En los Ojos del Jeque

Capítulo 22: La costumbre de las mujeres

Gianna no se movió. Lo primero que aprendió aquella noche, con el papel doblado a un centímetro de su plato, fue que no moverse es también una forma de actuar, y quizá la más difícil. La crema de azafrán se derretía despacio en la cucharita de plata. El olor de las rosas subía desde la copa de cristal. En algún lugar del salón, un camarero retiraba una fuente con un tintineo suave de porcelana, y nada, absolutamente nada, indicaba que acababa de ocurrir algo.

Ahora. Una sola palabra, escrita con una letra apretada y temblorosa que ella reconocía por la carta de la mañana. Los trazos se inclinaban hacia la derecha como si quien los había escrito tuviera prisa por llegar al final. La tinta se había corrido un poco en la última letra. Alguien había sudado sobre ella.

Contó hasta cinco antes de tocarlo. Dejó que la cuchara descansara contra el borde de la copa, tomó la servilleta con la mano derecha, se limpió las comisuras de los labios con una lentitud de dama bien educada y, al bajarla, arrastró con el borde de la tela el cuadradito de papel. Lo envolvió en el pliegue sin mirarlo. Lo guardó entre las rodillas, bajo el mantel, y apretó las piernas hasta sentir el roce áspero del papel contra el lino del vestido.

Después alzó los ojos. Contarini la miraba.

No fue una mirada larga. Duró lo que dura un compás de música, apenas un instante en que los ojos azules, tan claros que parecían una ventana, se detuvieron en su rostro con una atención amable y precisa. Gianna le devolvió una sonrisa pequeña, la de quien está saboreando un postre y no tiene nada que ocultar. Sintió cómo el sudor le bajaba por la columna, frío, entre los omóplatos. Contarini inclinó la cabeza, como quien reconoce un detalle que le agrada, y volvió a su plato.

—Una crema memorable —dijo ella, y su propia voz le sonó lejana.

—Amira se ha superado.

—Siempre lo hace, señor —respondió la aludida desde su rincón, con una reverencia mínima.

—Entonces me temo que tendremos que pedirle la receta, aunque no nos la dé.

—Nunca la doy.

—Lo sé. Pero la esperanza es una forma de cortesía.

Hubo una risa breve, discreta, de Mansur. Gianna aprovechó el ruido para llevarse la copa a los labios y beber un sorbo de agua de rosas. Estaba helada. Le dolió en los dientes. Era un dolor limpio y agradecido, y lo retuvo un segundo en la boca antes de tragarlo.

Pensó en la mejor manera de decírselo a Zayed. No podía hablarle. Los oídos del salón estaban afilados como cuchillos, y la voz más baja se oiría en el silencio que seguía a cada cucharada. No podía pasarle el papel, porque Contarini, sentado frente a ella, tenía la vista perfecta de la mesa entera. Pero había aprendido algo de las últimas horas, de aquel código de golpecitos que Joel y su hermana usaban como un idioma secreto, y que le había enseñado más sobre la comunicación humana que quince años de entrevistas.

Dejó caer la mano izquierda, la vendada, sobre la silla de Zayed. No lo tocó a él. Tocó la madera, el borde del asiento, el espacio estrecho entre su cadera y el brazo de la silla donde nadie miraba. Dio tres golpecitos suaves con las yemas de los dedos, despacio, como quien tamborilea sobre una mesa por puro aburrimiento. Tres. Una pausa. Tres más.

Zayed no giró la cabeza. Hablaba con Abdullah sobre la hora a la que se debía regar un huerto de granados en verano. Pero en el segundo golpe, la mano derecha, que descansaba sobre su rodilla, se movió apenas, un desplazamiento de un par de centímetros, y los dedos de él se cerraron un instante sobre los de ella, bajo el mantel, con una presión leve, cálida, inequívoca.

Entendido.

Fue todo. Un segundo. Después la mano de él regresó a su rodilla y Zayed alzó la copa y dijo algo sobre el riego por la madrugada que hizo asentir a Abdullah. Gianna sintió que el corazón le golpeaba el pecho como un animal pequeño que quiere salir. Se quedó mirando la crema que se derretía en su plato. Era la primera vez en toda la noche que se permitía respirar hondo.

—Excelencia —dijo Zayed, y su voz, tranquila y grave, atravesó la mesa sin esfuerzo—. Con su permiso, creo que ha llegado el momento del lavado.

—Por supuesto, hijo.

—Antes del té, como manda la costumbre.

—Antes del té, y antes del brindis —asintió Khalid, abriendo los ojos con una lentitud ceremoniosa—. Un invitado de honor no puede levantar su copa con los dedos pegajosos de miel.

—Una ley sabia —murmuró Contarini.

—Una ley práctica. Los hombres que hablan con las manos sucias dicen cosas que luego lamentan.

—No es mi caso.

—Lo celebro.

Amira dio un paso adelante con las manos cruzadas sobre el delantal. Había en su rostro una serenidad extraña, casi radiante, la de una mujer que lleva treinta años esperando una señal y acaba de oírla.

—Con la venia del Jeque —dijo—, es costumbre en esta casa que, después del sexto plato, las mujeres se retiren a la sala del agua para el lavado y el perfume, mientras los hombres se limpian las manos con el incienso. Regresan con el té.

—¿Es costumbre? —preguntó Contarini, y por primera vez en toda la noche su voz sonó levemente tirante.

—Desde hace trescientos años, señor.

—No la mencionó antes.

—No era el momento.

—¿Y ahora lo es?

—Ahora, sí. —Amira sonrió con una dulzura inexpugnable—. Es una de esas cosas que no se explican con antelación. Se hacen cuando llega la hora.

Gianna miró a Contarini. Estaba inmóvil. Tenía una mano sobre el mantel, con los dedos a medio cerrar, y los ojos fijos en la criada con la expresión de un hombre que busca una grieta en un muro que acaba de crecer delante de él. Calculaba. Gianna casi podía oír el rumor de sus cálculos, el ir y venir de cifras y de probabilidades. Si se negaba, ofendía a una casa cuya ley había bebido tres veces. Si aceptaba, dejaba salir de su vista a la mujer que ocupaba el centro de su plan.

—Valeria viene con nosotros —dijo, por fin, con una naturalidad perfecta—. Es mi invitada. Mis hombres la acompañarán.




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