El sol se estaba poniendo, y lo hacía con la lentitud de las cosas que saben que nadie va a apurarlas. Gianna lo notó porque los rombos de luz que entraban por las celosías habían dejado de ser dorados para volverse de un naranja profundo, casi rojizo, y se alargaban sobre las baldosas blancas y negras hasta trepar por las patas de las sillas. Una de esas manchas le había alcanzado el borde del vestido de lino marfil, y la tela, bajo ella, parecía arder con una luz propia, tibia y quieta.
Nadie había contestado todavía a la frase de Contarini. Quizá podríamos pasar directamente al postre. Había quedado flotando sobre la mesa como un olor que nadie quiere nombrar, y Gianna, con la mano izquierda cerrada sobre la llave escondida bajo la gasa, sintió que cada segundo de aquel silencio valía más que una hora de conversación.
Fue Khalid quien lo rompió, con la voz ronca y pausada de quien ha decidido gastar su aliento en lo que importa.
—Señor Contarini, en esta casa el postre es el sexto plato. El quinto lo espera en la cocina desde esta mañana.
—No quisiera abusar de su paciencia, Excelencia.
—Mi paciencia, hijo, es lo único que me sobra. —Una sonrisa lenta le deshizo las arrugas—. Y se lo digo con cariño. Un invitado que se salta un plato ofende al cocinero, y Amira es una mujer que no perdona.
—Es verdad —dijo Amira, desde su rincón, sin mover un músculo.
Contarini rió con suavidad. Fue una risa correcta, amable, pero Gianna, que llevaba cuatro horas estudiándolo, advirtió la tensión mínima del cuello, la forma en que los dedos de la mano derecha tamborileaban sobre el mantel con un ritmo que no era el de la risa. Era el de alguien que cuenta.
—Entonces no seré yo quien ofenda a la cocina —dijo.
—Sabia decisión.
—Me gusta ser prudente con las mujeres que mandan en los fogones.
—Es la prudencia más antigua del mundo.
Amira inclinó la cabeza con una gravedad que no logró esconder del todo una chispa de diversión. Dio una segunda palmada, esta vez suave, y la fila de camareros volvió a entrar por la puerta lateral con las bandejas de cobre alzadas a la altura del hombro. Gianna los contó con la mirada. Seis, como antes. Joel iba el tercero, con la misma rigidez en la nuca y los mismos pasos medidos, pero cuando pasó junto a su silla para dejar un plato frente a Valeria, la manga blanca de su chaqueta rozó por un instante el borde de la mesa, tres golpecitos suaves, casi inaudibles.
Esta vez no era una señal de peligro. Gianna lo supo por el ritmo, más lento, más espaciado. Era otra cosa. Era una pregunta.
Respondió sin mirarlo. Bajó la mano derecha bajo el mantel, buscó con los dedos el borde de la silla y dio dos golpecitos contra la madera, secos y breves. Un sí. Entendido. Todo en orden.
El muchacho siguió su camino sin alterar el paso.
El quinto plato era pollo. Lo anunció Amira con la misma solemnidad con que había anunciado el cordero, y Gianna lo contempló con una fascinación casi absurda mientras el vapor subía de su plato en una columna fina. Eran muslos dorados, asados lentamente con limón seco, cúrcuma y cebolla morada, servidos sobre un lecho de arroz de azafrán con almendras fileteadas y granos de granada que brillaban como pequeños rubíes húmedos. A los lados, en cuencos de cobre, esperaban zanahorias glaseadas con miel, una salsa de ajo y perejil, y un puré de garbanzos con tahini y comino.
—Pollo al horno de barro con limón negro —dijo Amira—. Se come con los dedos, si el invitado lo desea. Es la costumbre del campo.
—Con los dedos —repitió Contarini, con una sonrisa divertida—. Hace años que no lo hago.
—Es un gusto que se pierde con la edad.
—O con la compañía.
—Hoy no hay mala compañía en esta mesa.
La frase, dicha con una dulzura perfecta, cayó sobre el mantel con un doble filo que solo Gianna y Zayed parecieron percibir. Contarini la recibió con una inclinación de cabeza y tomó un muslo de pollo entre los dedos con una elegancia estudiada, como quien se pone un guante. Lo probó. Cerró los ojos.
—Exquisito.
—Me alegra.
—¿Es limón de Omán?
—De Omán, sí. Se seca al sol durante tres semanas.
—Y se nota. Tiene una amargura que da profundidad. —Abrió los ojos y miró a Amira con una sinceridad casi desarmante—. Tengo un cocinero en Venecia que daría un brazo por esta receta.
—Las recetas no se dan, señor. Se heredan.
—Entonces envidio a quien la heredó.
Gianna observó cómo la criada, por primera vez en toda la tarde, vacilaba. Fue un instante apenas, un parpadeo, pero en él pasó algo humano y torpe, la reacción de una mujer a quien un enemigo acaba de dedicar un cumplido auténtico. Recompuso enseguida el gesto, inclinó la cabeza y se retiró hacia la pared sin una palabra. Gianna comprendió, con un pinchazo de inquietud, que Contarini acababa de ganar algo. Un milímetro. Un grano de arena. Nada que se pudiera medir. Pero algo.
Era su arma más peligrosa. No la amenaza ni el dinero ni la fuerza. Era aquella capacidad de ser sinceramente agradable un instante antes de volver a ser lo que era.
—Valeria —murmuró, sin mover los labios—. Come.
—Estoy comiendo.
—No, estás desmenuzando. Come de verdad. Necesitas fuerzas.
—¿Para qué?
—Para lo que venga.
Valeria la miró de reojo, con una media sonrisa torcida, y se llevó a la boca un trozo de pollo. Masticó con una determinación casi feroz. Gianna la observó con el corazón apretado. Era la misma niña que de pequeña se negaba a comer las lentejas hasta que ella, a los quince años, inventaba un juego en el que cada cucharada era un soldado que había que derrotar. Los soldados eran grumos de ajo, rodajas de zanahoria, hojas de laurel. Ganaban siempre las dos.
—Soldado número uno —susurró Valeria, con la boca llena.
—Soldado derrotado.
—Número dos.
—Derrotado también.
Una risa breve, casi muda, le sacudió los hombros a Valeria. Gianna sintió que le ardían los ojos y se concentró en el arroz de azafrán.