AHORA
La cabeza me está matando, me punza como si alguien hubiese jugado al football con ella.
Abro los ojos con mucha dificultad, los tengo secos y adoloridos. Mi garganta es un desierto, mi lengua se volvió arena mientras dormía.
Parpadeo un par de veces para ayudarme a enfocar. La habitación está casi a oscuras, a mis espaldas brilla una luz tenue, fría, azul, que apenas alumbra nada. El muro de piedra delante de mí no me es familiar, la sensación de la almohada en mi cabeza tampoco. No huele al suavizante de telas que me gusta.
—¿Jeremy? —Las palabras raspan como lijas al salir de mis labios—. ¿Jeremy?
—Tu noviecito no está aquí —responde una voz profunda y marcadamente masculina, su acento extraño me hiela los huesos.
Levanto la cabeza de la almohada, esta protesta con violentas punzadas que ignoro para girarme hacia la voz.
A unos metros de mí, de pie delante de una lámpara de piso, hay un hombre de casi dos metros de altura y espalda del ancho de un muro de ladrillos.
Todo vuelve de golpe; la limusina, el humo blanco…
Es el mismo sujeto y, como está delante de la luz, tampoco alcanzo a verle el rostro, pero su musculosa silueta es inconfundible, la voz también.
Me quito la pesada manta que me cubre el cuerpo. Aún traigo puesto mi vestido de novia, aunque ahora voy descalza.
La humedad del cuarto se me cuela a los huesos, pero esa no es la causa del estremecimiento que me recorre entera.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —pregunto en voz ronca que me araña la garganta al salir.
El corazón me late a toda prisa. Miro hacia uno y otro lado, en busca de una escapatoria, todo lo que veo son sombras y muros de piedra desdibujados en la oscuridad.
Nada a mi alrededor me indica dónde estoy o cómo llegué aquí. Mi mente es un torbellino de ideas. Acabé en manos de un tratante de blancas o algún loco que me sigue de redes sociales. He escuchado de casos de hombres que se obsesionan con extrañas que ven en internet y tratan de apoderarse de ellas en la vida real… Aunque él no parece el típico incel que una se imagina en esos casos.
El hombre camina hacia una mesa simple de madera al costado de la estancia. Sobre esta hay una jarra y un vaso de plástico. Llena el vaso con agua y se acerca a mí.
—Bebe esto, apuesto a que lo necesitas.
En lugar de tomar el vaso que él me ofrece, me contraigo sobre la cama. Mis ojos analizan los tatuajes que cubren su enorme mano antes de subir a su rostro.
Un par de ojos azul cielo me mira de vuelta. La familiaridad en ellos me consume; lo conozco, no tengo idea de dónde, pero lo he visto en algún lugar antes.
Me arremete un nuevo mareo, por un instante, creo que volveré a perder el conocimiento.
Mis dedos se aferran a la manta mientras yo me aferro desesperada a la consciencia.
No quiero desmayarme otra vez. Este sujeto es peligroso, su dura expresión me lo transmite a gritos. Necesito mantenerme despierta, pelear de ser necesario.
—Bebe el agua, te va a ayudar —dice él en voz fría.
Doy un par de respiraciones y estiro la mano para tomar el vaso. Esta tiembla tanto que me refreno de agarrarlo, si lo hago, derramaré el líquido.
Él se da cuenta de lo mismo, por lo que me acerca el vaso a los labios con inusitada delicadeza para un hombretón de su tamaño.
—Da sorbos pequeños —me indica antes de inclinar el vaso.
Bebo despacio, sin quitarle los ojos de encima. La frescura del agua llega como lluvia en un día de sequía. Mi malestar cede conforme el líquido baja por mi garganta.
La mejora me brinda nuevos bríos. Aparto el vaso con la mano.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —pregunto en tono fuerte y decidido, al menos más fuerte y decidido que antes.
El hombre se da la vuelta y camina despacio para devolver el vaso a su lugar.
Rebusco entre las mantas, por si acaso mi teléfono está en alguna parte, pero no lo hallo.
—Bienvenida a Crane Manor, tu hogar de ahora en adelante —dice en voz pausada, carente de toda emoción—. Para que tu estancia sea exitosa en mis dominios, hay una serie de reglas que debes seguir. Primero: Eres mía y harás exactamente lo que yo te diga, cuando yo lo diga. La palabra “no” desaparece de tu vocabulario desde este instante…
—¡¿Quién eres?! —grito exasperada.
Bajo los pies de la cama, el suelo de piedra está helado. Mi intención es levantarme en actitud desafiante, pero mi efímera mejora da de sí y un nuevo mareo me obliga a recargarme sobre el colchón.
Rechino los dientes, furiosa con mi cuerpo por no hacer lo que necesito.
—Escucha mis reglas con atención. Seguirlas te hará los días más llevaderos. —Bajo el tono frío hay una amenaza velada.
Inhalo y exhalo un par de veces hasta que el malestar cede y entonces giro el rostro para encararlo.
—No sé qué crees que estás haciendo, pero esto se cataloga como secuestro y es ilegal. Mi prometido es abogado y se va a encargar de que pases el resto de tu vida en la cárcel.
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Editado: 23.10.2026