ANTES
10 años atrás.
Colegio West Hill, Nueva York.
Los lunes siempre son pesados, pero este lunes es peor a cualquier otro en mi memoria. Jill no contestó ni uno de la decena de mensajes que le envié preguntándole si había forma de convencerla de borrar la fotografía. Jamás mencioné a Magnus en mis mensajes, por si acaso a ella no se le llegase a ocurrir esa posibilidad, no quería ponérsela en bandeja de plata.
Cruzo las enormes puertas de West Hill con escalofríos en la sangre. Parte de mí espera que haya copias de la fotografía pegadas en todos los casilleros y puertas, que mis compañeros empiecen a gritarme de todo en cuanto me vean y terminen sacándome del colegio como aldeanos enfurecidos contra el monstruo del pueblo.
Nada de aquello sucede. La gente en West Hill vive su lunes con normalidad. Van y vienen por el pasillo, preparándose para la primera clase de día, sin prestarme la menor atención.
Me dirijo dubitativa hacia mi casillero y entonces los veo entre el mar de cabezas: Ricky y Jill cuchichean entre risas junto a la puerta del salón de química.
La mirada que Jill me lanza es un golpe al esternón. ¿Cómo fue que dijo? Una imagen habla más que mil palabras y sé exactamente a qué vienen cuando ambos se dirigen hacia mí.
—Hola, Jessa, ¿qué tal tu fin de semana? —pregunta Ricky al tiempo que pasa sus dedos por su sedosa cabellera negra—. Acabo de enterarme de la buena noticia. Según dice Jill, logró convencerte de ayudarnos con Gordosaurio. ¿Es verdad?
La culpa se me enrosca en las tripas. Esto será horrible.
Jill y yo cruzamos miradas. La amenaza en sus ojos es palpable.
—Ya te lo dije, Ricky, puedo ser muy persuasiva y Jessa hará lo que le pidamos. ¿Verdad, Jessa? —contesta Jill por mí.
—Sí —confirmo con un nudo en la garganta.
Ricky aplaude, sus ojos refulgen como un niñato malvado.
—¡Magnífico! Qué bueno que recapacitaste, Jessa. Esto será hilarante.
Suelto un callado quejido. Es el remordimiento de consciencia que ya empieza a molestarme de forma anticipada.
—Si tú lo dices… —suspiro—. Entonces, le haré creer a Magnus que quiero que me bese, ¿es eso?
—Oh, no, nada tan sencillo —me corrige Ricky—. Dado que Jill me informa que estás en la mejor disposición para apoyarnos, no pienso desperdiciarlo en niñerías. Lo del beso queda cancelado.
Le lanzo una mirada interrogante a Jill, pero esta se hace la loca.
—No entiendo, ¿qué pretenden que haga? —inquiero intranquila.
—Aún no lo tengo claro. Debo pensarlo con detenimiento. Por ahora, solo puedo garantizarte que le sacaré jugo al asunto, de eso no hay duda. A ese mantequilloso le tiene que quedar claro que no hay lugar en West Hill para alguien como él. Haré que pida su cambio de escuela. Lamentará el día que puso un pie en Nueva York.
Echo la cabeza hacia atrás.
—Espera… creí que solo le gastarían una broma, ¿de qué hablas? —balbuceo.
—Eso haremos, pero será una broma que le deje claro lo mucho que todos lo detestamos —dice Ricky con el encogimiento de hombros más casual, como si estuviéramos charlando sobre sabores de helado y no de lastimar a alguien.
—Oh, pero eso es demasiado… —protesto.
Ricky pone los ojos en blanco y se gira hacia Jill.
—Lo sabía. No va a ayudarnos, nada ha cambiado —le reclama con profunda decepción.
—Para nada, Ricky. Jessa solo está hablando por hablar. Te garantizo que ella seguirá tu plan al pie de la letra. ¿Verdad, Jessa? —La fría mirada de advertencia me perfora por dentro. No tengo opción y ambas lo sabemos.
—Sí… al pie de la letra.
Las horas hasta el receso se me hacen eternas. No presto atención a las clases, estoy absorta en mis propios pensamientos, no dejo de especular acerca del plan de Ricky y, entre más horas pasan, más aumentan mis temores.
Entro a la cafetería con la espalda cubierta en sudor y palpitaciones en el pecho. Ricky me hace una seña para que me aproxime a su mesa, como Don Corleone hablándole a uno de sus compinches.
Las risillas maliciosas de Jill, Mike y Peter, me anticipan que voy a odiar cada segundo de lo que sea que están tramando.
Tomo asiento con el mismo entusiasmo que un condenado en el corredor de la muerte.
—¿Y? —inquiero secamente.
Ricky se inclina hacia delante, sus amigotes imitan el movimiento.
—El plan ya está en marcha. Le estamos haciendo creer a Magnus que estás perdidamente enamorada de él, que te tiene loca. Yo se lo dije, Mike y Peter se lo dijeron también. Ahora solo hace falta que tú se lo confirmes. Que le hagas creer que es el hombre de tus sueños.
—¿Y eso para qué? —pregunto muy a mi pesar.
—Para que se anime a pedirte que seas su novia… Vamos a hacerle creer que siempre has soñado con una declaración pública de amor, que deseas que te pida que seas su novia delante de todos o no aceptarás. Lo convenceremos de que lo haga mañana aquí mismo, en la cafetería, a la hora del receso que estén todos —me indica Ricky entre risa y risa—. Y cuando te pida ser su novia, tú lo rechazarás con cajas destempladas. Le dirás que preferirías morir a ser la novia de un asqueroso Gordosaurio como él…
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Editado: 23.10.2026