El día amaneció gris.
Una niebla densa cubría Madrid.
Como si la ciudad misma presintiera lo que estaba por venir.
Era el tipo de mañana en la que algo se rompe (silenciosa, casi educadamente), pero deja grietas que ya no se pueden reparar.
Caminé hacia el juzgado con el corazón a mil por hora.
Cada esquina, cada rostro anónimo, parecía observarme con la misma pregunta que me torturaba desde hacía días: ¿y si al final sí fuera culpable?
Intenté desechar el pensamiento, pero me seguía como una sombra.
Encendí un cigarro y aspiré el humo con lentitud, buscando en esa pausa un poco de valor, o al menos un ancla.
La ceniza cayó en el suelo mojado, y seguí caminando.
……….
La sala del tribunal era una catedral sin fe.
Fría, simétrica, con luces blancas que no perdonaban nada.
Los murmullos llenaban el aire como un enjambre contenido.
Me senté junto a Rachel e Iván.
Los tres envueltos en la misma tensión muda.
Los nervios tensaban mi cuerpo mientras la sala se llenaba de murmullos apagados y miradas inquisitivas.
Frente a nosotros, Zero.
El cuerpo rígido, el mentón en alto, la mirada fija.
Había algo en su quietud que desafiaba toda lógica.
Su belleza no era convencional, sino peligrosa, viva.
De esas que se intuyen en las sombras.
Incluso con las esposas, con el cansancio colgándole del rostro, seguía emanando una fuerza casi animal.
Y yo… no podía apartar los ojos de ella.
El fiscal se levantó con la arrogancia ensayada de quien sabe el efecto que causa una voz segura.
—Señor juez, damas y caballeros del jurado…— su tono retumbó en la sala. —La evidencia contra la acusada es contundente. Fue la última persona que vio al señor Elías Ronda con vida. Su móvil fue encontrado cerca de la escena, sus huellas en el arma del crimen.
Pausa.
El hombre sonrió apenas.
—El motivo: sus actividades ilegales y sus vínculos peligrosos. No hay duda. Es culpable.
Sentí como si me golpearan.
La imagen de Zero se desmoronaba en la mente de todos.
Pero conocía la verdad oculta tras esas palabras.
Sabía que el fiscal estaba pintando una mentira perfecta.
Cuando Marta se levantó para la defensa, la tensión en la sala creció.
Casi podía oír el latido acelerado de mi corazón.
—Señoría— comenzó con voz clara y pausada. —vamos a demostrar que esta acusación está construida sobre un montaje cuidadosamente elaborado. El vídeo presentado como prueba principal no es más que una falsificación. Hemos analizado el archivo en detalle y hallado alteraciones digitales que demuestran que alguien ha manipulado la grabación para incriminar a mi defendida.
Proyectaron la imagen en la pantalla, y un murmullo recorrió la sala.
La manipulación era sutil, pero evidente para quien supiera dónde mirar.
Marta explicó paso a paso cómo se habían introducido fragmentos falsos en el vídeo, superpuestos con escenas reales, para fabricar un testimonio visual falso.
El fiscal atacó con dureza, acusando a la defensa de manipular la realidad para salvar a una criminal.
La sala vibraba con cada palabra, cada réplica.
Mientras tanto, Iván, que trabajaba conmigo en la investigación informática, fue llamado como testigo sorpresa.
Su aparición fue un golpe inesperado.
Su voz, cansada pero firme, llenó el silencio.
Mostró gráficos.
Registros.
Datos imposibles de negar.
—La manipulación fue hecha en tránsito— explicó. —Alguien con acceso directo a los servidores policiales alteró los archivos. No fue un error. Fue una operación deliberada.
El juez le observó con el ceño fruncido.
El fiscal bajó la mirada un instante, apenas perceptible.
En la sala, el silencio se volvió espeso.
Como si todos entendieran que lo que estaba en juego ya no era solo una vida, sino un sistema entero.
Rachel susurró algo ininteligible, los ojos humedecidos.
Yo me limité a mirar al frente.
Zero mantenía la vista clavada en Iván, pero su mandíbula tensa delataba algo más: miedo.
Durante el receso, mis ojos buscaron a Zero entre el público cautivo.
Nos cruzamos, una chispa fugaz pero intensa pasó entre nosotras, una promesa muda en medio del caos.
Volvimos a la sala y la defensa presentó más pruebas.
Documentos y testimonios que hablaban de la vida pasada de Zero, de las amenazas que había recibido.
Cada palabra de Marta, cada gesto de Rachel, cada mirada de Iván y mía, formaban una red que intentaba sostener a Zero en pie frente a la tormenta.
El juez, visiblemente afectado por la complejidad del caso, pidió calma, orden y rigor.
La fiscalía contraatacó con ferocidad, presentando testigos que pintaban a Zero como una mujer peligrosa, dispuesta a todo para sobrevivir.
Las palabras la reducían a un mito de violencia.
Pero incluso entonces, ella no bajó la mirada.
Yo sí lo hice.
Porque verla así, reducida y desnuda ante el juicio, me dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
La sala estaba llena de tensión contenida.
De miradas cargadas de sospecha y miedo.
Cuando terminó la sesión, el juicio quedó suspendido hasta el día siguiente.
Mientras salíamos, Rachel se acercó a mí con voz baja y urgente:
—Tenemos que mantener esto en silencio. La verdad que hemos descubierto nos puede poner en riesgo a todos nosotros. Pero si hablamos demasiado pronto, podemos perderlo todo, incluida a Zero.
Asentí, sintiendo el peso de sus palabras y la responsabilidad que se cernía sobre nosotros.
………..
Esa noche, en mi cuarto, no pude dormir.
El humo del cigarro formaba espirales lentas, flotando como pensamientos que no se disolvían.
Repasé cada detalle.
Cada mirada.
Cada palabra del juicio.
Y allí estaba ella, incluso en mi mente: Zero.
Una presencia que no podía expulsar, que me habitaba como una herida y como un deseo.