En manos de Magnus Crane

Capítulo 7

ANTES

10 años atrás.

Upper East Side, Nueva York.

Suzanne ronca suavemente en el asiento de atrás con su cabeza recargada sobre el hombro de Jill, quien poco a poco va cayendo también. Ambas bebieron bastante en la fiesta, pero creo que Suzanne más; se la pasó risa y risa con el chico que le gusta de su clase de Biología y ni siquiera se enteró de la debacle con Magnus.

Jill, en cambio, no hizo otra cosa que criticarme con Ricky y compañía, sus miradas altivas me siguieron a todas partes aun después de que Magnus se fuera a casa.

Abro y cierro mis dedos nerviosamente sobre mi regazo. Este pequeño acto de resistencia va a costarme muy caro. Jill se encargará de aplastar mi vida social, me quedaré sin amigos y entonces todo el esfuerzo de mamá por enviarme a una escuela privada acabará en la basura. ¿Qué conexiones formaré si nadie me dirige la palabra?

Los edificios pasan uno tras otro por la ventana mientras pienso en cómo salvar mi situación.

La mano del señor Collins cerrándose sobre las mías en mi regazo me saca violentamente de mis cavilaciones. Me giro hacia el asiento del conductor, él está con la vista al frente y, de cuando en cuando, mira al retrovisor.

—¿Estás bien? Pareces molesta por algo —dice en voz callada.

—Sí, estoy bien… solo un poco cansada —contesto tensa como una tabla.

El señor Collins me suelta y lleva su mano al volante en un movimiento perfectamente casual.

—¿Te divertiste? Seguro que lo pasaste bien con las chicas y tu novio. —Vuelve a mirar al retrovisor.

—No tengo novio.

—Ah, no me digas. Qué inesperado, uno pensaría que una joven tan guapa tendría novios a montones.

Estoy exhausta y rebasada de preocupación, quisiera girarme hacia la ventana y hacer el resto del trayecto en silencio, pero la voz de mamá en mi cabeza me dice que es mejor que aproveche la ocasión. Si Jill acaba con mi vida social, esta puede ser la última oportunidad que tendré de obtener la ayuda del señor Collins.

—¿Y usted se divirtió esta noche? —pregunto para seguirle la plática.

El señor Collins junta las cejas, como si mi pregunta lo hubiese tomado desprevenido.

—No realmente, me puse al corriente con algunos pendientes del trabajo, aun me quedan más por terminar…

—Lamento que haya tenido que interrumpir su trabajo para ir por nosotras.

El automóvil se detiene delante del edificio de apartamentos y el motor se apaga.

El señor Collins gira el rostro, sus ojos bajan a mis piernas en automático, se toma su tiempo para contemplarlas.

—No lo lamentes, lo hago con gusto —dice con una sonrisa ladeada.

Me fuerzo a sonreírle de regreso porque eso es lo que mamá querría que hiciera.

El señor Collins inclina el torso ligeramente hacia mí con su brazo sobre la cabecera de su asiento.

Tengo la impresión de que alguien succionó todo el aire dentro del automóvil; de forma súbita, me entran unas ganas terribles por abrir la puerta y salir a la calle.

—¿Ya llegamos? —masculla Suzanne en voz amodorrada.

La voz de su hija le cambia el semblante, pasa de depredador a gacela en un parpadeo.

—Sí, Sue querida, ya estamos en casa —contesta él antes de carraspear y se gira para abrir su puerta.

Yo hago lo mismo. Suzanne despierta a Jill y los cuatro entramos al edificio. Hacemos el viaje en elevador en completo silencio, Suzanne y Jill siguen adormiladas y luego solo hay un soñoliento “buenas noches” antes de que las tres entremos en la habitación de Suzanne.

En menos de diez minutos ya tenemos las pijamas puestas y estamos acostadas. Jill y Suzanne en la cama de esta y yo en el sofá cama junto a la ventana.

Aunque no es tan notorio porque todas estamos muy cansadas, no se me pasa por alto que Jill no me dirige la palabra. Mañana seguro que pone al corriente a Suzanne y le ordena que no vuelva a dirigirme la palabra tampoco. Ella la obedecerá, porque en West Hill y todos hacen lo que Jill dicta.

Me arrebujo debajo de la manta. A pesar del cansancio, tengo por seguro que no pasaré buena noche.

Suzanne apaga la luz y, antes de que pasen ni cinco minutos, vuelvo a escuchar sus suaves ronquidos.

Cambio de posición en la cama. Los estampados de la manga de mi pijama son ligeramente fosforescentes, una varita mágica y la frase El niño que sobrevivió. Pienso en Magnus y la convención de Harry Potter a la que quiere llevarme. Suena divertido, es una lástima que aceptar signifique alentarlo y no quiero darle falsas esperanzas… Aunque, si Jill hace lo que creo que hará, Magnus terminará siendo mi único amigo en la escuela.

Pasa un rato sin que logre conciliar el sueño. Doy una vuelta tras otra en el sofá cama. Algo me está molestando y no solo es la preocupación por mi inminente caída social… ¡Los dientes! Olvidé cepillarme los dientes. No hay nada peor que dormir con la boca sucia.




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