A veces, una vida entera cabe en un instante.
Un segundo de fuego.
Una palabra no dicha.
Una mirada que tiembla antes de volverse decisión.
Nunca supe en qué momento exacto cambió todo, pero lo hizo.
Como cambia el aire antes de una tormenta, como cambia el silencio cuando alguien deja de respirar.
No hay mapas para el infierno, ni brújulas para los que nacimos entre ruinas.
Aprendimos a caminar sin saber hacia dónde, con los puños cerrados y la memoria llena de nombres que ya no están.
Y aún así, seguimos.
Porque había algo más fuerte que el miedo.
Algo que ardía dentro.
Algo parecido al amor.
O al dolor.
A veces es difícil distinguirlos.
Nos dijeron que era imposible, que contra ciertos nombres no se lucha.
Que algunas familias son eternas.
Pero no lo eran.
Nada lo es.
Y ahora, al mirar atrás, solo quedan las cenizas de un imperio que parecía invencible.
No voy a contar una historia heroica.
Esto no va de mártires ni de redenciones perfectas.
Va de grietas.
De heridas que aprendimos a llevar sin que nos detuvieran.
De cómo algunos corazones, aunque rotos, siguen latiendo con más fuerza que nunca.
Esto es lo que queda cuando todo arde.
Esto es lo que somos cuando ya no queda miedo.
Esto es memoria.
Esto es verdad.
-Lara.