El sol del mediodía caía sobre el patio con una insistencia casi sólida. Gianna sintió su peso en la nuca nada más cruzar el umbral del majlis, y entornó los ojos contra el resplandor de la piedra blanca. Durante unos segundos el mundo fue solo luz y calor y el zumbido de las cigarras escondidas entre las palmeras. Después, poco a poco, las formas fueron apareciendo: el borde de la fuente, los parterres de hibisco, el arco bajo cubierto de jazmín que daba paso a los jardines interiores.
Todavía llevaba en la memoria la plata de la bandeja y las tres palabras grabadas con la punta de un cuchillo. Él lo sabe. Las repasaba una y otra vez, como quien pasa los dedos por una cicatriz reciente, sin atreverse a sacar ninguna conclusión. No sabía qué sabía. No sabía quién lo sabía. Joel podía referirse a Contarini, a un guardia, a una mirada demasiado larga en el muelle. Podía referirse a todo y a nada. Y mientras no lo supiera, lo único razonable era caminar despacio, respirar con calma y no dejar que el rostro dijera una palabra que la boca no hubiera pronunciado.
Zayed abría la marcha junto a Contarini, a un paso de distancia, con las manos cruzadas a la espalda y el paso medido de quien conduce a un visitante por una casa que conoce hasta en la oscuridad. Detrás iban Rashid y Mubarak, rígidos, sin mirarse. Después los dos hombres de Contarini, con los trajes oscuros que no lograban disimular el bulto de las armas, y por último, en un grupo que se movía con una lentitud extraña, las mujeres: Samira, con el velo azul pálido agitado por la brisa; Nadira, de manto granate, apoyada en el brazo de Amira; Valeria y Gianna, una junto a otra, sin tocarse.
Karim cerraba la comitiva a diez pasos, con la carpeta bajo el brazo y el reloj de muñeca siempre a la vista. Faisal y Qasim se habían dispersado con una naturalidad que solo Gianna sabía que no era casual. Uno se había quedado junto a la puerta del patio, el otro había tomado el sendero lateral que bordeaba los muros. Mansur, con su barba negra y la daga curva en la cintura, caminaba junto a Abdullah y el doctor Haddad, que empujaba la silla de ruedas de Khalid con una lentitud solemne.
—Los jardines de Qasr Al-Sarab fueron diseñados por mi bisabuelo —dijo Zayed, con una voz tranquila que parecía hecha para llenar silencios—. Quiso reproducir en pequeño el paraíso que describe el Corán. Cuatro ríos, cuatro cuadrantes, un árbol en el centro.
—Qué ambición tan hermosa.
—Fue un hombre que quería ser recordado por algo más que por sus batallas.
—Siempre es lo que queda. —Contarini alzó la vista hacia las copas de las palmeras, donde un viento suave movía las hojas con un rumor de papel—. Los generales mueren, los banqueros quiebran, pero un jardín bien trazado sobrevive a tres generaciones.
—Si alguien lo riega.
—Siempre hay alguien que lo riega. Esa es la clase de gente a la que nunca presto atención, y sin embargo lo sostiene todo.
Gianna sintió que Valeria, a su lado, se tensaba apenas. Fue un movimiento mínimo, un endurecimiento de los hombros bajo el chal de lana. Habían caminado diez pasos sin mirarse, sin una palabra, con la vista al frente y las manos entrelazadas ante el vientre, y sin embargo se habían comunicado más en esos diez pasos que en los últimos seis días. Había una frecuencia extraña entre ellas, hecha de años de ventanas abiertas y de llaves bajo las macetas, que no necesitaba cuerdas vocales.
El sendero descendía por una suave pendiente cubierta de grava blanca, entre dos hileras de palmeras datileras cuyos troncos rugosos se alzaban a diez metros del suelo. Entre ellas, a ambos lados, corrían canales estrechos de piedra por los que fluía un agua cristalina y fresca, y el murmullo constante de la corriente era lo único que rompía el silencio de la comitiva. El aire olía a tierra húmeda, a hojas verdes, a fruta madura, y sobre todo a una frescura que Gianna no había sentido desde que cruzó el portón del palacio. Era como si el jardín entero respirara por separado del desierto que lo rodeaba, a salvo de él, en un paréntesis de sombra.
—Es increíble —murmuró Samira, a su lado, con la voz casi inaudible—. Vivo aquí desde que era niña y todavía me parece un sueño.
—Es un lugar que invita a hablar bajito —respondió Gianna.
—Y a mentir menos.
Se miraron un instante. Samira tenía el rostro pálido y las ojeras de una mujer que ha dormido poco, pero había en su mirada una firmeza nueva, la de quien ha tomado una decisión definitiva y no piensa volver atrás. Gianna sonrió apenas. Era la primera vez que sonreía en una hora.
Al fondo del sendero, el jardín se abría en una plazoleta circular, pavimentada de mosaicos azules y blancos que formaban una gran estrella de ocho puntas, idéntica a la del salón de las audiencias. En el centro, rodeado por un pequeño estanque de piedra, crecía un naranjo de tronco grueso y hojas brillantes, cargado de azahar. El aroma, intenso y dulce, caía sobre la plazoleta como un manto. Alrededor del estanque, bancos de piedra y cojines de seda invitaban al reposo, y a la sombra del árbol, sobre una mesa baja de latón, alguien había dispuesto una bandeja con dátiles, almendras tostadas y una jarra de agua helada con rodajas de limón.
—El árbol del centro —dijo Zayed—. Mi madre lo plantó el año en que nací.
—Una elección conmovedora.
—Decía que un árbol es la única forma de dejar un recuerdo que respira.
Contarini se detuvo bajo la copa. Miró hacia arriba, entornando los ojos azules, y dejó que una pequeña lluvia de pétalos blancos le cayera sobre los hombros del traje de lino. Sonrió con una expresión casi tierna.
—Mi madre tenía un limonero —dijo—. En el patio de nuestra casa de Cannaregio, en el barrio judío. Era el único árbol de toda la calle. Los vecinos venían a pedirle limones cuando tenían fiebre o catarro, y ella nunca le negó uno a nadie. Murió cuando yo tenía catorce años. Mi padre mandó talar el árbol una semana después.