Pasé toda la noche dando vueltas en la cama mientras la cabeza trabajaba como una máquina sin descanso.
Zero. El móvil. Las fotos.
Todo eran piezas que no encajaban, como un rompecabezas al que le faltaban partes del marco.
No había lógica en todo aquello.
Solo tensión. Ruido.
Y ella.
Esa forma de mirarme.
Como si supiera algo que yo no conozco.
Como si todo esto fuera un plan del que yo no había sido informada.
Me preparé un café amargo y me senté frente al portátil, sin encenderlo aún.
Estaba en ese punto exacto en el que la razón me decía que saliera corriendo, que esto no me pertenecía.
Que ya no era solo una curiosidad pasajera, una investigación inocente.
Que había cruzado una línea.
Y que del otro lado no había garantías.
Pero había otra voz dentro de mí.
Más profunda.
Más callada.
Mas firme.
Que decía:
Ya estás dentro, Lara.
Zero había dicho que no la buscara si no estaba dispuesta a ver cosas que no podría olvidar.
Y tenía razón.
El problema era que ya las había visto.
No del todo, pero lo suficiente como para que retirarse fuera imposible sin quedar atrapada en la incertidumbre.
Encendí el ordenador.
No abrí el navegador de inmediato.
Me quedé mirando el fondo de pantalla: una imagen vieja.
Era una foto mía, más joven, sonriendo con una chica de pelo rizado y sonrisa tímida.
Nuria. Mi mejor amiga.
La única persona que parecía entenderme entonces.
La que se quedó atrás cuando me fui de casa, cuando abandoné los pasillos familiares, el colegio privado, los silencios helados de la cena con mis padres.
Nuria, que se volvió un recuerdo más borroso con cada año.
Pero que aún vivía ahí, en ese archivo olvidado.
Me invadió un dolor sordo.
Culpabilidad.
Algo parecido a la pérdida.
Y en ese instante pensé:
¿Qué pensaría Nuria si supiera en lo que me he metido? ¿Qué diría si supiera que me estoy dejando arrastrar por una camella con pasado incierto, metida en algo que ni siquiera logro entender?
Sacudí la cabeza.
Volví al presente. Volví a Zero.
Empecé por lo básico.
Quería saber más de ella.
Pero el nombre solo no me llevaba muy lejos.
“Zero”.
Demasiado simple.
Revisé bases de datos públicas, redes sociales, foros alternativos.
Nada concreto.
Algunas coincidencias, pero ninguna con su cara.
Era como si no existiera.
O como si se encargara personalmente de que nadie pudiera demostrar que sí.
Y ahí estaba otra vez esa sensación incómoda.
Esa certeza de que Zero no era solo un apodo.
Era una elección. Un mensaje.
Me adentré en registros antiguos de detenciones menores, tráfico de sustancias, hurtos, grafitis.
Busqué en informes policiales de barrios marginales.
De pronto, una imagen granulada llamó mi atención.
Una chica de pelo corto, con aire masculino, de mirada desafiante.
No era ella del todo, pero se parecía. Mucho.
Había sido arrestada en 2016, pero el informe estaba parcialmente censurado.
Intenté acceder al archivo completo, pero no estaba en ningún sistema abierto.
Ni siquiera en los reservados.
Estaba... oculto.
Enterrado.
Como si alguien lo hubiera borrado a propósito.
Y eso, lejos de disuadirme, solo aumentó mi obsesión.
Revisé el rastro de direcciones IP desde donde se había accedido a ese expediente antes de su eliminación.
Una coincidencia: una IP privada vinculada a un servidor fantasma, sin ubicación física concreta.
Era el tipo de red que conocía.
Gente del submundo. Del tráfico de información.
Hacker sin cara.
Policías corruptos.
O algo peor.
Decidí entrar.
Me llevó más de una hora romper la primera capa de cifrado.
Otra hora más para navegar el laberinto de archivos muertos, de carpetas señuelo, de rutas falsas.
Pero encontré algo.
Una carpeta sin nombre, solo una fecha: 14/08/2018.
Dentro, vídeos, audios, escaneos de informes médicos y documentos falsificados.
Y en el centro, un archivo nombrado simplemente como: “Z”.
Mi pulso se aceleró.
Lo abrí.
No era un perfil.
No era una ficha policial.
Era un seguimiento.
Informes detallados de una operación encubierta.
Una mujer infiltrada en una red de tráfico y blanqueo de dinero.
Se mencionaban nombres en clave.
Rutas de entrega.
Contactos policiales.
Una red tan grande que no parecía real.
Pero nada decía claramente que fuera ella.
Ninguna foto. Ningún apellido.
Solo datos sueltos.
Fragmentos de una historia.
Pero había algo más.
Una grabación de audio.
Una voz masculina, clara, pausada, con un deje autoritario, decía:
“La infiltrada, asignada como “Z”, ha superado los niveles de confianza con el objetivo primario. Ha sido aceptada en la red como miembro operativo. Sin embargo, hay indicios de inestabilidad emocional. Ha manifestado dudas sobre la naturaleza de su misión y ha tenido comportamientos que indican una identificación peligrosa con los sujetos investigados. Sospechamos que está empezando a perder la noción de su identidad real. Si continúa así, podría volverse un activo no confiable. Requiere evaluación urgente.”
Apagué el ordenador de inmediato.
Mi corazón latía como un tambor en medio del pecho.
¿Era ella? ¿Zero era esa infiltrada? ¿O alguien más usaba ese nombre en clave? ¿Y por qué todo esto estaba oculto con tanto misterio?
Las dudas se multiplicaban como virus en un sistema infectado.
Y sin embargo, sentí algo parecido a un alivio.
Porque si todo esto era cierto, entonces Zero no era solo una camella callejera.
Era alguien mucho más complejo.
Más profundo.
Mas peligroso.
Y tal vez por eso me atraía como lo hacía.