El segundo día del juicio amaneció con el mismo gris opaco que parecía haberse adueñado del cielo desde que todo comenzó.
Me desperté con una presión en el pecho.
Como si el tiempo se estuviera cerrando sobre nosotros.
Como si el aire mismo supiera que ese día, algo iba a cambiar.
La sala estaba más llena que nunca.
Medios, rostros desconocidos, miradas morbosas.
El nombre de Zero comenzaba a esparcirse en la prensa como un virus: la mujer que vivía en las sombras, la posible asesina, el enigma.
Nadie sabía quién era realmente.
Y lo peor es que ni siquiera yo lo sabía del todo.
Zero entró a la sala escoltada, con la cabeza alta, pero la mirada cargada de agotamiento.
A pesar de todo, al cruzar nuestros ojos, vi un resquicio de esa noche en la calle, cuando su voz me rozó por primera vez.
Y, sin embargo, estábamos tan lejos de aquello.
Marta estaba más tensa que nunca.
Había preparado su defensa con uñas, sangre y noches sin dormir.
Sus palabras fueron firmes:
—Hoy, Señoría, no voy a repetir lo que ya hemos demostrado. La evidencia está ahí. El vídeo fue manipulado. El motivo, fabricado. Las pruebas, insuficientes. Pero aun así… siguen pidiendo la cabeza de una mujer cuya verdadera historia nadie se atreve a contar.
Se giró hacia el jurado.
Su voz bajó un tono, más personal, más humano:
—Mírenla. No como un expediente. Mírenla como una mujer que ha vivido más vidas de las que debería. ¿De verdad pueden asegurar, sin ninguna duda, que ella mató a Elías Ronda?
Un silencio casi sagrado se extendió por la sala.
Los miembros del jurado se removieron en sus asientos.
Algunos bajaron la mirada.
Otros, mantenían la mandíbula apretada.
Como si el conflicto entre justicia y prueba los estuviera desmembrando por dentro.
El fiscal se levantó con el rostro endurecido.
—No estamos juzgando una vida difícil— dijo con tono grave. —Estamos juzgando un crimen. Un asesinato. Señoras y señores del jurado, que no les cieguen los sentimentalismos. Hay pruebas suficientes. La sangre en sus manos, la conexión con redes criminales. No olviden que Elías Ronda fue apuñalado y murió desangrado en una noche en que ella fue la última persona que estuvo con él.
Me aferré al borde del banco.
Las palabras dolían.
Como agujas.
El fiscal continuó con dureza.
Puso en duda su identidad, su propósito.
Insinuando que incluso la manipulación del vídeo podía ser parte de una estrategia de defensa desesperada.
Pero Marta no cayó en la trampa.
—Lo único desesperado aquí— contestó ella con rabia contenida. —es este intento por condenar a alguien sin pruebas sólidas. El sistema sabe quién es. Nosotros lo sabemos. No vamos a manchar su nombre para mantener una narrativa cómoda.
Zero permanecía en silencio.
Pero sus ojos hablaban.
Había algo en ellos… un dolor antiguo, escondido tras capas de rabia y contención.
Vi a Rachel observándola con una mezcla de miedo y orgullo.
Marta sudaba bajo la toga. Iván, a mi lado, apretaba el bolígrafo entre los dedos como si pudiera romperlo.
Cuando el juez se retiró para deliberar con el jurado, el aire se volvió irrespirable.
Pasaron horas.
Largas, insostenibles.
Finalmente, la puerta volvió a abrirse.
El juez entró con un sobre cerrado y el rostro endurecido por la gravedad del momento.
—Dada la complejidad del caso, la intensidad de los argumentos presentados por ambas partes, y el conflicto existente entre pruebas circunstanciales y evidencias refutadas— dijo, mirando al jurado. —se ha decidido otorgar un período de receso de una semana para permitir al jurado reflexionar antes de emitir un veredicto final.
Una ola de murmullos y exclamaciones recorrió la sala como un viento helado.
Zero fue levantada por los agentes, pero en su cara, por primera vez, se asomó un temblor.
No miedo.
Algo peor: desesperanza.
Nos miró a todos una última vez antes de que la empujaran hacia fuera.
Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, lo entendí.
Ella ya sabía que esto no era solo un juicio.
Era una caza.
—¿Qué va a pasar con ella esta semana?— pregunté en cuanto salimos de la sala.
Mi voz me sorprendió por lo firme que sonó, a pesar del temblor en las manos.
Marta se giró hacia nosotros, agotada.
El maquillaje corrido por el sudor y la presión.
—Se la llevan de vuelta. A la central. A una celda de aislamiento preventivo, por protocolo. La fiscalía no quiso que quedara en libertad hasta el veredicto. Dicen que hay riesgo de fuga.
—¿Fuga? ¡¿Pero qué mierda…?!— Rachel estalló, con una mezcla de rabia e impotencia desgarrando su voz. —¡Ella no mató a ese cabrón! ¡Y lo saben! ¡Lo saben y aun así…!
Marta la sostuvo por los hombros.
Conteniéndola.
—Rachel. Escúchame. Entiendo lo que sientes, pero ahora necesitamos calma. Las pruebas que Lara e Iván han conseguido son sólidas. Les están haciendo daño. Por eso están apretando más. Por eso la mantienen encerrada. Porque saben que si Zero habla, todo se cae.
—No puedo dejarla ahí dentro— repitió Rachel, con la voz más baja, rota. —No puedo.
Yo sentía el mismo nudo en la garganta.
La imagen de ella encadenada, apartada del mundo, nos estaba matando.
Rachel se apartó de Marta.
Caminó unos pasos en círculo como si necesitara gritar y no pudiera.
—Entonces saquémosla— dije. —No físicamente, pero al menos… mantengámosla viva afuera. No dejemos que la entierren antes de que el jurado abra la boca.
—Eso haremos— dijo Marta, con los ojos encendidos. —Pero necesitamos más. Este juicio no es solo legal. Es político. Es mediático. Si les quitamos la narrativa, ganamos.
Nos miramos los cuatro.
Una guerra silenciosa nos envolvía.
Una semana.
Siete días.
Para rescatar la verdad antes de que la mentira la matara. Zero no podía saberlo.
Pero mientras ella era devorada por las paredes grises de su celda, nosotros íbamos a incendiar cada rincón de esa historia.