En medio de todo, tú.

Capítulo 16: Paredes frías.

El juicio había entrado en receso, pero ninguno de nosotros podía desconectar.
El eco de lo ocurrido seguía retumbando en la cabeza.
Como si el juzgado no se hubiera cerrado, sino que se hubiera trasladado con nosotros.
Encajonado entre las cuatro paredes de aquel despacho improvisado.

La ciudad parecía seguir girando fuera.
Indiferente a lo que estaba en juego.
Los coches pasaban, las sirenas sonaban a lo lejos, la vida continuaba.

Pero ahí dentro, el aire era distinto.
Denso.
Casi irrespirable.

Zero seguía detenida, a la espera de una resolución.
De una verdad que aún no estaba completamente dicha.

El despacho era un cubículo prestado dentro de un edificio sin alma: paredes blancas, fluorescentes parpadeantes, una mesa llena de papeles y café derramado.
El corcho del fondo parecía un mapa de obsesión: notas clavadas con alfileres, fotografías, diagramas incompletos, nombres tachados.
Cada línea escrita a mano era una huella de la desesperación que nos consumía.

Rachel estaba de pie.
Apoyada contra la pared, con los brazos cruzados.
Su cuerpo era pura tensión: el cuello rígido, los nudillos blancos, los ojos sin descanso.
Llevaba días sin dormir, sin comer bien.
Sobreviviendo a base de cafeína, rabia y una determinación que rayaba la locura.

Desde que supimos que Zero era la infiltrada “Z”, algo se había fracturado entre nosotros.
Ya no éramos solo un grupo tratando de probar una inocencia.
Éramos piezas atrapadas en una verdad demasiado grande para sostenerla sin rompernos.

—Esto no puede quedarse así— murmuró por fin, rompiendo el silencio espeso del despacho. —No puede ser que sepamos que no fue ella, que sabemos que la usaron… y que aún esté ahí dentro como si fuera culpable.

Nadie respondió de inmediato.

Iván estaba en su portátil, repasando el vídeo manipulado una y otra vez.
Buscando la grieta exacta, el momento que lo desenmascaraba.

Marta hablaba por teléfono con alguien del juzgado, intentando conseguir una copia oficial de un informe pericial.

Y yo… yo solo veía a Zero cada vez que parpadeaba.
Su rostro me aparecía en cada reflejo, cada silencio.
Esa mirada altiva y contenida.
Ese gesto de orgullo quebrado.
Cargando con más de lo que cualquiera podría soportar.

Y verla así, sabiendo lo que sabía, me abría una herida que no dejaba de sangrar por dentro.

—No podemos rendirnos— dije, más para mí que para el resto. —Si es verdad que es la infiltrada, alguien más tiene que saberlo. Alguien más tiene que haber estado implicado en esa operación. No actúas sola en algo así.
—Exacto— respondió Marta, colgando la llamada. —Y necesitamos saber a quién informaba. Si encontramos ese hilo, podemos exponerlo en el juicio. Mostrar que Zero era una agente, una pieza dentro de algo más grande.

Rachel soltó una risa amarga y se apartó de la pared.
Caminó hacia la ventana cerrada y sacó algo del bolsillo.
Lo encendió con un chasquido seco.
El olor lo delató: no era tabaco.
El humo subió lento, espeso, cargado de nervios y derrota.

—¿Y si la dejaron sola a propósito?— dijo sin mirarnos, exhalando hacia el techo. —¿Y si querían que cayera? ¿Qué fuera el chivo expiatorio perfecto?

El silencio que siguió fue insoportable.
Todos lo habíamos pensado.
Nadie se atrevía a decirlo.

Zero… abandonada por quienes la enviaron.
Utilizada, descartada.
Enterrada bajo la fachada de una criminal cualquiera.

—Entonces hay que obligarles a hablar— contesté con más fuerza. —Encontrar los registros, los nombres, los movimientos. Algo que los ate.

Rachel apagó el porro en el borde de la ventana y se giró.
Sus ojos estaban húmedos, pero no de debilidad.
Era ira. Era cansancio.
Y un miedo que apenas sabía ocultar.

……...

Esa tarde, Iván y yo nos instalamos con los ordenadores portátiles en el fondo del despacho.
Nos repartimos las tareas.
Él rastrearía los correos y conexiones asociados a operaciones encubiertas en las zonas donde Zero había estado durante los últimos años.
Yo iría más allá.
Buscando filtraciones de archivos internos, documentos de cuerpos de seguridad o federaciones clandestinas.
Algo que encajara con el perfil de alguien que había sido enviado al mundo criminal sin dejar huella.

Las horas pasaron.
La tensión era un vaho permanente en la habitación.

Rachel salía y entraba, haciendo llamadas, contactando con viejos conocidos, incluso con otros camellos o intermediarios que pudieran haber visto a Zero trabajando en circunstancias extrañas.

Marta, por su parte, hilaba la estrategia jurídica como si tejiera en la oscuridad.
Recogiendo cada minúsculo dato que encontrábamos.

—Lara— dijo Iván de pronto, alzando la voz sin apartar los ojos de la pantalla. —Ven a ver esto.

Me levanté de inmediato, rodeando la mesa.
En su portátil, había una imagen borrosa, ampliada hasta que los píxeles parecían querer estallar.
Era una captura de seguridad, un plano de un almacén abandonado a las afueras de la ciudad.

Y en esa imagen… se veía a Zero.
Con otra persona.
Intercambiando algo.

—Es del año pasado— dijo Iván. —Y ese almacén fue confiscado por el cuerpo especial de narcóticos. Pero nunca se presentó como prueba en ninguna operación.
—¿Y quién es el otro?

Iván hizo clic.
La imagen siguiente mostraba el rostro parcialmente visible de un hombre, unos segundos antes de girarse y desaparecer entre sombras.
Lo conocía.
No por su nombre, pero sí por su cara.
Le había visto en algún lugar que no consigo recordar.

—Creo que estamos cerca de algo— murmuré.

La noche cayó sin que nadie se diera cuenta.
El despacho se había vuelto una trinchera.

Rachel fumaba de nuevo junto a la ventana abierta.
Dejando que el humo se escapara como pensamientos que no podían decirse.




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