Madrid no duerme. Solo se arrastra.
A estas horas, Lavapiés parece un recuerdo borroso de sí mismo: los bares cerrando a medias, las calles húmedas como si hubieran llorado silencio, y ese olor persistente a orina, tabaco y restos de sábado.
Hay un zumbido constante, casi invisible.
La ciudad respira como un animal viejo, cansado, que todavía no ha decidido morirse.
Voy sola.
No por elección, sino por costumbre.
El asfalto brilla bajo los faroles como una piel tensa.
Cada paso suena demasiado alto.
Llevo el portátil apretado contra el costado como si fuera una bomba.
Quizá lo es.
Lo que contiene (códigos, rastros de transferencias, un nombre y una dirección) podría cambiar el equilibrio de poder en media Europa si llegara a las manos equivocadas.
Y aún así, estoy más preocupada por un puto cigarro sin mechero.
El cuerpo humano tiene prioridades absurdas cuando está al borde del abismo.
Me paro frente a un parada de autobús.
El cartel iluminado parpadea con un anuncio de perfumes que nadie mira.
A lo lejos hay una figura sentada en el banco de metal, con las piernas abiertas, el cuerpo encorvado, como si llevara horas esperando algo que no va a llegar. La nube de humo que la rodea es densa, pero flota como presagio.
La veo de perfil.
Pelo corto, desordenado, oscuro.
La mandíbula tensa.
Ropa que no pide aprobación.
Hay algo en su quietud que me resulta peligroso.
Como si el aire alrededor de ella se comportara distinto.
La energía que desprende no ocupa espacio: lo reconfigura.
Me acerco sin decidirlo del todo.
Me arde la ansiedad entre los dedos y el cigarro ya está mordido.
La necesidad rompe mi lógica habitual.
—¿Tienes fuego?— le pregunto.
No me responde.
Solo extiende la mano con un mechero de plástico azul, y sigue fumando indiferente, como si yo fuera parte del paisaje.
Pero me mira.
Y me ve.
Lo noto.
Hay miradas que son un inventario.
La suya me desmonta sin tocarme.
Enciende algo más que el cigarro.
Devuelvo el mechero y me siento en el otro extremo del banco.
Ese metro de distancia que separa a los extraños me parece, de pronto, una línea demasiado delgada.
El silencio se estira entre nosotras, denso, cargado de algo que no sé nombrar.
—No eres de aquí— dice, al fin.
—¿Y tú si?— respondo.
—Nací en Carabanchel, pero me echaron del barrio. Ahora solo soy de donde duermo.
No sé si es broma o confesión.
Tiene una voz grave, algo rasgada, como si se estuviera peleando con mil madrugadas y hubiera perdido en casi todas.
—¿Y tú qué haces aquí a estas horas?— añade sin mirarme.
—Trabajo.
—¿Cajera de supermercado con horarios infames?
—Hackeo cuentas bancarias. Y a veces, sistemas de seguridad.
Levanta una ceja.
Apenas perceptible.
Como una grieta en el mármol.
—Interesante.
Apaga el porro contra su zapatilla y saca una bolsita de plástico pequeña.
Brilla bajo la farola como si escondiera joyas.
—Yo también trabajo. Aunque lo mío va más por el lado de los pecados clásicos.
—¿Eso es MDMA o sólo azúcar caro?
—¿Importa?
La miro.
Ella me mira.
Un instante suspendido.
Y algo se activa.
No es deseo.
Es algo más primitivo.
Curiosidad, fascinación.
Esa sensación de que alguien puede llevarte a donde no deberías ir, y que parte de ti quiere que lo haga.
Tiene una belleza que no es amable, sino afilada.
No es el tipo de mujer que buscas; es el tipo que encuentras y luego no puedes olvidar.
Y, aunque me resisto, mi mirada se queda en ella un segundo más de lo prudente.
—¿Cómo te llamas?— me preguntó.
—¿Importa?
Sonríe.
No es una sonrisa amable.
Es una prueba.
—Lara.
-Zero.
—¿Zero?— arqueo una ceja. —¿Ese es tu nombre real?
Ella encoge ligeramente los hombros, como si la pregunta no tuviera importancia.
No parece un nombre.
Más bien una declaración.
Como si detrás de esa palabra no quedara nada, o como si todo empezara ahí.
Silencio.
Una moto pasa a lo lejos.
Una farola parpadea.
El viento trae un eco de grito: podría ser dolor, podría ser fiesta.
En Madrid, a estas horas, las dos cosas suenan igual.
—¿Por qué estás sola?— le pregunto, sin pensarlo demasiado.
—¿Y tú?
—No me gustan las multitudes.
—A mí no me gustan las personas.
—Yo soy una persona.
—Tú pareces un acertijo.
Y ahí está.
El primer golpe.
Uno suave, pero que deja marca.
Una frase lanzada como quien lanza una piedra al agua solo para ver si rebota.
Zero se levanta de pronto.
Yo me tenso.
Pero no hace nada.
Solo se estira, se sacude el polvo del pantalón y me lanza una mirada rápida.
—Tengo que mover algo. Si te interesa, podrías venir.
—¿Mover algo?
—Gente aburrida lo llamaría “una entrega”. Gente más honesta lo llamaría “una apuesta con riesgo de cárcel”.
—¿Y tú cómo lo llamas?
—Una excusa para seguir hablando contigo.
Me quedo quieta.
El cigarro consumido entre mis dedos.
Ella ya camina, sin esperar respuesta.
Confía en que la seguiré.
Y, contra toda lógica, lo hago.
Porque hay noches que huelen a peligro.
Y otras que huelen a destino.
Esta huele a ambas cosas.
Y a ella.