ANTES
10 años atrás.
Colegio West Hill, Nueva York.
Ahogo un bostezo contra mi mano. Si el profesor Smith me ve, volverá a mandarme a detención. No puedo quedarme otra tarde a horas extra. Hoy hay casting y mamá perderá la cabeza si no llego.
Un par de risitas al fondo del aula de clase roban mi atención. Jill y Suzanne se están secreteando. Les sonrío cuando me ven y Jill gesticula con la boca que me contará el chisme en el receso. Asiento con expresión encantada. La verdad es que me vienen flojos los chismorreos de colegialas, pero, cuando hay que procurar el estatus social, una debe mantenerse al tanto de todo lo que ocurre en los pasillos del West Hill.
Es de vital importancia que mantenga mi popularidad y la amistad con todas las personas correctas, al menos las correctas según los estándares de Georgina Ponce.
Mamá me inscribió en este prestigioso colegio privado (que desconozco cómo podemos permitirnos) para que me relacione con la elite de la elite. Gente que pueda ayudar a avanzar mi carrera y asegurar mi futuro. Por ejemplo, el papá de Suzanne es dueño de una conocida agencia de publicidad. Si logro que me contrate para uno de sus comerciales a nivel nacional, mi carrera de modelo dará un salto impresionante.
—Señorita Ponce, la mirada al frente, por favor —dice el profesor Smith en voz cansina.
Giro el rostro hacia la pizarra. En ella hay nuevas fórmulas cuyo significado desconozco. Jamás se me ha dado bien la escuela. Soy medio cabeza dura y en las tardes, entre castings, sesiones de fotografía y lecciones de modelaje, no me queda tiempo para las tareas. Estoy aquí para construir relaciones y conectarme con la gente indicada, no para aprender química.
—Me disculpo, profesor Smith —digo en tono de niña buena, en lugar de ponerle los ojos en blanco como quisiera. Todo con tal de no irme a detención.
—Si pusiera la mitad del empeño a mi materia de la que pone a ser popular, no habría sacado una C en el último parcial. Aun me debe el trabajo de compensación. Recuerde que, de no entregarlo, reprobará la materia.
—Sí, profesor Smith. Ya casi lo tengo listo —miento. Ni me acordaba del dichoso trabajo.
Estoy F R I T A.
En mi libreta anoto con bolígrafo de glitter:
Haz el trabajo de química, ¡¡¡Urge!!!
—Yo puedo ayudarte con el trabajo, Jessa —susurra una voz con un fuerte acento británico.
Me giro hacia el enorme chico rubio con acné sentado en el pupitre junto al mío.
—Te agradezco, Magnus, eres el mejor —susurro de vuelta con una sonrisilla coqueta.
Sus rollizas mejillas se tiñen de rojo. Su piel blanca como una nube hace muy evidente cuando algo lo emociona.
—Puedo ir a tu apartamento esta tarde, haremos el trabajo juntos —propone.
—Eh… —La cantaleta de mamá no acabará nunca si llevo a casa al chico obeso que llegó del Reino Unido a medio año escolar. Magnus vive solo, rodeado de sirvientes en un apartamento en el Upper East Side. Nadie sabe por qué está aquí, ni quiénes son sus padres. Lo que significa que los Crane no pueden avanzarme de ningún modo en mi carrera como modelo, hecho que hace a Magnus una amistad indeseable a ojos de mi madre. Eso sin tomar en cuenta lo que el resto de la generación piensa de él. Las burlas de Jill y Suzanne serán implacables si se enteran que pasé la tarde con Magnus en mi apartamento—. Sería fantástico, Magnus, pero esta tarde tengo casting para un comercial de shampoo. De hecho, el resto de mi semana está saturada de actividades —me excuso con una mueca de disculpa.
—Oh… sí… claro, entiendo. En ese caso, yo podría hacer el trabajo y traerlo mañana —sugiere el chico con cierta timidez—. Me encargaré de que obtengas una A.
—¿Harías eso por mí? Magnus, eres mi salvavidas —exclamo tan entusiasmada como se puede estar a susurros—. Te agradezco tanto.
—Nada que agradecer, Jessa, lo hago con gusto —asegura él—. Por cierto, mucha suerte en tu casting. Seguro que te contratan, estarían locos si eligen a alguien más.
Mis labios se estiran en una sonrisa de gratitud.
Magnus me sonríe de vuelta, una de sus manos tira de su suéter por instinto. Es un tic que he notado en él, tiene pánico de que se le asome la panza por el borde de la ropa. Pobre, como si no todos pudiéramos ver lo enorme y protuberante que es su vientre.
—Crane, Ponce, la mirada al frente —espeta el profesor de química, abiertamente exasperado.
Ambos nos giramos hacia la pizarra. No obstante, por el rabillo del ojo noto que Magnus me lanza miradas de vez en cuando.
Suelto un aliento. Es evidente que le gusto y que le gusto un montón. Encuentro su enamoramiento enternecedor y aunque no le correspondo, le tengo cierto aprecio.
Magnus no es especialmente apuesto, ni carismático, pero es un buen compañero de clases y si su extraña situación familiar es la mitad de complicada que la mía, merece toda la simpatía posible.
La clase de química acaba tras lo que se siente un lustro.
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Editado: 23.10.2026