Dormí mal.
No por el insomnio habitual, sino porque todo en mí temblaba, aunque el cuerpo permaneciera quieto.
Como si la noche entera me hubiera estado susurrando advertencias que no podía recordar.
Me desperté con la sensación de que alguien me había tocado en sueños.
El pendrive seguía sobre la mesa.
Inerte.
Inocente.
Pequeño como un insecto, pero capaz de inocular veneno.
Estuve tentada de dejarlo ahí, de olvidarlo, de fingir que no me lo habían dado.
Que Rachel no existía.
Que Zero no existía.
Pero eso era mentira, y las mentiras solo sirven para alargar el dolor.
Encendí el portátil, aislado de la red.
Modo seguro.
Cifrado total.
Accedí al entorno sandbox que había creado para cosas que nunca deberían existir.
Inserto el dispositivo.
Un solo archivo: “NO_TE_ENGAÑES.exe”
Cero virus conocidos, pero demasiadas líneas de código ofuscado.
Un ejecutable que no buscaba infectar, sino revelar.
Lo abrí.
Un terminal.
Texto blanco sobre fondo negro.
Una sucesión de líneas apareció como si alguien escribiera en tiempo real.
Bienvenida, Lara.
Sabes más de lo que deberías, pero menos de lo necesario.
No intentes rastrear esto. Te estoy mirando desde más sitios de los que imaginas.
Una pausa, luego:
Ella no es lo que crees.
Y debajo, sin aviso, una serie de carpetas encriptadas empezó a desplegarse. I
mágenes.
Grabaciones.
Conversaciones.
Un par de nombres.
Una dirección IP que no coincidía con ningún proveedor público.
Una firma digital que, al abrirla, llevaba un nombre que conocía.
No personalmente, pero sabía quién era: Comisario Andrés Valero.
La sangre me bajó de golpe.
¿Por qué alguien conectaba a un alto mando de la Policía Nacional con Zero? ¿Por qué yo estaba viendo esto? ¿Por qué a mí?
Desconecté el pendrive de golpe.
Apagué el sistema.
Cerré el portátil.
Me alejé como si acabara de despertar una bestia dormida.
No era solo miedo.
Era algo peor: la sospecha de que una desconocida empezaba a importarme más de lo que debía.
Esa tarde decidí salir.
Respirar.
Sacarme el ruido de la cabeza.
Encendí un cigarro.
El humo me arañó la garganta, pero el ritual me calmó.
Siempre había algo hipnótico en el acto de fumar: el gesto, el fuego, el humo que se disuelve y se lleva un poco de ti con él.
Seguí caminando por Lavapiés, dejándome llevar por calles que olían a especias, gasolina y cemento mojado.
Estaba perdiendo el control.
Y eso, para alguien como yo, era lo más parecido al pánico.
Pensé en mis padres, en la casa que no pisaba desde hacía años, en lo que ellos pensarían si supieran en qué se había convertido su hija prodigio.
Pensé en las noches frente al ordenador, creyéndome intocable, y ahora todo parecía una broma de mal gusto.
Un mal cálculo.
Había jugado a ser invisible y, de repente, alguien me veía.
Y lo que era peor: alguien jugaba conmigo.
Las aceras eran un desfile de rostros anónimos, y en algún rincón de mí misma, buscaba el suyo.
Aunque no sabía por qué.
No tenía ningún motivo para pensar que volvería a verla.
Pero entonces...
La encontré.
En un mercado.
Zero estaba apoyada en una columna de hierro, encendiendo un cigarro con una calma casi ofensiva.
El mechero reflejó un destello breve en sus ojos.
Chaqueta negra, pantalones anchos, la misma expresión de quien no espera nada del mundo, pero tampoco le teme.
Había algo en su postura que irradiaba peligro y serenidad a la vez.
Una quietud que parecía aprendida a base de sobrevivir.
Y aun así, era imposible no mirarla.
Me detuve sin pensar.
Dudé en acercarme.
Tal vez debería haberme marchado.
Tal vez no tenía sentido interrumpirla.
No sabía si me reconocería, si recordaría siquiera aquel encuentro casual.
Pero entonces levantó la mirada.
Y me vio.
Una leve sonrisa se dibujó en su cara.
No era cálida.
Era algo más parecido a un desafío contenido.
-¿Tú otra vez?- dijo, soltando el humo lentamente. -¿Me estás siguiendo o el destino es un cabrón con sentido del humor?
El tono era mitad burla, mitad curiosidad.
No supe qué responder.
Decir que había terminado ahí por azar habría sido una estupidez.
Decir la verdad, peor todavía.
-No sabía que estarías aquí- murmuré, sintiéndome torpe de inmediato.
-Yo sí. Sabía que pasarías por aquí. -su mirada me escaneó como si leyera más de lo que decía. -Tú pareces de las que no se alejan cuando algo las intriga.
La tensión era palpable.
Como electricidad antes de una tormenta.
Cada palabra, cada gesto, parecía medir algo invisible.
-¿Vienes mucho por aquí?- pregunté, intentando sonar casual.
-A veces. Hoy vengo a ver a alguien- hizo una pausa. -Pero ya he visto a quien tenía que ver.
Su voz tenía esa forma de escudo que esconde más de lo que revela.
Me sentí desnuda bajo su mirada.
Vulnerable.
Y al mismo tiempo, extrañamente alerta.
Como si algo importante estuviera a punto de suceder.
-¿Qué sabes sobre mí?- le pregunté.
Zero soltó una carcajada breve, como si no se esperara la pregunta, pero le divirtiera.
-Nada. Y eso es lo que me intriga.
El silencio entre ambas fue más elocuente que cualquier frase.
A lo lejos, la ciudad seguía su ritmo, pero allí dentro el tiempo se ralentizó.
Zero miró alrededor, luego señaló una pequeña tienda de especias al fondo del mercado.
-Ven. Quiero enseñarte algo.
-¿Por qué yo?
-Porque si ya estás en esto, más vale que entiendas lo que miras. A veces el peligro no es saber demasiado. Es creer que no sabes nada.