Había algo en el aire esa tarde.
Algo que no sabía a primavera.
Olía a catástrofe.
A silencio contenido.
Me pasé el día encerrada, sin atreverme a abrir los dispositivos.
Como si encender una pantalla fuera darle permiso al desastre a sentarse a mi lado.
El aire de la habitación se había vuelto espeso, eléctrico.
Todo en mi cuerpo estaba alerta.
Como si esperara un disparo.
Pero no llegaba.
Solo la espera.
Solo el eco de una amenaza que no acababa de materializarse
Caí en la tentación a media tarde.
No al ordenador.
A algo peor: mi propio instinto.
Salí a caminar.
No sin rumbo. Con una idea fija.
Volví a aquella parada.
Donde la había visto la primera vez.
El banco seguía allí, frío y manchado.
Como si guardara memoria de aquella noche.
Me senté con la calma de quien espera a que ocurra un accidente.
Las horas se arrastraron.
Los cigarrillos se consumieron como preguntas sin respuesta.
Y entonces apareció. Zero.
Pero no estaba sola.
Caminaba con una mujer.
Alta, morena, con tatuajes y una chaqueta de cuero que parecía haber sobrevivido a varias peleas.
Pero lo más inquietante no fue su aspecto, sino la forma en la que hablaba con Zero.
Se reían, se empujaban.
Había complicidad.
Historia.
Zero le dio un codazo y la mujer respondió con una sonrisa que no era peligrosa, sino cálida.
No era una clienta.
Era su amiga.
Las seguí con cuidado, sin que me vieran.
No corría.
Solo mantenía la distancia suficiente para no perderlas.
El sol se moría sobre los tejados de Lavapiés cuando se internaron en Vallecas.
Las calles se alargaban, cada esquina olía distinto: gasolina, humedad, algo quemado.
Se detuvieron frente a una puerta roja pintada con una “R” plateada.
Zero le dio un golpe en el hombro y se despidió con un gesto leve, como si fuera rutina.
Luego giró la esquina y desapareció calle abajo.
La otra mujer se quedó un instante quieta antes de entrar.
Esperé dos minutos.
El tiempo suficiente para que el valor y la curiosidad se confundieran.
Luego me acerqué y golpeé dos veces la puerta.
Me abrió la misma tipa con cara de viernes a las seis de la mañana.
Ojeras profundas, camiseta negra, tatuajes que parecían hechos con rabia.
El humo del interior se escapaba a bocanadas.
Me miró de arriba abajo, sin disimulo.
Como si me clasificara mentalmente en algún tipo de categoría que no me convenía.
-¿Tú? -dijo, con una voz ronca.
-Vengo de parte de Zero.
No sé por qué dije eso.
Fue instinto.
Mentira o no, funcionó.
La tipa me observó unos segundos más, luego se apartó.
-Entra.
Dentro, el local parecía una trastienda de bar de carretera.
Luz baja, humo denso, olor a cerveza caliente y algo más: miedo.
El miedo tiene olor.
Metal oxidado y sueños rotos.
-Tú eres la chica del ordenador, ¿no?- dijo mientras cerraba la puerta.
Me tensé.
-¿Cómo sabes eso?
-Zero habla. Poco, pero habla. -dejó que el humo escapara por la comisura de sus labios. -Dijo que eras… rara. Como un secreto con piernas.
Su forma de hablar era tranquila, pero cada palabra venía con filo.
-No sabía que hablaba de mí.
-Tampoco dijo tu nombre. Solo que te había encontrado por accidente. Y que los accidentes no existen.
Me quedé callada.
No sabía si me estaba probando o si realmente sabía algo.
-Rachel- se presentó, al fin. -Ella y yo... somos como hermanas. Crecimos en la misma mierda.
-¿Hermanas? -pregunté, solo para alargar el tiempo.
-De sangre no. De calle. -se encogió de hombros. -Lo mismo, pero con más cicatrices.
La creí.
No solo por cómo lo dijo, sino por la tristeza fugaz que se asomó en su voz.
Como si hablara de una guerra que las había dejado marcadas a las dos.
-Algo está pasando- dije- Y creo que ella está metida.
Rachel bufó una risa seca.
-No “creas”. Ella está siempre metida. Zero vive en el límite. Si no hay peligro, lo inventa.
Hizo una pausa.
-El problema -continuó. -es que ahora alguien más la está mirando. Alguien que no debería. -
¿Tú sabes quién?
-No. Pero lo siento cerca. -sus ojos se clavaron en los míos. -Y si tú has venido hasta aquí, es porque ya lo hueles también. Eso no es casualidad.
Me quedé quieta.
Había algo hipnótico en su calma.
No era una amenaza, pero sí una advertencia.
-¿Qué sabes tú de mí? -pregunté.
Rachel soltó una calada y sonrió sin humor.
-Solo lo que se ve. Una mujer con más preguntas que respuestas. Y con esa forma de mirar… como si todo el tiempo estuvieras hackeando a la gente.
Me estremecí.
No era solo paranoia. No era solo atracción.
Había algo más profundo latiendo bajo esa conversación.
Cuando me di la vuelta para irme, Rachel me detuvo.
Abrió un cajón detrás del mostrador y sacó un paquete de tabaco.
Lo sostuvo entre los dedos, girándolo despacio antes de ofrecérmelo.
-Lo han dejado antes aquí -dijo. -Sabiendo que tú vendrías.
Fruncí el ceño.
-¿Cómo que “sabiendo”?
-Solo repito el mensaje. No sé qué tiene dentro, pero seguro que te interesa.
No pregunté más.
Había aprendido que, con gente como ella, insistir era una forma de tentar la suerte.
Guardé el paquete en el bolsillo.
Ella me observó un momento más.
Luego asintió, casi con respeto.
Salí sin mirar atrás.
El aire afuera era más frío, pero también más limpio.
Caminé sin rumbo fijo, con el paquete en el bolsillo y el corazón latiendo como un mensaje cifrado.
Aquella noche, ya en mi habitación, encendí el flexo y abrí el paquete de tabaco.
Dentro, envuelto en un papel, había un pendrive negro.
Escrito en un lateral, con rotulador rojo: