En los Ojos del Jeque

Capítulo 23: El té de los guardias

Nadie se movió. Los tres golpecitos habían sonado una sola vez, con aquel ritmo lento y espaciado que Gianna había aprendido sin darse cuenta, y ahora el silencio que los siguió parecía haberse vuelto más denso, como si la sala entera retuviera el aire. La fuente seguía murmurando. Las velas dibujaban sus sombras temblorosas sobre los azulejos. Y desde la boca oscura del pasadizo subía un soplo frío con olor a sal que le erizaba la piel de los brazos.

Amira fue la primera en reaccionar. Dejó la lámpara de aceite sobre el borde de la pila, cruzó la sala con pasos que no hicieron ruido sobre las baldosas y apartó la cortina de cuentas con dos dedos, apenas una rendija, lo justo para ver el corredor. Gianna contuvo el aliento. La criada permaneció inmóvil unos segundos, con la cabeza ladeada, escuchando. Después soltó la cortina y se volvió hacia ellas con una expresión que no era de alarma sino de una concentración casi doméstica, la de quien oye un ruido conocido en la cocina y sabe de qué cacharro viene.

—Es el muchacho —susurró—. Está en la puerta de servicio, la que da a los pasillos de la cocina. No es la del cerrojo. Hay otra más pequeña, detrás del arco, que casi nadie recuerda.

—Los guardias —dijo Samira.

—Están al otro extremo. Les vi las espaldas por la rendija del primer corredor. No pueden verlo desde allí.

—¿Lo dejamos entrar? —preguntó Valeria, con la voz tensa.

—No hay otra manera de saber qué trae.

Amira se agachó junto a la pared, junto al marco del arco, y Gianna vio por primera vez lo que había pasado inadvertido toda la noche: una hoja de madera del alto de un niño, pintada del mismo color que el adobe, con un picaporte de hierro tan pequeño que parecía de casa de muñecas. La criada lo giró despacio y abrió apenas, dejando entrar un hilo de luz amarilla y un olor denso, tostado, de cebolla frita y de pan caliente. Por la abertura se deslizó, encorvado, con la bandeja de plata sobre un antebrazo y la chaqueta blanca manchada de harina en una manga, el muchacho.

Joel se enderezó dentro de la sala del agua y se quedó quieto, con los ojos muy abiertos, mirando a las cinco mujeres, la cúpula de estrellas azules, la fuente, la puerta abierta del pasadizo. Tenía el rostro brillante de sudor y una mancha oscura en la sien donde algún mechón se le había pegado a la piel. Gianna notó, por primera vez, lo joven que era. Veinticinco años, había dicho Valeria. Parecía menos. Parecía un adolescente al que alguien hubiera puesto un uniforme demasiado grande y le hubiera pedido que sostuviera el peso de un mundo.

—Señoras —susurró—. Perdonen. No tenía otra forma.

—Habla bajo, hijo —dijo Amira, cerrando la puerta pequeña tras él con el mismo cuidado con que la había abierto—. Y dime primero qué has visto.

—En el salón, nada. Sirven el té. —Tragó saliva—. Pero los guardias del señor Contarini están muy nerviosos. El alto, el de la cicatriz, ha vuelto a salir al corredor hace cinco minutos con una radio pequeña. Habla en voz baja. El otro mira la puerta de ustedes como si pudiera atravesarla.

—No pueden —dijo Amira—. Es de cedro de dos dedos.

—Pero pueden esperar.

—Que esperen. Tenemos hasta que se enfríe el agua.

Joel asintió con la cabeza, y entonces, con un movimiento brusco, se llevó una mano a la oreja derecha y sacó de ella un objeto diminuto, del tamaño de un grano de arroz, color carne, que sostuvo entre dos dedos con una especie de temblor reverente. Lo miró un momento. Después alzó los ojos hacia Gianna, y Gianna vio que los tenía llenos de lágrimas.

—Me lo dio el hombre del camión —dijo, con la voz quebrada—. En el jardín, mientras servía el agua. Me puso la mano en el codo y me lo metió en la manga sin decir nada. Lo vi en un segundo, el aparato, y entendí que debía ponérmelo. No me atreví hasta el cuarto plato, cuando pasé por la despensa.

—¿Y qué oíste?

El muchacho cerró los ojos. Gianna vio cómo se le movía la garganta, cómo le temblaba la barbilla. Hubo un silencio largo, tan largo que Valeria alargó una mano y la posó en el brazo de Gianna, apretándolo con suavidad.

—A mi madre —dijo Joel, al fin.

Nadie respiró.

—Cantaba. Era la canción de mi abuela, la de las olas y el niño que se queda dormido en la barca. La canto yo solo cuando tengo miedo. Nadie más la sabe. Y la oí desde dentro de mi oído, tan clara, tan cerca, que creí que me había vuelto loco. —Una lágrima le resbaló por la mejilla morena sin que él hiciera nada por detenerla—. Después dijo tres palabras en nuestra lengua. Que está bien. Que no tenga miedo. Que me quiere.

Gianna sintió que algo se le rompía por dentro, suavemente, como una cuerda que ha aguantado demasiado y por fin cede. Se llevó las manos vendadas a la boca. Samira lloraba en silencio, con la cabeza inclinada. Hasta Nadira, junto a la fuente, miraba el agua con los ojos brillantes y la mandíbula apretada.

—Está en el palacio —dijo Gianna, con la voz entrecortada—. Está a salvo. Duerme en una cama con una manta de lana y Amira le sirve té de jengibre.

—Lo sé. —Joel sonrió entre lágrimas, una sonrisa torcida y luminosa—. Me lo dijo ella. Dijo que por fin conocía un palacio y que el café no estaba mal.

Un sonido ahogado escapó de Valeria, entre la risa y el sollozo. Amira apartó la cara para disimular, y Gianna vio que se secaba rápidamente los ojos con el dorso de la mano.

—Es una mujer extraordinaria —murmuró la criada—. Me pidió ayer que le enseñara a hacer el mandi. Tiene manos de cocinera.

—Se las heredó a mi abuela —dijo Joel—. Y yo no heredé nada.

—Heredaste lo más difícil —dijo Gianna.

Él la miró sin entender.

—La capacidad de cantar cuando tienes miedo.

El muchacho se quedó callado. Después, muy despacio, asintió con la cabeza y se pasó la manga por la cara, dejando una raya de harina sobre la mejilla. Se enderezó, volvió a ser camarero, y con una voz más firme, casi profesional, dijo:




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