No pude dejarlo pasar.
Después de escuchar aquella grabación, no dormí en toda la noche.
La voz del hombre seguía repitiéndose en bucle.
“Asignada como “Z”... pérdida de identidad... activo no confiable...”
Era como si el universo me estuviera empujando hacia una respuesta, y al mismo tiempo la escondiera bajo capas de humo y sangre.
Decidí dar un paso más.
Tenía una sola pista sólida: Rachel.
Ella era el eslabón.
La única persona que parecía conocer realmente a Zero.
Se notaba en su forma de hablarla, en cómo se movían juntas.
Con esa sincronía que solo se obtiene al sobrevivir al mismo infierno.
Si alguien podía saber algo útil, era ella.
Fui al bar donde trabajaba.
No tenía cartel luminoso, ni ventanas abiertas, solo una puerta metálica con una mirilla que se abría con desconfianza.
Tuve que esperar unos minutos hasta que alguien decidió dejarme entrar.
Dentro, el aire olía a cerveza vieja, a humo y a silencio.
Rachel estaba detrás de la barra, limpiando vasos con una calma que parecía ensayada.
Tenía esa manera de moverse de quien lo ha visto todo y no piensa sorprenderse por nada.
Me acerqué.
Ella levantó la vista y sonrió apenas, sin amabilidad.
—La hacker— dijo sin dejar de secar. —¿Qué necesitas?
—Una copa. Y una conversación. En ese orden— me senté frente a ella.
—No te ves como alguien que bebe a esta hora.
—Hoy es una excepción.
Asintió con un leve gesto y me sirvió whisky sin preguntar.
El líquido ambarino cayó en el vaso con un sonido breve, casi íntimo.
Encendí un cigarro.
El mechero iluminó mi rostro por un segundo.
El humo subió lento, mezclándose con el olor rancio del bar.
Rachel observó el gesto con una media sonrisa.
—Tú y Zero… mismas costumbres.
—¿Fumar?
—No. Encender cosas cuando deberían quedarse apagadas.
Le di una calada, dejando que el silencio trabajara por mí.
—He visto a Zero dos veces. Pero hay algo en ella que no encaja— hablé sin mirarla. —Y me gustaría entenderlo. No por curiosidad. Por seguridad.
Rachel apoyó el vaso, clavando los ojos en mí.
—¿Y qué te hace pensar que yo voy a ayudarte a entenderla?
—Porque la conoces— respondí con calma. —Y porque tú también pareces cansada de mantener secretos.
Sus labios se curvaron en una mueca breve.
—No sé qué te ha dicho, ni qué crees haber visto. Pero si estás preguntando por ella... deberías pensártelo mejor.
—¿Es peligrosa?
—No más que el mundo que la rodea. Pero eso no la hace inmune a las consecuencias.
Su tono era seco, sin dramatismo, pero con peso.
Bebió de su propio vaso y me sostuvo la mirada.
—¿Por qué me preguntas todo esto?
—Porque hay algo en marcha. Algo grande. Y creo que ella está más metida de lo que aparenta.
No dijo nada.
Pero algo en su rostro se oscureció.
Antes de que pudiera preguntar más, la puerta trasera del bar se abrió.
No con timidez, sino con violencia.
El ambiente cambió.
Rachel tensó la mandíbula.
—Mierda— susurró. —Ven, ahora.
Me agarró del brazo y me escondió detrás de la barra.
El contacto fue brusco.
Casi urgente.
Desde allí, agachada, podía ver el reflejo de la puerta en el espejo de las botellas.
Una silueta entró.
Grande, desaliñada.
Olor a sudor, metal y rabia.
—Busco a la zorra— dijo una voz rasposa.
—Aquí no hay ninguna zorra. Largo— respondió Rachel, con ese tono de quien no va a retroceder.
—No juegues conmigo, Rachel. Sé que trabaja contigo. Sé que la cubres.
El tipo avanzó un paso.
Los cristales del estante tintinearon con su peso.
Rachel no retrocedió.
—Te lo diré una vez más: vete.
—Tú y yo sabemos que no lo haré.
El tipo dio otro paso.
Yo podía ver la empuñadura de un cuchillo brillando bajo su chaqueta.
El aire se espesó.
Mi corazón martilleaba en los oídos.
Entonces, otra puerta se abrió.
Una corriente de aire entró.
Y con ella, Zero.
Apareció desde el pasillo trasero, como un eco que había cobrado forma.
Su voz fue un filo:
—Te dije que no te quería cerca.
El hombre giró hacia ella, sonriendo con una mueca rota.
—Tú no me das órdenes. No a mí. Tú y yo tenemos cuentas pendientes, Zero.
—No tenemos nada pendiente. Ahora, largo.
—Tú te lo estás buscando, niñata.
La pelea comenzó abruptamente.
El sonido de un taburete cayendo, un vaso que estalla.
Zero era rápida, precisa.
Pero el tipo estaba fuera de sí, enloquecido por algo más que rabia.
Intercambiaban golpes con violencia contenida, cada movimiento era brutal.
No era solo una pelea.
Era un ajuste de cuentas.
El hombre sacó el cuchillo, logró herirla en el costado.
Zero soltó un grito ahogado, pero no se detuvo.
Contraatacó con rabia, con algo más que instinto: con memoria, con desesperación...
La pelea se alargó, chocando contra las paredes del local.
Rachel intentó intervenir, pero Zero la detuvo con una mirada: esto era suyo.
Y aunque estaba perdiendo sangre, no dio un paso atrás.
Finalmente le redujo, pero quedó de rodillas junto al cuerpo inconsciente, respirando con dificultad, la camiseta empapada de rojo.
Rachel corrió a socorrerla.
Yo salí de mi escondite.
Nuestros ojos se cruzaron.
Había algo roto en ella.
Algo que no era solo físico.
Una súplica silenciosa.
Como si esperara que me fuera.
Como si no soportara que la viera así.
Y sin embargo, yo no podía apartar la mirada.
Ni quería.
Sentí una punzada en el pecho.
Rachel me miró.
—Ahora entiendes por qué te dije que te alejaras.
Pero no lo entendía del todo.
Solo sabía que, por mucho que quisiera protegerme, ya estaba metida hasta el fondo.
Porque, aunque doliera, las versiones de esa verdad... me estaban llevando cada vez a vez más cerca de lo que quería saber.