Las preguntas se amontonaban como cristales rotos bajo los pies.
Y Zero... Zero se estaba convirtiendo en una sombra que me seguía incluso cuando cerraba los ojos.
No me lo pensé demasiado.
Fui al único sitio donde tenía alguna posibilidad de encontrarla: el local de Rachel.
Necesitaba verla.
Necesitaba respuestas.
Necesitaba entender quién era realmente y por qué todo mi mundo parecía inclinarse hacia ella sin permiso.
La calle estaba más silenciosa que de costumbre.
Un silencio tenso, como el que precede a la tormenta.
Al doblar la esquina y acercarme al local, lo vi todo en cámara lenta.
Dos coches de policía aparcados en doble fila.
Un grupo de agentes uniformados y civiles.
Luces rojas y azules reflejadas en los charcos de la acera.
Gente mirando desde los balcones.
Murmullos, móviles grabando.
Y en el centro, esposada y con la cabeza gacha.
Zero.
Mi pecho se contrajo.
Me detuve al borde de la acera, como si un muro invisible me impidiera avanzar.
El sonido del mundo parecía amortiguado, ahogado por el estruendo de mi propio corazón.
Un agente la empujó suavemente hacia el asiento trasero de uno de los vehículos.
Y ahí fue cuando la vi levantar la mirada.
No me buscaba a mí.
Buscaba a Rachel.
Estaba de pie en la acera, completamente inmóvil, con los brazos cruzados y una expresión más grave que nunca.
—¡Eh, cuidado con ella!— gritó Rachel cuando uno de los policías la empujó con más fuerza de la necesaria.
—Está arrestada por presunto asesinato. No se entrometa— respondió uno de los agentes.
Presunto asesinato.
Las palaras me golpearon como un puñetazo en el estómago.
Me acerqué con cuidado, oculta entre la gente.
Lo suficiente para escuchar.
El nombre de la víctima flotaba en el aire: Elías Ronda.
Lo encontraron en su apartamento, apuñalado varias veces.
Sin señales de lucha, sin testigos.
Solo una cámara en el portal que mostraba a Zero entrando con él, y después, nada.
Solo Zero saliendo horas más tarde, sola, con la capucha puesta y sin rastro de nerviosismo.
Me colé entre los curiosos, evitando llamar la atención, hasta llegar al lado de Rachel.
Su mandíbula estaba tensa, los ojos fijos en el coche patrulla, pero las manos le temblaban ligeramente.
Se obligaba a mantener la calma, pero era evidente que estaba a punto de romperse.
—¿Qué está pasando?— pregunté, en apenas un susurro.
Rachel no se sorprendió de verme.
Ni siquiera giró del todo la cabeza.
—Dicen que fue ella. Que lo mató anoche. A Elías. Un contacto de los que mejor no preguntar. Le encontraron en su piso. Cuatro puñaladas. Una en el cuello, dos en el abdomen, otra en el pecho. Limpio. Profesional— se interrumpió para tragar saliva. —Y claro, la única que estuvo allí fue ella. La cámara la pilló entrando. Y nadie más salió... salvo Zero.
—¿Lo crees?
Rachel negó con fuerza, girándose hacia mí con la mandíbula apretada.
—Ni de coña. Ella no mata así. Puede meterse en líos, puede repartir hostias cuando hace falta, pero no así. No tan... meticuloso. Y no sin una razón.
La puerta del coche se cerró con un golpe sordo.
Zero miró hacia Rachel, su expresión dura, pero sus ojos brillaban con algo que no supe descifrar.
¿Rabia? ¿Miedo? ¿Tristeza?
Y entonces me vio.
Solo un segundo.
Un instante fugaz.
Pero suficiente.
No mostró sorpresa.
Solo algo parecido a resignación.
El coche con Zero arrancó despacio, alejándose calle abajo.
Ella no miró atrás otra vez.
Ni a mí.
Ni a nadie.
—Van a meterla en Soto si no hacemos algo— dijo Rachel de pronto, su voz tensa, como si le costara cada palabra. —Y no va a durar allí dentro. No con lo que sabe. No con lo que otros creen que sabe— se pasó las manos por la cara. —La han usado como chivo expiatorio, Lara. Estoy segura. La están quitando del medio antes de que hable, antes de que se mueva. Esto no es solo un asesinato. Es una jugada. Una maldita estrategia.
Yo seguía observando el horizonte por donde el coche había desaparecido.
Mi mente ya no dudaba.
Había algo podrido en todo esto.
Algo que no encajaba.
—¿Qué necesitas?— pregunté, más por instinto que por decisión.
Rachel se giró hacia mí, y por primera vez vi en sus ojos algo parecido al pánico.
—Ayúdame. Joder, Lara, ayúdame a sacarla de ahí. Tienes acceso, sabes cosas, puedes entrar donde otros no. No puedo hacerlo sola. No esta vez— se aceró más, bajando la voz. —Si no la sacamos rápido... se va a pudrir ahí dentro. Y ni tú ni yo queremos eso.
Nos quedamos un momento en silencio.
La lluvia empezó a caer, cada vez más densa.
Como si el cielo también se sintiera parte de todo aquello.
Sabía que podía irme.
Fingir que no era asunto mío.
Pero había algo en la forma en que Rachel hablaba, en su desesperación contenida, que me obligaba a quedarme.
Y algo en la mirada de Zero, justo antes de desaparecer, que me encadenaba a esta historia sin que pudiera resistirme.
—De acuerdo— dije.
Y no era solo por justicia.
Era por ella.