Amira llevaba treinta años preparando la bienvenida de los invitados, y esa mañana la preparó como si fuera la primera. Gianna la observó desde el umbral del majlis, la gran sala de recepción de la planta baja, sin atreverse a entrar. Era una estancia larga, de techo bajo y vigas de palmera, con el suelo cubierto de alfombras gruesas en tonos rojizos y cojines de seda bordada dispuestos contra los muros formando un óvalo perfecto. En el centro, sobre una bandeja de latón, esperaban las cafeteras de pico largo que ella le había oído llamar dallah. Eran tres, de distintos tamaños, y Amira las había limpiado con un paño y ceniza hasta que el metal devolvía la luz de la ventana como un espejo oscuro.
—No toque nada, señorita —dijo, sin volverse—. Cada cosa tiene su sitio, y el sitio lo dice la costumbre.
—Solo miraba.
—Mirar es lo que se hace en esta casa. Es lo único que no ofende a nadie.
Gianna sonrió y se apoyó en el marco de la puerta. Tenía las manos recién vendadas por Idris, que había insistido en cambiarle las gasas antes de que nadie más pudiera objetar, y notaba la piel más fresca, con un picor sordo que ya casi agradecía. Llevaba un vestido de lino color marfil que Amira le había dejado sobre la cama, sin una nota ni una explicación, y el cabello recogido en una trenza floja sobre el hombro. Se había mirado en el espejo diez segundos, no más. No se reconoció del todo. La mujer que la miraba tenía las ojeras de cuatro noches y una calma que no era suya.
Amira tomó la primera dallah y la inclinó sobre un pequeño fuego de carbón que otra criada acababa de encender en un brasero de barro. Vertió un poco de agua, la dejó hervir, añadió una cucharada de café verde molido muy fino y después, con una lentitud casi ceremonial, un puñado de cardamomo machacado en el mortero. El olor subió despacio por la sala, especiado y tibio, y Gianna sintió que se le aflojaban los hombros.
—Es un café distinto al turco —dijo.
—Es el café de los beduinos. No se bebe para despertarse. Se bebe para decir que uno ha llegado.
—¿Y si el invitado no quiere beberlo?
—Entonces no ha llegado. —Amira la miró por primera vez, con los ojos oscuros llenos de una paciencia infinita—. Y un hombre que no ha llegado no puede irse.
Gianna guardó la frase en algún lugar de la memoria, igual que había guardado tantas cosas en aquella casa. Pensó que la hospitalidad podía ser también una forma de cerco, una red tejida con hilos de seda que nadie vería hasta que fuera tarde.
Fuera, el sol de media mañana caía sobre el jardín de las palmeras. Zayed estaba de pie junto a la fuente central, vestido de blanco, con el pañuelo anudado de la manera impecable de las fotografías de prensa y las manos cruzadas a la espalda. Hablaba en voz baja con su padre, que había insistido en bajar en una silla de ruedas empujada por el doctor Haddad. Khalid llevaba la túnica de ceremonia color marfil, el cordón negro sobre la cabeza y una manta de lana sobre las rodillas, y aun así conservaba en la postura una dignidad que la enfermedad no había logrado quitarle.
Gianna cruzó el patio despacio. La grava crujía bajo sus sandalias. Un colibrí de pecho verde se detuvo un instante sobre una flor de hibisco, tembló en el aire y desapareció tras el muro, y ella se detuvo a mirarlo como si fuera un acontecimiento. Había aprendido en aquellos días que el miedo agudiza los sentidos de una forma extraña. Todo parecía más nítido, más hermoso, más frágil.
—Mujer —dijo Khalid, y se corrigió con una sonrisa torcida—. Gianna. Ven aquí.
—Excelencia.
—Mírame. —Alzó la cabeza y la estudió con los ojos de águila, enrojecidos de cansancio—. ¿Tienes miedo?
—Sí.
—Qué alivio. Los que no tienen miedo cometen imprudencias.
—No sé si es una buena noticia.
—Es la única. —Alargó una mano temblorosa y le tocó la muñeca vendada—. Escucha, hija. Lo que vas a ver hoy no es una batalla. Es una cortesía. Los hombres como ese italiano creen que la cortesía es un adorno. Se olvidan de que es el arma más antigua del mundo.
—Zayed me lo ha explicado.
—Mi hijo te lo explicó con palabras. Yo quiero que lo sientas con las manos. —Giró la muñeca de ella entre sus dedos y la sostuvo con suavidad—. Cuando te sirvan el café, no lo bebas de golpe. Sostén la taza. Huele. Espera. El tiempo es lo único que tienes de sobra, y ese hombre no tiene ninguno.
—Entendido.
—Y no mires a tu hermana más de lo necesario.
Gianna sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Es lo más difícil que me ha pedido nadie.
—Lo sé. —Los ojos del anciano se suavizaron—. Por eso te lo pido yo, y no otro. Un hombre que ha perdido a su esposa por callar sabe lo que cuesta mirar hacia otro lado.
Zayed, que había escuchado todo sin intervenir, dio un paso hacia ella. No dijo nada. Solo le ofreció el brazo, con esa sencillez que lo distinguía de todos los hombres que ella había conocido, y Gianna lo tomó. Caminaron juntos hasta el borde del jardín, donde las palmeras daban paso a una escalinata de piedra blanca que bajaba hacia el embarcadero privado.
El golfo se extendía a sus pies, tranquilo, de un azul tan intenso que dolía mirarlo. Una brisa tibia levantaba pequeñas ondas sobre el agua. A lo lejos, rodeando la punta del malecón, se acercaba la lancha blanca, y ahora, con la luz plena del mediodía, Gianna distinguía los detalles: el casco estilizado, la bandera de cortesía con el halcón sobre la media luna, las figuras sentadas en cubierta, inmóviles como en una fotografía. Más allá, difuminado por la distancia, el yate recién rebautizado se mecía sobre sus anclas como una ballena dormida.
—Quedan diez minutos —murmuró Zayed.
—¿Estás tranquilo?
—No. Pero he aprendido de ti a actuar como si lo estuviera.
—Es la peor lección que podía darte.
—Es la única que sirve. —Una sonrisa pequeña, tensa—. ¿Y tú?
Gianna respiró hondo. Se tomó un momento para sentir el aire en los pulmones, el olor a sal y a jazmín, el calor de la piedra bajo los pies, el peso reconfortante del brazo de él bajo su mano. Pensó en la llave oxidada debajo de la maceta de geranios, en la ventana de la cocina, en una niña de doce años que le susurraba que nadie se enteraría.