En los Ojos del Jeque

Capítulo 24: Las manos de Valeria

El guardia giró la cabeza con una lentitud que Gianna, años después, seguiría recordando como la más larga de su vida. No fue un movimiento brusco. No hubo sobresalto ni voz de alarma. Fue el giro cansado de un hombre que lleva diez horas de pie, con un vaso de té caliente entre las manos y los párpados algo hinchados, y que ha oído, en alguna parte de su espalda, un roce de tela sobre las baldosas. Primero se movió la barbilla. Después el hombro, apenas. Después apareció de perfil, a la luz amarilla de la lámpara de pared, la mejilla mal afeitada, la ceja partida por una cicatriz fina, y la línea de la mandíbula que se contraía mientras tragaba.

Gianna dejó de contar los pasos. No se detuvo, porque detenerse habría sido delatarse, pero sintió que el mundo entero se reducía a veinte metros de corredor encalado y al resplandor tembloroso de una llama. Mantuvo la cabeza gacha. Sostuvo con las dos manos, bajo el chal, el borde de la lana contra el pecho, y se obligó a respirar con la misma cadencia con que lo habría hecho su hermana, pequeña, contenida, con los hombros ligeramente encogidos. Pensó en Samira, que había dicho que Valeria encogía los hombros cuando estaba nerviosa. Pensó que, por una vez en la vida, el nerviosismo le servía de disfraz.

El guardia la miró. Gianna no vio su rostro, pero lo sintió, como se siente el sol sobre la nuca cuando se sale de una habitación oscura. Fue una mirada medida, plana, la de quien examina una silueta conocida a una distancia en la que los detalles no importan. Pasó un segundo. Pasaron dos. El vaso de cristal, en la mano derecha del hombre, se detuvo a medio camino de la boca.

Fue entonces cuando Joel dio un paso al frente.

—Señor —dijo, con la voz suave y limpia de un camarero de casa grande—, permítame ofrecerle el segundo vaso. El primero se enfría rápido en este corredor, y en esta casa sería una descortesía dejarlo a medias.

El guardia volvió la cabeza hacia él. Gianna aprovechó el movimiento para dar tres pasos más, pequeños, sin ruido, deslizándose junto a la pared como una sombra que se desplaza con la luz. Oyó el tintineo de la jarrita de cobre, el chorro delgado del té ámbar que caía en el cristal, el murmullo del muchacho explicando con una paciencia casi litúrgica que el té de menta se ofrece tres veces y se acepta tres veces, que la primera es la del agradecimiento, la segunda la de la confianza y la tercera la de la despedida.

—No tengo sed —dijo el guardia, en un inglés áspero.

—No es cuestión de sed, señor. Es cuestión de costumbre.

—Quiero ver a la señorita.

—Ahí está, señor. Delante de usted.

—Me refiero a su cara.

El corazón de Gianna dio un vuelco tan violento que creyó que se le saldría por la boca. Se detuvo. No pudo evitarlo. Estaba a ocho pasos de los dos hombres, a la altura de un arco bajo que se abría a un patiecito interior, y el olor del jazmín y de la menta se mezclaba con el de la lana tibia que le rozaba la mejilla. Intentó pensar. Intentó recordar la voz de Valeria, el tono exacto, la altura. Pero el guardia no le había preguntado nada. Le había dado una orden.

—Señor —dijo Joel, y esta vez había en su voz un matiz distinto, no de temblor, sino de una amabilidad casi perezosa—, una dama que ha pasado media hora entre perfumes y aguas de rosas no tiene el rostro para ser mirado. Está húmedo, un poco enrojecido, con el cabello deshecho. Es una indelicadeza.

—Es una orden del señor Contarini.

—La orden del señor Contarini es que la señorita permanezca a la vista. Y lo está. La ve usted, la veo yo y la ve cualquiera que pase por el pasillo. —Una pausa, el tintineo del vaso—. Pero no creo que el señor Contarini haya ordenado que se le levante el velo a una invitada del Jeque a la salida de la sala del agua. Eso sería, con perdón, una ofensa de las que se pagan con la vida.

El guardia guardó silencio. Gianna oyó cómo tragaba. En el fondo del corredor, a lo lejos, una puerta se cerró con un golpe sordo y resonó un murmullo de voces masculinas, la tertulia del salón que se prolongaba tras el sexto plato. Se oyó, muy lejana, la risa grave de Mansur.

Entonces la cortina de cuentas susurró a espaldas de Gianna.

—Hijo.

Era la voz de Nadira. No era la voz que había usado aquella tarde en el muelle ni la que había confesado ante el consejo con la entereza de una reina caída. Era otra, más antigua y más baja, un registro que ella debía de haber guardado para los criados desobedientes de su juventud, y que venía envuelto en una paz glacial.

—No creo haber entendido bien —continuó, saliendo de la penumbra con el manto granate recogido entre los dedos y la barbilla alta—. ¿Estás dando órdenes a una huésped de esta casa en el corredor de las mujeres?

El guardia se volvió del todo. Bruno, el otro, el más joven, que hasta entonces había permanecido apoyado contra la pared sin decir nada, se enderezó con un gesto de alarma.

—Señora —dijo el de la cicatriz—. No pretendíamos...

—Pretendías mirar el rostro de la señorita mientras recupera el aliento. Lo he oído. —Nadira dio un paso, otro, hasta quedar a un metro de él—. Dime, ¿cuántos años tienes?

—Treinta y uno, señora.

—¿Tienes madre?

—Sí.

—¿La mirarías a la cara si saliera de un baño, con los ojos hinchados, y tú te hubieras plantado en la puerta con los brazos cruzados?

El hombre bajó la vista. Tenía el vaso de té olvidado entre los dedos, y un hilo de vapor le subía por la manga. Bruno tosió.

—Perdone, señora.

—No es a mí a quien debes pedir perdón.

—Perdone, señorita —murmuró el guardia, y Gianna sintió cómo la sangre le volvía lentamente a los dedos.

No respondió. Inclinó la cabeza, un cuarto de grado, la mínima expresión del asentimiento, y siguió bajando los ojos. Nadira apoyó una mano ligera en su codo, a través del chal, y la guio hacia delante con una autoridad tranquila, la de una dama que acompaña a una joven indispuesta. Samira las siguió, un paso atrás, con el velo azul pálido sobre los hombros y las manos juntas.




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