En manos de Magnus Crane

Capítulo 6

ANTES

10 años atrás.

Upper East Side, Nueva York.

El portero del elegante edificio de la calle 82 nos deja pasar y llama al elevador por nosotras. Le agradecemos entre risillas.

El elevador abre en el último piso, lo primero que percibimos es el oleaje de las risas y voces exaltadas. Incluso el recibidor fuera del apartamento está a reventar de compañeros del colegio. Nos abrimos paso entre las personas, saludando e intercambiando cumplidos con quienes nos caen bien.

Suzanne, Jill y yo vamos con la barbilla en alto, orgullosas de las miradas de admiración que acompañan nuestro andar.

—Qué atinada idea fue usar los vestidos de tu mamá — cuchichea Jill con sus dedos aferrados a mi brazo.

Está encantada con como luce y todo gracias a mí. Entre más me gane a Jill, menos relevancia tendrá para el resto de la escuela quién es mi madre y lo que hizo en la junta de padres de familia. Mientras Jill me dé su visto bueno, al resto de West Hill no le quedará otro remedio que aceptarme también.

Entramos a una preciosa estancia con jarrones llenos de flores naturales. El estilo clásico y elegante del apartamento me sorprende, siempre pensé en Ricky viviendo en un lugar moderno y minimalista, pero es todo lo contrario. Muebles antiguos, cuadros enormes que bien podrían colgar de las paredes de un museo. Es bonito, pero inesperado.

—¡Ah, las invitadas de honor! —se alza la voz de Ricky sobre todas las demás personas.

Sigo el sonido, él se encuentra tras una puerta doble abierta de par en par que lleva a la sala.

Sin tener que ponernos de acuerdo, las tres nos encaminamos hacia allá.

Ricky emite un silbido cuando nos aproximamos.

—Vaya, ganarán el premio a las mejores vestidas, chicas. Dejen que les exprese mi más ferviente admiración, son todo un espectáculo —dice haciendo una exagerada reverencia.

—Qué mentiroso, Ricky —replica Jill roja como un tomate.

—Estoy diciendo la verdad. Qué vestidos más bonitos, parece que se los hicieron a la medida. —Al decir esto último Ricky me mira a mí, más bien, mira la tela morada que se ajusta a mi cuerpo—. ¿Cómo sabías que el púrpura es mi color favorito, Jessa?

Puedo sentir la rabia de Jill quemándome la nuca.

—No lo sabía, fue una coincidencia.

—Feliz coincidencia, sin duda —suspira él sin quitarme los ojos de encima y luego gira su atención hacia mis acompañantes—. ¿Les importa si les robo un momento a Jessa? Tengo una sorpresita para ella.

—Adelante, sólo promete que la devolverás intacta —bromea Suzanne.

—¿Qué sorpresa? —La pregunta de Jill lleva la fuerza de un cañón—. ¿Acaso es un secreto de Estado? ¿No podemos saber? Qué misteriosos se volvieron.

Está furiosa, primero lo del vestido y ahora esto. Tengo que hacer algo para remediarlo, por nada del mundo me puedo echar en contra a Jill Crawford.

—Seguro que sí pueden. ¿Verdad que sí, Ricky? Lo que sea que vas a mostrarme, ellas lo pueden ver también —digo asintiendo como una maniaca.

—De hecho no… es algo solo para ti… aunque la diversión será para todos más adelante.

Suzanne y yo ladeamos la cabeza tan en sincronía que si nos hubiésemos puesto de acuerdo no nos habría quedado mejor.

Por su parte, Jill cruza los brazos. Echa humo por las orejas y sé que soy yo quien lo pagará.

—¿Cómo que la diversión será para todos? Deja de hacerte el interesante, Ricky, solo dinos qué es —exige Jill.

Él pone los ojos en blanco. Cosa que, a juzgar por la brevísima contracción de la boca de Jill, la lastima profundamente.

—Paciencia, mujer, paciencia —dice antes de pescar mi mano y echarse a andar lejos de la gente.

Es una suerte que Jill no se nos eche encima antes de que salgamos del salón. Yo estoy tan anonadada que no atino qué hacer. ¿Forcejeo para soltarme y vuelvo con Jill para asegurarle que entre nosotros no hay nada? ¿Le sigo la corriente y espero que, si en verdad Ricky está interesado en mí, ser su novia me haga inmune a los ataques futuros de Jill?

Salgo con Ricky hacia un amplio pasillo. Al fondo hay una puerta verde olivo que asumo lleva al baño y a cada costado una blanca que tienen pinta de ser las recámaras.

—Muy bien, ¿estás lista para tu sorpresa?

Me suelto de la mano de Ricky y la contraigo contra mi pecho.

—¿Qué te traes entre manos? No puedes decirme que no te diste cuenta de lo enfadada que quedó Jill allá atrás. Literalmente iba a arrancarnos la cabeza —le digo.

Ricky suelta una risilla seca.

—Querrás decir figuradamente.

—¿Qué?

—Que Jill no nos iba a arrancar la cabeza en realidad, es una… ¿Sabes qué? Olvídalo. No tiene importancia. —Ricky se aclara la garganta y pasa su mano por su cabello negro—. Mi querida Jessa, esta fiesta puede ser una noche que recordemos por años y años. La mejor de nuestras vidas y todo depende de ti.




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