En los Ojos del Jeque

Capítulo 19: Siete platos

Nadie corrió hacia el palmeral. Nadie dijo una palabra. Esa fue la lección que Gianna aprendió aquella tarde bajo el naranjo: que en las casas donde la cortesía es una ley, los peores sobresaltos se atraviesan con las manos quietas y la sonrisa puesta, como quien cruza un puente de cuerdas sin mirar abajo. Contarini había anunciado su buena noticia con la satisfacción de un hombre que deja caer una carta sobre la mesa. Zayed había respondido que sería un placer. Y entre aquella frase y el siguiente movimiento de la comitiva transcurrió apenas un instante, un parpadeo, en el que Gianna volvió la cabeza hacia las palmeras y no encontró a nadie.

Faisal había desaparecido. Donde antes estaba el hombre fornido del mono azul y la gorra calada, quedaba solamente el tronco rugoso de un árbol y una pequeña sombra que se movía con el viento. Ni rastro del aparato de luz roja. Era como si lo hubiera soñado.

—Si les parece —dijo Amira, adelantándose con las manos cruzadas sobre el delantal—, el banquete está dispuesto en el salón de las columnas. El sol de la tarde cae mejor sobre la mesa a esta hora.

—Una elección acertada —respondió Zayed, y se puso en pie con una lentitud casi ceremonial.

Todos se levantaron a la vez. Hubo un roce de telas, un tintineo de vasos que alguien dejaba sobre la bandeja, el crujido de la grava bajo las sandalias. Gianna ayudó a Samira a incorporarse del cojín, y en ese gesto sencillo sintió bajo los dedos vendados el temblor leve de la joven, que seguía las órdenes del protocolo con una serenidad aprendida y los ojos fijos en el suelo. A su lado, Valeria se alisó el vestido de algodón azul con dos manotazos rápidos, la costumbre de siempre, el gesto de una niña que acaba de levantarse de un banco de la escuela y quiere parecer más compuesta de lo que está.

Gianna la miró de reojo. Era un error y lo sabía. Pero no pudo evitarlo. Observó el perfil de su hermana, la línea de la mandíbula, el mechón castaño rojizo que se le había escapado de la coleta, y sintió algo tan hondo y tan antiguo que durante un segundo creyó que le fallarían las piernas. Habían pasado siete días. Siete días en los que Valeria había dormido en un barco ajeno y había aprendido a leer los guiones de su carcelero, y en los que ella había atravesado un desierto, un palacio, una tormenta de arena y una batalla política sin dejar de pensar, ni un solo instante, en una voz de mujer que había dicho su nombre por teléfono desde el fondo del mar.

Valeria notó la mirada. No volvió la cabeza. Pero sus labios, apenas, se curvaron en un esbozo de sonrisa, y Gianna comprendió que lo había sentido todo.

Salieron del jardín en el mismo orden en que habían entrado, bajo un cielo cada vez más dorado. El sol había empezado a descender hacia el poniente y las sombras de las palmeras se alargaban sobre la grava como dedos delgados. Un aire más fresco subía desde el estanque. Gianna lo respiró con una avidez casi infantil, y se dio cuenta de que tenía hambre. Una hambre física, profunda, de las que no se sienten durante días y reaparecen de golpe cuando el cuerpo cree haber encontrado un instante de paz.

El salón de las columnas ocupaba el ala sur del palacio, y Gianna no lo había visto hasta ese momento. Se entraba por una puerta alta de madera de cedro, labrada con motivos de ramas y de estrellas, que Amira abrió con las dos manos como quien levanta el telón de una obra que ha ensayado durante meses. Dentro, el aire era fresco y olía a incienso, a pan recién hecho y a especias que Gianna no supo nombrar. Veinte columnas de piedra clara, finas como troncos de abedul, sostenían un techo artesonado de vigas pintadas de azul y de oro, y entre ellas, filtrada por celosías de madera tallada, la luz de la tarde caía en rombos pálidos sobre un suelo de baldosas blancas y negras.

En el centro, bajo una lámpara de bronce con cuarenta velas todavía apagadas, se extendía una mesa larga cubierta con un mantel de lino blanco bordado en hilo de plata. Gianna contó los cubiertos con una rapidez profesional. Veintidós puestos. Vajilla de porcelana azul y blanca, copas de cristal tallado, servilletas dobladas en forma de palma. Y a lo largo de toda la mesa, cada medio metro, un pequeño jarrón de cobre con una sola flor de azahar.

—Qué belleza —murmuró Contarini, deteniéndose en el umbral con las manos a la espalda—. Es casi una pena sentarse.

—La belleza se hizo para usarla —dijo Zayed.

—Una máxima peligrosa.

—Es la única que conozco.

Amira indicó los asientos con una palma abierta, uno por uno, sin titubeos. Khalid, en la cabecera, con su silla de ruedas acomodada en el hueco que le habían dejado entre dos sillas de respaldo alto. A su derecha, Zayed. A la izquierda de este, Contarini, como invitado de honor. Después Rashid, rígido y silencioso, con Mubarak a su lado. Mansur y Abdullah en la franja siguiente, Nadira entre Samira y Amira, que había dispuesto con una elegancia sutil que la viuda estuviera siempre a su alcance. Idris y el doctor Haddad enfrente, al otro lado de la mesa, con una vista despejada de todos los platos.

Gianna se detuvo un instante antes de ocupar su lugar. Era el sexto desde la cabecera, a la izquierda de Zayed y frente a Contarini, con Valeria sentada a su derecha, en el puesto que Amira había señalado con una naturalidad perfecta. No era una casualidad. Era la mano silenciosa de una mujer que llevaba treinta años leyendo mesas y que había decidido, sin consultar a nadie, que las dos hermanas cenarían juntas bajo la mirada de todos.

Se sentó. La silla era de madera oscura, con el respaldo tallado y un cojín de seda azul. Desplegó la servilleta sobre las rodillas con los dedos torpes bajo las gasas y miró a su alrededor. Frente a ella, Contarini estudiaba la cubertería con una curiosidad cortés. A su izquierda, Zayed le dirigió una mirada breve, tranquila, de esas que no piden nada y lo prometen todo.

Joel entró con la primera bandeja.




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