Llevábamos horas frente a la pantalla.
Horas que ya no tenían forma ni sentido.
La habitación estaba sumergida en una penumbra azul, el brillo de los monitores recortando nuestras siluetas como fantasmas en un laboratorio clandestino.
El aire olía a café frío, a electricidad quemada… y a tabaco.
La noche nos había devorado sin piedad, y el amanecer no prometía redención.
Rachel estaba sentada en el borde de una silla, las manos temblorosas sobre las rodillas, los ojos inyectados de impotencia.
Yo tecleaba sin parar.
Husmeaba en bases de datos ocultas, en registros policiales, en foros cifrados que olían a cloaca.
Pero todo parecía igual: vacío.
—No hay nada— murmuré, por tercera vez en esta madrugada. —Ningún dato relevante, ningún archivo que pruebe que Zero no estuvo sola, que no fue ella.
Rachel se levantó de golpe, dio un par de pasos cortos y golpeó la pared con la palma abierta.
No fue un gesto violento.
Fue desesperado.
Duro. Triste.
—Tiene que haber algo. Ella no lo hizo. Joder, Lara, no lo hizo— dijo, con la voz quebrada.
Asentí.
No por convicción, sino por inercia.
Mis ojos ardían, mi espalda estaba rígida, y mi mente era una espiral de sospechas que no llevaban a ningún lugar sólido.
Todo apuntaba a Zero, y al mismo tiempo, algo en mí gritaba que aquello no podía ser tan simple.
Rachel encendió un cigarro y caminó de un lado a otro, el humo marcando una frontera invisible entre las dos.
Lo dejó en el borde de la mesa, sin fumarlo apenas, mientras se frotaba el rostro con las manos.
—Quizá...— Rachel murmuró de pronto, la voz ahogada tras el humo. —Quizá no estamos buscando en el lugar correcto.
—¿Qué quieres decir?
Se quedó callada unos segundos, como si la idea acabara de aterrizar con violencia en su cabeza.
Cuando habló, su tono había cambiado: más bajo, más decidido.
—Conozco a alguien. Alguien que podría ayudarnos. Que tiene acceso a más cosas. Alguien discreto. Un cabrón brillante— me miró. —Le conocí hace tiempo... cuando todo esto era más calle que teclas. No es del todo legal, pero tampoco lo somos nosotras, ¿no?
—¿Confías en él?
—Confío en que le gusta el dinero— respondió, apagando el cigarro con rabia. —y a veces, las causas perdidas.
………
Horas después, en un pequeño estudio sin ventanas en la parte más gris de Carabanchel, conocí a Iván.
Alto, fibroso, de cara pálida y ojeroso.
Con manos que no paraban de moverse, como si tuvieran vida propia.
Mientras Rachel explicaba lo básico, Iván me miraba de reojo, midiendo mis reacciones, mi lenguaje corporal.
Como si tratara de adivinar si podía confiar en mí.
—Así que tú eres la hacker que lo está removiendo todo— dijo, sin sonreír.
—Depende de quién lo mire— respondí, mientras me sentaba junto a él.
Nos pusimos a trabajar.
El silencio solo lo rompían los clics del teclado y el zumbido del ventilador.
Rachel, por su parte, no se quedó quieta.
Dijo que haría sus propias investigaciones.
Tenía conocidos, viejos contactos en las calles, y quizá alguno habría oído algo del asesinato.
Prometió volver con cualquier cosa que pudiera ayudarnos.
Iván y yo buceábamos en registros ocultos.
Extraíamos fragmentos de datos como arqueólogos en ruinas digitales.
Descubrimos incongruencias, llamadas telefónicas eliminadas del sistema, cámaras que deberían haber grabado a Zero entrando en un edificio que no aparecían en los registros.
El rompecabezas comenzaba a tomar forma, pero aún estaba incompleto.
Entonces, en uno de los vídeos proporcionados por la policía, Iván se detuvo.
—Aquí hay algo raro— murmuró.
Nos acercamos.
En la grabación del portal donde aparecía Zero, había un corte.
Un salto de apenas tres segundos, casi imperceptible.
Una pérdida de fotogramas que no deberían estar ahí. Iván amplió el archivo, descompuso la imagen, rastreó la línea de metadatos.
—Esto ha sido editado— dijo finalmente. —No en origen. En tránsito. Alguien con acceso a los servidores de la policía ha manipulado este vídeo.
Mi garganta se cerró un segundo.
Rachel, que acababa de volver con una bolsa de plástico llena de papeles y una cara tensa, se acercó corriendo.
—¿Qué ¿Qué has dicho?
—La grabación que incrimina a Zero ha sido alterada— repetí. —No es original. Hay edición. Encubrimiento.
Rachel apretó la bolsa con fuerza.
La dejó caer sobre la mesa, temblando.
—Esto es una puta trampa— dijo con rabia, aunque su voz estaba teñida de angustia. —¡Lo sabía!
Se giró hacia mí, y por un momento, me pareció ver a una hermana mayor al borde del colapso.
—Lara, por favor. Tenemos que sacarla de ahí. No va a durar mucho dentro. Tú no la conoces como yo... ella es dura, sí, pero no es de piedra. Si se quiebra, si la presionan... puede confesar algo que no hizo. Y entonces la perdemos.
Me dolió oírlo.
Porque dentro de mí algo se removía.
Un nudo que se apretaba cada vez más fuerte con cada palabra de Rachel.
—Vamos a encontrar la verdad— le aseguré. —Lo juro.
—Entonces no pares. Iván y tú. Seguid. Yo también moveré mis hilos.
Rachel desapareció de nuevo, dejándonos a Iván y a mí frente a las pantallas.
La madrugada se estiraba como una herida abierta.
Afuera, Madrid dormía.
Pero dentro de este estudio sin ventanas, una historia mucho más oscura apenas empezaba a escribirse.
Y mientras el misterio crecía, también lo hacía la sensación de que Zero no era solo un enigma sin resolver.
Era una sombra que se colaba en mis pensamientos.
Un latido sordo que no podía ignorar.
Y quizá, la única persona capaz de hacerme olvidar quién había sido... o recordar quién todavía podía llegar a ser.