No hay mapas para este tipo de conversaciones.
No hay señales, ni advertencias.
Solo una sucesión de frases como si fueran piedras lanzadas al agua para comprobar cuán profundo es el pozo que tenemos enfrente.
Cada vez que Zero habla, se revela y se oculta al mismo tiempo.
Dice poco, pero cada palabra parece tener un peso que no corresponde a su tamaño.
Y esa forma de mirar… hace que lo que calla pese el doble.
Estamos ahí, paradas junto a una pared que no da sombra, pero guarda algo.
Tensión.
Pausa.
Una especie de paréntesis que se niega a cerrarse.
El aire está inmóvil, como si la noche nos estuviera observando desde algún rincón.
Zero se ha encendido un cigarro.
No tiene prisa.
No la he visto mirar el reloj ni una vez.
El humo asciende lento, como si obedeciera sus tiempos, no los del mundo.
Da la impresión de que el tiempo es una criatura que se le ha rendido, o que al menos la respeta lo suficiente como para dejarla fumar en paz.
-¿Qué hacías antes?- le pregunto de repente.
-¿Antes de qué?
-De esto. De la calle, de vender, de... la versión actual de ti.
Silencio.
Sus ojos se apartan de mí.
Mira hacia la oscuridad del callejón.
Como si buscara allí una palabra que no quiere pronunciar.
Cuando habla, su voz sale de un lugar que tiene polvo y telarañas.
-Tenía un perro. Le puse el nombre antes de tenerlo. Me hacía ilusión.
-¿Cómo se llamaba?
-Huracán.
Sonrío sin poder evitarlo.
-¿Y qué pasó?
-Se fue. O le hicieron irse. Nunca lo supe.
No me mira.
Se concentra en el humo que se disuelve frente a nosotras.
Y en ese silencio, siento que el recuerdo le duele más de lo que está dispuesta a admitir.
El humo parece dibujar el contorno de algo que ya no está.
-¿Y tú? -me lanza la pregunta como si me devolviera una deuda.
-Yo fingía. Mucho. Estudiaba cosas que no me importaban. Salía con gente que me aburría. Dormía en una cama grande, en una casa donde nadie hablaba de nada que doliera. Una vida de catálogo.
-¿Y lo rompiste todo?
-No. Solo lo desactivé. Como un software viejo.
Sus labios se curvan apenas.
-Qué poético.
-No me hables de poético tú, que llamaste Huracán a un perro.
Se ríe.
Es un sonido seco, breve, pero real.
Y ese sonido me desarma.
No es una risa de cortesía: es una grieta por donde se cuela algo vivo.
La miro, y me doy cuenta de que quiero escucharla reír otra vez.
Entonces, sin aviso, se sienta en el suelo, apoyada contra la pared.
Se acomoda con la naturalidad de alguien que ha aprendido a descansar donde puede, sin pedir permiso.
-¿Te molesta la suciedad?- pregunta.
-No. Me molesta más la gente limpia por fuera y podrida por dentro.
-Entonces estás en buena compañía.
Dudo un segundo, luego me siento a su lado.
Mis pantalones finos tocan el cemento frío y húmedo.
No me importa.
Nunca me he sentido tan cómoda en una incomodidad.
El silencio se instala entre nosotras.
Pero no es vacío.
Es un silencio que respira, que late.
El tipo de silencio que solo existe cuando hay algo que ninguna de las dos quiere romper todavía.
Casi puedo sentir el calor que irradia su cuerpo, una distancia de centímetros que se vuelve enorme y mínima a la vez.
Me descubro observando la forma en que sostiene el cigarro, la manera en que exhala, el leve temblor de sus dedos.
Su piel tiene esa textura de la gente que ha vivido sin red.
-¿Por qué te quedaste?- me dice.
Su voz es baja, sin tono de reproche.
Solo curiosidad.
-¿Dónde?
-Aquí. Conmigo. Podrías haber seguido tu camino. Dijiste que estabas trabajando.
-Y tú dijiste que vendías pecados clásicos. Me pareció una buena empresa para asociarse.
Zero sonríe de lado.
No lo suficiente como para que parezca ternura.
Solo lo justo para que yo me quede un poco más.
Y nos quedamos ahí.
Dos desconocidas en una ciudad que se traga a las que se distraen.
Dos historias mal contadas.
Dos versiones parciales de verdades que aún no están listas para salir.
Y sin embargo, algo fluye.
No hay roce.
No hay promesas.
No hay intención de nada.
Pero sí hay algo.
Esa sensación de que estás ante una persona que puede arrastrarte a lo más hondo de ti misma sin tocarte un solo pelo.
Me doy cuenta de que no quiero irme.
Y ella lo sabe.
Lo noto en la forma en que no dice nada, en cómo su cuerpo se queda quieto, esperando, como si entendiera que el momento no debe romperse.
-¿Dónde vives?- le pregunto.
-No sé si lo llamaría “vivir”. Hay un piso, hay un colchón, hay humedad en el techo. Pero nadie me espera, y eso tiene su encanto.
-¿Y si te esperaran?
-No sabría qué hacer. Probablemente no iría.
-Entonces estás jodida.
-Desde los quince, más o menos.
Me pasa el cigarro.
Lo acepto.
Sus dedos rozan los míos apenas, y la piel me arde más de lo que admito.
Doy una calada.
Sabe fuerte.
Como ella.
Como esto.
-No sé cuánto más voy a aguantar en esta ciudad, y no sé cómo aguantas tú- confieso, como si se lo dijera a la noche.
-Yo no aguanto. Yo resisto. Hay diferencia.
-Explícala.
-Aguantar es esperar que algo cambie. Resistir es saber que no va a cambiar, pero quedarte igual.
Cierro los ojos por un segundo.
No porque esté cansada.
Sino porque la escucho demasiado.
Y eso me asusta.
Cuando los abro, ella me está mirando.
Su expresión es ilegible.
Ni dura ni suave.
Solo… presente.
Yo tampoco digo nada.
Pero algo se parte.
Algo se abre.
Como si el mundo se detuviera un instante para observarnos.
Y sé, sin saber por qué, que no será la última vez que la vea.
Ni la más tranquila.