En medio de todo, tú.

Capítulo 3: Fugas invisibles.

A ciertas horas, cuando las calles están vacías y los portales murmuran cosas que nadie quiere oír, la ciudad se convierte en una piel agrietada que guarda secretos debajo.
Me gustan esas horas.
Es cuando el mundo se olvida de sí mismo, y yo también.

He pasado los últimos días aislada.
Como hago cuando algo dentro de mí tiembla.

El trabajo me da excusas.
Me envuelve.
Me justifica.
Paso horas delante de pantallas encendidas, teclados calientes, redes abiertas como venas expuestas.

Pero la verdad es que no quiero pensar en ella.
Y cada vez que intento ocuparme en otra cosa, ahí está.
Zero.

No sé qué hace su imagen en mi cabeza.
No hemos intercambiado más de unas pocas frases, no sé su apellido, ni si Zero es su nombre real o un muro tras el que se esconde.

Dicen que en los barrios los nombres pesan, pero los apodos protegen.
Y el suyo suena a eso: a vacío, a punto de partida, a alguien que lo perdió todo y decidió empezar desde cero.

Pero hay algo en su silencio que se me ha quedado dentro.
Una amenaza suave.
Un enigma con cuerpo.
Cada vez que cierro los ojos, la veo encenderse un cigarro con una calma que parece violenta.

Estoy frente a cinco monitores distribuidos como los ángulos de un altar moderno.
La habitación está en penumbra, iluminada solo por los LEDs y la luz mortecina del flexo.
Un cigarro arde entre mis dedos, dejando una espiral fina de humo que se enreda en el aire viciado del cuarto.
No sé si lo fumo por costumbre o por necesidad; tal vez por ambas.

Mis dedos no paran, pero mi mente... sí.

Estoy trabajando en lo que llamo “Proyecto Fractal”.
No tiene nombre oficial.
Nunca los pongo.
Me dedico a buscar patrones anómalos entre sistemas, transacciones, datos públicos que no deberían cruzarse.

Hoy el sistema lanzó una alerta silenciosa:

Coincidencia parcial con infraestructura propia.

Parpadeo.
Me acerco.
Aspiro una calada corta, el humo me araña la garganta, pero me mantiene aquí, enfocada.

Alguien ha replicado una arquitectura de red que es prácticamente idéntica a una de las mías.
No un hackeo.
No un intento de acceso.
Una imitación.
Como si alguien hubiese reconstruido una versión corrupta de mis servidores desde fuera.

Me incorporo.
Mi corazón da un pequeño salto.
Esto no es normal.
En mi mundo, el silencio es seguridad.
Y lo que siento ahora es como un zumbido a punto de convertirse en grito.

El sistema me lanza otra alerta:

ANÓMALA DETECTADA
PUERTO 3373 ABIERTO SIN AUTORIZACIÓN
IP ORIGEN: 192.94.73.254

Me quedo quieta.
Esa dirección no está registrada.
No existe.
Pero está viva, y me está mirando.

Un rastro salta ente servidores en Serbia, Berlín, Londres... y luego se apaga.
Como si se hubiera desconectado a sí mismo en el momento exacto en que lo localicé.

Alguien me está observando.
No para entrar, no para robar.
Para probar mis límites.

Mi respiración se altera.
Lo noto en los dedos: más rígidos, menos precisos.
El cigarro se consume solo, olvidado en el cenicero, igual que la calma.

Mi mente salta.
¿Robo industrial? ¿Hackers del mercado negro? ¿Agencias?

No.
Esto es más personal.
Más quirúrgico.

El acceso, aunque breve, tocó una carpeta sensible.
No es que llegaran a datos comprometidos directamente, pero vieron mis estructuras internas, las capas falsas con las que oculto rastreos reales, y (lo más grave) algunas rutas cifradas de análisis que solo yo uso para conexiones privadas.

Entre ellas, una que enlazaba con un servidor temporal que utilicé justo después de conocer a Zero.
Una carpeta titulada simplemente “Interacción #7”.
No contiene nada visible, solo una cadena de metadatos: lugar, hora, fragmentos de audios.
Me gusta registrar los puntos que podrían ser... coincidencias peligrosas.
Encuentros.
Momentos extraños.

Y ahora alguien sabe que eso existió.

Me levanto de golpe.
Camino.
Trato de frenar el pensamiento.

Y entonces, como una descarga eléctrica que no se disipa, vuelve Zero.
Esa imagen.
Su mirada medio ladeada.
Su forma de hablar como quien escupe una verdad con azúcar.

¿Por qué ella? ¿Por qué no se va de mi cabeza?

Miro la pantalla de nuevo.
Hay una carpeta que no existía antes.

“Zerotría.txt”

No la abrí.
No la creé.
No recuerdo haberla descargado.

La abro con el pulso tenso.
Solo una línea escrita.

“La curiosidad es el lenguaje del peligro. Nos vemos pronto”

Abajo, como si fuera una posdata invisible, hay una palabra entre metadatos:

ZERO.

Me aparto de la pantalla.
Y ahí, por primera vez en años, siento miedo real.
No del mensaje.
Sino de lo que despierta dentro de mí.
Porque no sé si esta amenaza viene de mis enemigos.
O de alguien que, sin quererlo, ya ha entrado.

No en mis sistemas.

En mí.




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