ANTES
10 años atrás.
Upper East Side, Nueva York.
No pegué el ojo en toda la noche, las horas se me fueron en una interminable agonía de suspenso y malestar. La incertidumbre es tortuosa. Si al menos supiera qué planea hacer Jill con esa foto.
Después de llamarme asquerosa, la cruel pelirroja se fue a la cama y se rehusó a decir otra palabra. Si creía que estaba en problemas antes, ahora estoy acabada. Si Jill le muestra esa fotografía a Suzanne o a cualquiera, todos creerán lo que no es. La pose es demasiado comprometedora para pasarlo como algo inocente… Mamá me dio la instrucción de hacerle pensar al señor Collins que tenía una oportunidad conmigo y ahora todo West Hill creerá que la tuvo.
Para cuando Jill y Suzanne despiertan, yo ya llevo horas sobre el sofá cama con las piernas encogidas contra el pecho y los nervios de punta.
—Buenos días —las saludo en voz temblorosa.
Suzanne me devuelve el saludo, Jill ni siquiera me voltea a ver.
Hago intento tras intento de al menos mirar a Jill a la cara, pero ella me esquiva habilidosamente mientras nos alistamos. Su actitud no hace sino potenciar mi intranquilidad.
—Sue, ¿va a desayunar tu papá con nosotras? —pregunta Jill al tiempo que se abotona los jeans.
La aludida se encoge de hombros.
—Conociéndolo, ya se fue al gimnasio. Pasará ahí medio sábado —replica ella en tono de que le da lo mismo.
—Oh, qué lástima, habría sido bueno verlo. ¿No lo crees, Jessa?
La maliciosa pregunta me aguijonea el pecho.
—Si tú lo dices —mascullo sin aliento.
Suzanne alterna su mirada entre ambas y luego procede a ponerse el top.
—¿Tienen resaca? A mí la cabeza me está matando —comenta dando un masaje a sus sienes.
—Te traeré un vaso con agua —ofrece Jill y se encamina hacia la puerta.
Ni me lo pienso. La sigo a la cocina.
Alcanzo a Jill cuando apenas está estirando el brazo hacia la alacena. Mi mano sobre su hombro la hace girar el rostro y me lanza una mirada despectiva en cuanto se percata de que soy yo.
—Jill, por favor, deja que te explique…
—Nada qué explicar. Todo fue muy claro.
—¡No! Lo que viste anoche…
—Buenos días, chicas.
La sangre abandona mi cuerpo.
Ambas nos giramos hacia la señora Collins que va entrando a la cocina.
—¡Qué susto! —exclama Jill con la mano en su corazón—. No sabía que ya había vuelto de su viaje, señora Collins.
Sus palabras suenan casi a risa. En la retorcida visión de Jill, esto se pone cada vez mejor.
—Llegué apenas esta madrugada, tomé un vuelo tardío anoche… Me alegra enterarme de que no las desperté al llegar, supongo que ninguna es de sueño ligero —dice de camino al fregadero para dejar una taza de café vacía—. ¿Qué les parece si nos preparo algo de desayunar a las cuatro? Que sea una mañana de chicas.
—¿Su esposo no desayunará con nosotras? —inquiere Jill.
Su hincapié en la palabra esposo va dirigido a mí y me da directo en el pecho.
—Patrick volverá más tarde, él no perdona sus sábados de gimnasio —dice la mujer, inadvertida de la tormenta que se fragua entre Jill y yo en estos momentos.
—Ah, sí, su esposo está en muy buena forma, señora Collins. Jessica, tú también lo has notado, ¿no? Seguro que sí, seguro que piensas también que el señor Collins está en excelente forma.
En mis sienes se forman enormes gotas de sudor que bajan pesadas y llenas de ansiedad.
—Oh, que no te oiga Patrick o se le subirán los humos —ríe la señora Collins—. Díganme, ¿ya despertó Sue? ¿Qué tal les fue anoche?
—Genial, fue una gran fiesta. ¿Quiere que le muestre una foto de anoche? Le va a encantar —ofrece Jill al tiempo que saca su teléfono del bolsillo trasero de su pantalón de mezclilla.
Giro el cuello con tanta fuerza que casi me desnuco. La visión se me torna borrosa por la presión. ¿Será capaz de enseñarle LA foto?
—Claro, muéstrame —pide la señora Collins con una sonrisa de oreja a oreja.
—Jill…
Mi voz suplicante cae en oídos sordos. Jill camina hacia la señora Collins con la pantalla del teléfono dirigida hacia ella.
La violencia de mis emociones me provoca una oleada de mareo. Me tomo de la encimera para no perder el equilibrio.
Jill llega delante de la señora Collins y le pone el teléfono directamente a la cara.
—¡Ah! —chilla ella—. ¡Pero qué lindas se ven Sue y tú con esos vestidos! ¿De dónde los sacaron?
El alma me regresa al cuerpo. Aferro mis dedos a la fría encimera en espera de que mi corazón desbocado se apacigüe.
—Eran de la mamá de Jessa. Nos los prestó para la fiesta. Resulta que Jessa es muy compartida, no le molesta prestar, ni tomar prestado… ¿verdad, Jessa?
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Editado: 23.10.2026