En manos de Magnus Crane

Capítulo 5

ANTES

10 años atrás.

Upper East Side, Nueva York.

Quedo con las chicas para arreglarnos juntas en el apartamento de Suzanne.

Jill llega antes que yo. Seguro han estado cuchicheando acerca de mí, pero, como hago siempre, ignoro esa punta de alarma en mi cabeza. Aun si las descubriera en plena sesión de cotilleo, ¿qué podría hacer? Ellas son princesas de Manhattan, hijas de familias respetables y bien posicionadas; yo soy la hija de una ex modelo con desórdenes alimenticios y un desconocido. Necesito su aprobación y amistad para sobrevivir el colegio y, más aún, para alcanzar mis metas. Confrontarlas no es una opción.

De la mochila saco tres vestidos cortos: uno púrpura, uno dorado y uno negro.

—Oh, Jessa, son fantásticos —exclama Jill y toma el vestido dorado para estirarlo delante de ella—. Qué estilo más sofisticado y sexy… muy vintage, además.

—¿De dónde los sacaste? —pregunta Suzanne al tiempo que pasa su mano por la tela del negro.

—Eran de mamá de cuando modelaba. Muchos diseñadores le regalaban los vestidos tras las pasarelas —digo, orgullosa de haberlas dejado boquiabiertas—. Pero los tienen que cuidar mucho, ¿me oyen? No sabe que los tomé y si les pasa cualquier cosa me matará.

—Descuida, tendremos cuidado —promete Jill sin quitar los ojos del vestido dorado—. Yo pido este. Me irá de maravilla.

—Yo el negro. —Suzanne pesca la prenda en un puño.

—Eso me deja con este —digo en tanto que tomo el púrpura.

Una vez que nos cambiamos, las ayudo a maquillarse. Mamá me enseñó de maquillaje desde los 10 años, así que he tenido 7 años de práctica, mucha más que Jill y Suzanne a quienes sus padres, como en cualquier familia normal, no dejaban usar cosméticos en la niñez.

—Vaya, Jessa, si lo de la modelada no pega, tienes futuro como asesora de imagen —dice Jill, sus ojos suben y bajan por su reflejo, incrédulos.

La realidad es que quedó espectacular y Suzanne también.

—Te agradezco, lo tomaré en cuenta —digo en tanto que guardo los rubores y labiales en mi mochila.

Un par de toques a la puerta con el dorso. El padre de Suzanne asoma la cabeza.

—¿Cómo van, jovencitas? ¿Listas para que las lleve a la fiesta? Oh… se ven muy hermosas. Hoy romperán corazones a diestra y siniestra —dice con media cabeza asomada dentro de la recámara.

—Gracias, señor Collins —decimos Jill y yo al unísono.

—Oh, papá, cierra la puerta. Me estás avergonzando —se queja Suzanne en tono chillón.

Mis entrañas se retuercen de envidia. Daría lo que fuera por tener un papá a quien correr de mi recámara.

—Lo siento, Sue. Las esperaré en la sala… —En lugar de cerrar la puerta, la atención del señor Collins se ancla a mi vestido como un imán. Mira la tela morada que se ajusta alrededor de mi cintura y cae por mis caderas—. El púrpura es tu color, Jessica —dice antes de por fin cerrar.

Lo primero que pienso es en mamá y lo encantada que estaría si hubiera presenciado los ojos que me echó el señor Collins.

Parte de mi esperaba que estuviera equivocada, que el papá de Suzanne no fuera tan predecible como para que se le fueran los ojos por una chica en un vestidito ajustado. ¿Por qué los papás no pueden simplemente comportarse como papás y no como hombres libidinosos? Debería darme gusto, porque eso significa que puedo sacarle provecho tal como mamá quiere, pero no me siento feliz, al contrario, su forma de mirarme me hizo sentir sucia. Casi me entran ganas de cambiarme y cubrirme de pies a cabeza… pero supongo que, tal como dice mamá, así funciona el mundo.

—Puedes decirle a tu papá que no es necesario que nos lleve, el apartamento de Ricky está a solo unas cuadras. Podemos tomar un taxi —dice Jill en tanto que se mira de arriba abajo en el espejo, embelesada por su propia imagen.

—Dudo que acepte. Mamá estuvo taladrándolo de que fuera un padre responsable en su ausencia. Va a querer dejarme hasta la puerta del edificio para poder decir que hizo su trabajo —replica Suzanne con los ojos en blanco.

—¿Dónde está tu mamá? —pregunto con la vista clavada en el pequeño bolso plateado que traje para llevar a la fiesta.

—En Boston en un viaje de trabajo —dice ella en tono de que siempre es lo mismo y, por lo que sé, así es, puesto que sus viajes de negocios son más que frecuentes.

Mi teléfono vibra dentro del bolso. Lo saco y miro la pantalla. Es un mensaje de Ricky. Llevo la vista a Jill, ella sigue embelesada con su propio reflejo. Abro el mensaje.

Ricky, 7:45PM: Te tengo una sorpresa para esta noche, no llegues tarde.

Leo el mensaje un par de veces y lo borro sin contestar. Devuelvo el teléfono al bolso discretamente, lo último que necesito es que Jill vea que Ricky me está escribiendo y asuma que quiero robárselo.

—Pues, ¿qué esperamos? Ya es hora —dice Jill sonriéndole a su propio reflejo.

El auto del señor Collins aguarda frente al edificio. Suzanne abre la puerta trasera y entra. Jill la sigue rápidamente.




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