En los Ojos del Jeque

Capítulo 20: Lo que hace la luz de las velas

El tercer plato llegó sin ruido. Gianna lo notó porque, de pronto, Joel estaba otra vez junto a la mesa con la bandeja de plata, y los demás camareros lo seguían en fila, y el olor del cordero asado con especias se extendió por el salón de las columnas como una marea lenta. Nadie había dicho nada desde el brindis silencioso de Contarini. La conversación de Mansur y Abdullah sobre las lluvias del sur se había apagado a mitad de una frase, y ninguno de los dos parecía dispuesto a retomarla. Solo se oía el tintineo de los cubiertos, el roce de las servilletas y, muy lejos, el rumor del mar contra el malecón.

Gianna miró su plato. Era una porción generosa de cordero tierno, cocinado durante horas hasta que la carne se deshacía sola, sobre una cama de arroz amarillo con pasas, almendras y cebolla dorada. Alrededor, en pequeños cuencos de cobre, se repartían yogur con menta, salsa de tamarindo y un puré de calabaza especiado. El vapor subía en hilos finos, perfumado de canela y de clavo.

—Mandi de cordero —anunció Amira, desde su puesto junto a la pared—. El tercero de los siete platos. Esta carne la enterraron ayer al amanecer en un horno de barro, bajo las brasas. No se come con prisa.

—Una promesa inquietante —dijo Contarini, con una sonrisa.

—No es una promesa, señor. Es una advertencia.

El italiano rió con suavidad, tomó el tenedor y se sirvió un poco de arroz. Gianna lo observó de reojo mientras fingía interesarse en el yogur. Había algo en la manera en que sostenía los cubiertos, con una corrección casi demasiado perfecta, que le recordaba la actitud de un actor que repasa mentalmente cada gesto antes de ejecutarlo. Comía despacio, probando, masticando con calma. Pero de vez en cuando, entre bocado y bocado, alzaba los ojos azules hacia el techo, hacia la gran lámpara de bronce que colgaba sobre la mesa como un planeta apagado, y los mantenía allí un segundo más de lo necesario.

Gianna comprendió que le había dado algo en lo que pensar. Había lanzado la frase sobre la lámpara casi por instinto, con la imprudencia de quien tira una piedra a un estanque para ver qué sube a la superficie, y ahora aquel hombre, que parecía dominar hasta el último de sus gestos, no podía evitar mirar hacia arriba. Era una grieta diminuta. Pero ella había aprendido en quince años de oficio que los edificios grandes empiezan a caer por las grietas más pequeñas.

—Valeria —dijo, en voz baja, sin volver la cabeza—. Pásame el pan.

—Está delante de ti.

—Pues pásamelo igual.

Valeria tomó el cesto con las dos manos y se lo acercó. Al hacerlo, rozó con el dorso de los dedos la muñeca vendada de su hermana, un contacto cálido, breve, deliberado. Gianna cogió una pieza de pan plano. Bajo la tela del mantel, notó que algo duro y pequeño se deslizaba contra su palma, un objeto liso, frío, del tamaño de una moneda.

Cerró los dedos sobre él. No se atrevió a mirarlo. Lo guardó en el hueco de la mano, bajo la gasa, y siguió partiendo el pan con la otra como si no hubiera pasado nada. Pero sintió que se le aceleraba el pulso, y supo, con una certeza absurda, que era una llave. Una llave pequeña, de metal oscuro, con un anillo diminuto en un extremo.

La que su hermana guardaba debajo de la maceta de geranios.

—¿De dónde...? —empezó a susurrar.

—Luego —respondió Valeria, sin mover los labios—. Cuando estemos solas.

Gianna asintió. Se llevó un trozo de pan a la boca y lo masticó despacio, sin saborearlo. Pensó en la cocina de una casa lejana, en la ventana entreabierta, en una niña de doce años que le tendía una llave con una sonrisa de conspiradora. Se preguntó cómo era posible que Valeria hubiera conservado aquel objeto durante una semana de cautiverio, de registros, de camarotes vigilados, y se dio cuenta de que probablemente no lo había conservado. Lo habría recibido hacía unas horas, de manos de alguien que tenía acceso a ambos lados de la historia.

Miró hacia el extremo de la sala. Joel retiraba platos con una eficacia sin brillo, con la cabeza gacha. En un momento dado, al pasar junto a Valeria con la bandeja, se detuvo un instante, apenas el tiempo de ajustar una servilleta caída, y sus ojos castaños se cruzaron con los de Gianna. No hubo ninguna señal. Fue solo una mirada, rápida y cansada, con una determinación callada que le recordó a su madre cantando una nana en una habitación del palacio.

—Estás muy callada, hija —dijo la voz ronca de Khalid, desde la cabecera.

—Estoy escuchando, Excelencia.

—Es el mejor uso que se le puede dar al silencio.

—Me lo enseñó su hijo.

El anciano sonrió. Era una sonrisa lenta, tierna, que le deshizo las arrugas del rostro cansado. Tomó con dos dedos temblorosos un trozo de calabaza, lo probó y cerró los ojos con una expresión de gratitud casi infantil.

—Leila hacía este puré —dijo, en un hilo de voz—. Con un poco más de jengibre. Decía que sin jengibre la calabaza se olvida de lo que es.

—Se lo pasaré a Amira —dijo Zayed.

—Amira ya lo sabe. Siempre lo ha sabido.

—Lo sé, señor —respondió la mujer, desde su rincón, con una voz que tembló apenas—. Lo he guardado treinta años.

Nadie habló. El anciano abrió los ojos, la miró con una ternura sin palabras, y Amira inclinó la cabeza y se llevó una mano al pecho. Gianna sintió que se le humedecían los ojos y bajó la vista al plato. Era uno de esos momentos pequeños y enormes que solo ocurren en las casas donde los muertos siguen sentándose a la mesa.

Contarini, al otro lado, había dejado el tenedor y observaba la escena con un interés cortés. Una sombra fugaz le cruzó el rostro, una expresión que Gianna no supo interpretar. Parecía casi incomodidad. Como si, por primera vez en toda la tarde, el escenario que había venido a dominar le devolviera algo que no esperaba y que no podía comprar.

—Una familia unida —dijo, con una voz suave—. Admirable.

—No siempre lo fue —respondió Khalid.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.