En medio de todo, tú.

Capítulo 8: Silencio en la penumbra.

El silencio tras la pelea era más pesado que el estruendo de la violencia que la había precedido.

Quedé sola en el local.
Junto a los restos dispersos del enfrentamiento.
Taburetes volcados, cristales rotos, una gota de sangre que se deslizaba lentamente por la pata de una mesa.

Rachel se había llevado a Zero por la puerta trasera.
Vi cómo la ayudaba a caminar.
Cómo ella se apoyaba en su hombro sin resistencia.

No dije nada.
Solo las observé desaparecer, con la herida aún fresca en su costado y el misterio que la envolvía como una segunda piel.

Me quedé allí, sin saber por qué exactamente.
Tal vez para darme la oportunidad de pensar.
Tal vez porque irme en ese momento habría sido aceptar que no quería saber más.

Me puse a recoger los restos.
A veces, hacer cosas con las manos ayuda a calmar la mente.
Colocar taburetes, barrer cristales, poner vasos derechos aunque estuvieran partidos.
Cada pequeño acto era como si intentara recomponerme a mí misma también.
Aunque en el fondo sabía que no bastaría.

No supe cuánto tiempo pasó hasta que Rachel volvió.
Traía la camiseta manchada de sangre seca, pero los ojos más tranquilos.
Se quedó un instante en la puerta, mirándome, antes de hablar.

—Te agradezco que hayas esperado aquí— dijo, con voz áspera pero sincera.
—No tenía claro si debía irme o no— le respondí, mientras dejaba un vaso roto sobre la barra. —Pero algo me decía que quedarme era lo correcto.

Rachel asintió despacio.
Se acercó y se sentó en uno de los taburetes.

—¿Sabes? No mucha gente se queda cuando la cosa se pone fea. Menos aún si no tienen nada que ganar.
—Quizá no quiero ganar nada. Quizá solo... necesito entender.

Se quedó en silencio unos segundos, observándome.
Luego, cogió una botella medio vacía y dos vasos que aún estaban enteros, sirviendo un poco en cada uno.

—Entenderla a ella no es fácil— murmuró. —Y no te voy a mentir, tampoco es algo que yo haya logrado del todo. Pero hay una cosa que sí sé: si te dejó verla en uno de sus peores momentos, es porque hay algo en ti que la remueve.
—No estoy segura de que eso me tranquilice— dije, tomando un sorbo.
—Ni yo— sonrió con cansancio. —Pero míralo de esta manera: cuando algo te remueve por dentro, es porque no puedes ignorarlo.
—¿Y tú? ¿Qué eres para ella?

Rachel se encogió de hombros.

—A veces amiga. A veces escudo. A veces… lo más parecido a familia que tiene.

Hizo una pausa.

—Llevo años a su lado, y aún así… hay cosas de ella que no alcanzo. Cosas que no cuenta, y otras que creo que ni ella misma recuerda o quiere recordar.

Su mirada se perdió un instante, fija en nada.

—Con Zero, nunca sabes si te está dejando entrar o solo mostrando la parte que quiere que veas.

Nos quedamos en silencio por un momento.

El local seguía desordenado, pero parecía menos amenazante.
Como si el caos se hubiera asentado en una calma momentánea.

—¿Puedo verla?— pregunté al fin.
—Sí. Pero no esperes respuestas claras. No las vas a conseguir hoy. Ni mañana, quizá nunca.
—No vine buscando respuestas. Solo... no quería dejarla así.

Rachel asintió, se levantó y señaló hacia las escaleras.

—Primera puerta a la izquierda. No toques fuerte, está descansando. Aunque dudo que esté dormida.

Subí despacio, con el corazón latiéndome en los oídos.
Cada peldaño crujía como si advirtiera que aún estaba a tiempo de dar media vuelta.
No lo hice.

Al llegar frente a la puerta, dudé.
No sabía si querría verme.
No sabía si yo misma estaba lista para enfrentar lo que sentía cada vez que la miraba.

Toqué con suavidad.
Silencio.
Luego, una voz baja.

—Pasa.

Empujé la puerta.

Zero estaba sentada en el borde de la cama, con una camiseta nueva y un vendaje improvisado.
El pelo revuelto, el rostro más pálido, pero los ojos… los ojos seguían siendo un incendio.

—Pensé que te habrías ido— murmuró.
—Yo también lo pensé. Pero no lo hice.
—¿Por qué?
—No lo sé exactamente. Tal vez porque... no quiero que todo esto quede como un misterio más sin resolver.

Ella ladeó la cabeza, observándome en silencio.

—No todos los misterios están hechos para resolverse, Lara. Algunos solo existen para recordarte que hay cosas que no debes tocar.
—¿Y tú eres uno de esos?

Zero dejó escapar una risa breve, ronca.

—Depende de quién pregunte.

Me acerqué un poco, pero sin invadir su espacio.
Me encendí un cigarro para calmar los nervios.
Me senté en una silla junto a ella en la cama.
Ella bajó la mirada por un momento, y luego volvió a encontrar la mía.

—¿Qué crees que estás resolviendo, Lara?
—Todavía no lo tengo claro. Pero sé que no puedo dejar de intentarlo.

El silencio se alargó.
Afuera se escuchaba el eco lejano de una moto, y el tic-tac del reloj se volvió casi insoportable.

Zero se incorporó un poco.
Cogió el cigarro de mis dedos y le dio una calada sin pedirme permiso.
Lo sostuvo un instante, mirándome con algo que no supe leer del todo.

—Tienes un problema con el peligro— dijo al fin. —Se te nota en la forma en que te acercas a él.
—¿Y tú no?
—Yo hace tiempo que dejé de llamarlo “problema”.

Había algo quebrado en su voz, pero no era debilidad.
Era esa clase de dolor antiguo, endurecido, que se lleva como una cicatriz que aún arde con ciertas miradas.

—¿Alguna vez confías en alguien, Zero?

Ella tardó en responder.
Su mirada se desvió hacia la ventana cerrada.

—Lo intenté una vez. No salió bien.
—¿Y ahora?
—Ahora... solo intento sobrevivir.
—Y yo... ¿qué soy en todo esto?

Por un instante, algo brilló en su expresión.
No fue una sonrisa, pero se le pareció.

—Eres la pregunta que no sé si quiero responder.




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