Habían pasado tres días desde aquel incidente en el local de Rachel.
Tres días en los que Zero no había vuelto a aparecer.
Yo tampoco la busqué.
No sabía si por orgullo, por prudencia o por miedo a lo que podía descubrir si la empujaba demasiado.
Y sin embargo, no podía dejar de pensar en ella.
En cómo me había mirado.
En lo que no había dicho.
En la herida que sangraba mucho más por dentro que por fuera.
Me refugié en mi rutina de siempre: pantallas encendidas, códigos fluyendo como ríos de tinta, algoritmos, firewalls, accesos restringidos.
Pero esta vez no era una investigación más.
Esta vez, el objetivo tenía nombre y una mirada imposible de olvidar.
Había empezado a escarbar en los fragmentos de información que tenía, cruzando nombres, fechas y lugares.
Algo no encajaba.
Zero, o al menos lo poco que me había contado de ella, no coincidía con ciertos rasgos digitales que encontraba.
No había aún nombres completos, ni ubicaciones específicas, pero sí un patrón.
Una serie de archivos ocultos detrás de sistemas de seguridad demasiado sofisticados como para pertenecer a un grupo callejero.
Y en uno de esos archivos, encontré algo que me aceleró el corazón: una lista de códigos que parecía una secuencia de seguimiento.
Uno de los códigos coincidía con mi ubicación IP.
¿Me estaban rastreando? ¿Desde cuándo? ¿Por qué?
Cerré todo de inmediato.
Desconecté el equipo de la red.
Revisé cada rincón de mi pequeño apartamento, buscando cámaras ocultas, micrófonos, incluso interferencias.
Y entonces, una curiosidad casi suicida me empujó a volver a encender el equipo, a seguir hurgando.
En lo más profundo de una carpeta que no debería existir, encontré una grabación.
Voz masculina, distorsionada.
“... la infiltrada sigue activa. Ha comprometido las comunicaciones de los últimos envíos. No podemos permitir otra fuga.”
Corté la reproducción.
La piel se me erizó.
No sabía si Z era Zero.
No quería saberlo todavía.
Pero mi instinto me decía que esa conexión no era casualidad.
Apagué el portátil y lo encerré en una caja metálica con aislamiento electromagnético.
Me senté a oscuras.
En silencio.
De fondo, los sonidos amortiguados de la ciudad, los coches en la distancia, algún grito lejano, una sirena sin urgencia.
Esa noche salí a caminar.
Madrid tenía ese aire espeso cuando anochecía, como si los secretos flotaran en la humedad de sus callejones.
Pasé por Lavapiés, por la parada donde vi a Zero por primera vez.
Me detuve.
Observé.
Nada.
O eso creí.
Seguí andando, y entonces lo sentí: una vibración extraña en el pecho.
Como si alguien me observara demasiado cerca.
Crucé una calle.
Me detuve frente a un escaparate cerrado.
Y ahí, en el reflejo del cristal, vi una figura que no reconocí.
Un hombre. Abrigo oscuro. Gorro bajo.
A paso lento, como quien no quiere parecer apresurado.
No dudé.
Aceleré el paso, tomé un desvío por una callejuela lateral.
Escuché sus pasos también.
Cada vez más cerca.
Doblé otra esquina.
Crucé por una puerta de emergencia de un edificio antiguo.
Escaleras.
Cuatro pisos.
Subí de dos en dos, hasta una azotea abierta al cielo de Madrid.
Esperé.
Los pasos se detuvieron abajo.
No subió.
No lo vi más.
Entonces sonó mi móvil.
Solo una notificación.
Un mensaje sin número:
“Deja de buscar. O no podrás dejar de correr.”
Me quedé inmóvil.
Y ahí, mientras la ciudad parpadeaba bajo mis pies, entendí algo.
Todo esto no era solo sobre Zero.
Ni sobre mí.
Había algo más grande, algo más oscuro.
Volví a casa sin respirar.
Desbloqueé el portátil, mis manos temblando levemente.
Necesitaba una pista, una conexión.
Y fue entonces cuando encontré algo más.
En una base de datos cifrada, entre miles de líneas de texto sin sentido aparente, una imagen dibujada.
Una captura de una cámara de vigilancia.
Dos figuras.
Una parecía femenina.
La otra, borrosa.
Fecha: hacía cinco años.
Pero había algo en esa silueta.
Algo que se parecía demasiado a ella.
Mi pulso se aceleró.
¿Era posible que ella llevara metida en esto desde hace tanto? ¿Quién era realmente? ¿Y por qué ahora, por qué conmigo?
Y aunque no quería admitirlo, había una parte de mí (una muy terca) que deseaba que todo fuera una coincidencia.
Que no fuera ella.
Que Zero no fuera la infiltrada.
Que no fuera culpable de nada más que de robarme la tranquilidad desde aquella primera mirada.
Pero las coincidencias, lo sabía bien, no existían.
Y aún así, no podía dejar de buscarla.
No por curiosidad.
No por deber.
Por algo que me costaba reconocer.
Algo que palpitaba cada vez que pensaba en ella.