sabemos adónde se la llevaron.
—Un avión privado no se mueve sin dejar rastro —dijo Nawal, y volvió a ponerse las gafas con un gesto de duelista que desenvaina—. Dadme veinte minutos.
Tardó dieciocho. Gianna los pasó en silencio, con la mirada fija en la pantalla que parpadeaba, mientras Zayed caminaba de un extremo a otro de la cámara y Karim sostenía el teléfono satelital sin marcar ningún número. Cuando por fin la teniente alzó la mano, los tres se acercaron a la vez.
—Un Gulfstream de bandera maltesa, matriculado a nombre de una filial de Serenissima Marittima, despegó ayer del aeropuerto de Mactan, en Cebú, a la una y cinco de la tarde, hora local. Aterrizó en la terminal privada de Abu Dhabi a las cinco y cincuenta y dos de la tarde de ayer. —Giró la pantalla—. Plan de vuelo con cuatro pasajeros declarados. Tres hombres y una mujer de sesenta y tres años. Dolores Reyes.
Gianna sintió un nudo en la garganta. Sesenta y tres años. Una mujer que había criado a un hijo sola y que ahora, quizá, estaba sentada en una habitación de lujo preguntándose por qué un desconocido amable le había ofrecido unas vacaciones.
—¿Dónde está?
—Un vehículo con matrícula diplomática maltesa salió de la terminal a las seis y veinte. —Nawal tecleó—. Cruzó la ciudad hacia el puerto deportivo. Y a las siete menos diez entró en el garaje del hotel Marina Pearl.
—Conozco al gerente nocturno —dijo Karim, y por primera vez en toda la noche sonrió—. Se llama Imran. Le conseguí un permiso de residencia a su hermano hace cuatro años. Me debe un favor y se acuerda de ello.
Hizo la llamada desde el pasillo, con la puerta de acero entornada. Volvió a los cinco minutos con el rostro más tranquilo.
—Suite del piso doce. Cargo a la cuenta de Serenissima. Dos hombres de Contarini hacen guardia, uno en el pasillo y otro dentro. Hay una instrucción que el señor Contarini dio por escrito al hotel, y que Imran me leyó textualmente. Que la huésped reciba atención médica inmediata si lo pide, sin límite de gasto.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Gianna.
—Porque le gusta parecer civilizado. —Zayed apretó la mandíbula—. Un hombre de teatro quiere que hasta sus secuestradores tengan buenos modales.
—Entonces eso es lo que usaremos.
La idea se formó en la cabeza de Gianna con la rapidez de las ideas que llevan horas esperando. Se levantó de la silla, caminó hasta la mesa metálica, tomó un bolígrafo con los dedos torpes y empezó a dibujar en una hoja un rectángulo, una puerta, una cruz.
—Necesitamos un médico del hotel que acuda por orden de la dirección, porque la huésped se siente mal. Un médico auténtico, con bata, con maletín, con credenciales. —Alzó la vista—. Y necesitamos que Imran confirme por teléfono a los guardias que es de confianza.
—Idris —dijo Zayed.
—Idris. Y dos sanitarios con camilla que lleguen cinco minutos después, por si la señora necesita traslado urgente.
—Faisal y Qasim —dijo Karim.
—Y yo iré con ellos —dijo Gianna.
—No —respondieron Zayed y Karim a la vez.
—Es mi...
—Es la mujer que Contarini vigila con un micrófono en el bolsillo —cortó Zayed, y su voz, helada, no admitía réplica—. Si desapareces del palacio esta madrugada, lo sabrá en diez minutos. Tienes que quedarte aquí, a la vista, con el teléfono encendido sobre la mesa, escribiendo cartas a tu director y haciendo todo lo que esperaría de una mujer desesperada.
—Eso es una cárcel.
—Es un escenario. Y tú eres la mejor actriz que he visto. —Una sonrisa breve y dura—. Lo comprobé anoche en la sala de estar.
Gianna iba a protestar, pero comprendió que él tenía razón. Se mordió el labio y dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Entonces que vaya Idris —dijo, en voz baja—. Pero que le dé este mensaje a la señora Dolores, en cuanto pueda. Que Joel está bien, que lo hace por ella, y que la quieren.
—Se lo diré —dijo una voz desde la puerta.
Idris había aparecido en el umbral, con las gafas torcidas, el cabello revuelto y un maletín de cuero en una mano. Llevaba la bata blanca sobre una camisa azul que Gianna le había visto ya dos veces. Parecía dormido de pie. Pero cuando habló, la voz le salió firme.