El zumbido constante de los ventiladores de los ordenadores eran lo único que rompía el silencio en el sótano donde Iván y yo habíamos instalado nuestro cuartel general improvisado.
Hacía horas que no cerrábamos los ojos, obsesionados con desentrañar cada pixel del vídeo maldito.
Iván se inclinó hacia adelante, con los ojos entrecerrados tras las gafas.
—Mira esto— dijo señalando una secuencia de imágenes congeladas. —La iluminación en la escena cambia ligeramente cuando aparece la sombra de ese hombre. Eso no es natural.
Asentí, pegando la vista a la pantalla.
Un brillo extraño en la esquina mostraba que alguien había añadido o borrado elementos digitales.
—¿Podemos identificar quién?— pregunté.
—Es complicado— respondió mordiéndose el labio. —pero tenemos acceso a la red oscura. Voy a buscar rastros de editores de vídeo con técnicas similares, quizás un hacker vinculado al crimen o alguien con acceso a los archivos policiales.
Pulsó un par de teclas y se sumergió en una maraña de datos, registros y conexiones oscuras.
Buscando un nombre, una pista, un error en la perfección del montaje.
Mientras tanto, empecé a organizar la información que podría ser crucial para Marta.
Sabía que el juicio no se ganaría solo con desmontar el vídeo; necesitábamos evidencias contundentes que cuestionaran toda la cadena de custodia, que demostraran la manipulación y la intencionalidad detrás de ella.
—Iván— le dije. —Tenemos que buscar cualquier pista digital que permita demostrar que el vídeo fue alterado después de haber sido grabado. Si conseguimos identificar cuándo y dónde se hizo esa manipulación, Marta podrá usarlo para pedir la nulidad de las pruebas.
Él asintió y empezó a aplicar filtros avanzados, extrayendo metadatos ocultos, buscando anomalías en los archivos, códigos incrustados que solo un experto podría detectar.
En otro punto de la ciudad, Marta y Rachel discutían frente a un ventanal que daba a una calle mojada por la lluvia.
—El tiempo no juega a nuestro favor— dijo Marta, con un suspiro. —Cuanto más tiempo Zero pase detenida, más difícil será convencer al juez de su inocencia, aunque podamos desmontar las pruebas.
Rachel apretaba los puños, con desesperación contenida pero evidente.
—¿Qué opciones tenemos?— preguntó. —¿Podemos pedir libertad bajo fianza?
—Por el momento no— respondió Marta. —El caso es grave, con un asesinato de por medio. Pero puedo preparar una moción para una audiencia especial si conseguimos presentar nuevas pruebas que cuestionen la validez del vídeo.
—Entonces, necesitamos todo lo que Lara e Iván puedan encontrar— dijo Rachel. —Sin eso, no hay nada.
Marta asintió.
Pero su gesto cambió, más serio.
—Rachel… necesito preguntarte algo— bajó la voz. —Ese nombre… Zero. ¿Quieres que lo mantenga así en los informes?
Rachel levantó la mirada, cautelosa.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque en los documentos oficiales aparece su nombre real. Pero nadie lo usa. Ni siquiera tú. Y si quiero preparar su defensa, necesito saber si hay algo que deba entender sobre eso.
Rachel suspiró, apoyando las manos sobre el alféizar del ventanal.
—Sí, claro que tiene un nombre. Lo tienen todos los papeles. Pero para ella… ese nombre ya no existe— hizo una pausa, mirando la lluvia caer. —Lo dejó atrás hace mucho. No lo menciona, no lo escucha, y si alguien lo dice frente a ella, se rompe. Como si la palabra misma doliera.
Marta la observó en silencio.
Asimilando sus palabras.
—Entiendo— murmuró al fin. —Entonces lo mantendremos como Zero. Al menos en todo lo que salga de esta oficina.
Rachel asintió, con un hilo de voz.
—Gracias— Luego añadió, casi en un susurro. —A veces pienso que si volviera a usar su verdadero nombre, el pasado la encontraría antes que la justicia.
El silencio se instaló entre ambas, roto solo por el golpeteo constante de la lluvia contra el cristal.
Marta desvió la mirada hacia los expedientes apilados.
—Entonces seguiremos con lo que tenemos. Pero tarde o temprano, alguien preguntará.
—Lo sé— respondió Rachel, casi sin voz. —Y ese será el día en que Zero decida si quiere seguir escondida… o enfrentarse a lo que dejó atrás.
Horas después, mientras la madrugada comenzaba a pintar el cielo de gris, recibí una llamada. Era Marta.
—Tengo algo— dijo con voz tensa. —El fiscal está dispuesto a escuchar nuestra petición para la audiencia especial, pero quieren pruebas contundentes antes de mover ficha.
A través del altavoz, pude notar la ansiedad en su voz.
—Estamos cerca— respondí. —Hemos encontrado la ruta digital, el servidor, pero falta el nombre real detrás de todo esto.
Marta tomó la palabra de nuevo.
—Mientras más rápido tengamos esa información, más posibilidades tendremos de sacarla de ahí. No puedo garantizar nada, pero lucharemos con todo.
Iván y yo habíamos estado horas hurgando en cada rincón digital, tirando de hilos que nos llevaban a callejones sin salida, hasta que finalmente, un patrón empezó a emerger entre la maraña de datos.
—Mira— dije señalando la pantalla. —Hay un archivo oculto dentro del vídeo que no encaja con la fecha oficial de grabación. Es un mensaje cifrado.
Iván empezó a desencriptarlo mientras yo tenía el móvil al lado para comunicarme con Marta y Rachel.
Necesitaban esta prueba cuanto antes.
—Esto confirma que el vídeo fue manipulado después del supuesto asesinato— susurré. —Si podemos demostrarlo en el juicio, desmontaremos toda la acusación.
Iván asintió, con el ceño fruncido.
—Pero eso no es todo— añadió. —Encontré algo más: un acceso remoto no autorizado a los sistemas policiales justo antes de que el vídeo fuera filtrado. Alguien desde dentro estaba limpiando pistas.
Mi corazón se aceleró.
Esto era peor de lo que imaginábamos.
No solo manipulaban evidencias; alguien dentro del sistema quería protegerse a toda costa.